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Capítulo 1 de ‘El efecto Werther’

Entrevista al autor Alberto Val.

Capítulo 1
23 de diciembre de 2017

Es sábado por la tarde. El centro comercial de Cuenca está lleno, con decenas de personas en sus negocios y lugares de ocio. Ropa, calzado, videojuegos, cines, restaurantes… Siendo el único que hay en la ciudad, también es lugar de encuentro para los diferentes grupos de amigos. Nada hace indicar que aquel sábado, en plenas Navidades, supondrá un cambio…

Antonio Bravo es uno de los vigilantes de seguridad de este centro comercial. Le ha cambiado el turno a un compañero, porque desea acumular días e irse de vacaciones con su pareja. Mariola y él acaban de ser padres apenas unos meses atrás y están deseando ir en familia a la montaña, para poder relajarse de la rutina habitual y tener las primeras fotos con su niño fuera de casa. Se imagina subiendo a los Lagos de Covadonga, en Asturias, disfrutando de la Ojerada en el Cabo del Ajo, en Cantabria, o visitando la cascada del Ézaro, en Galicia. Para Antonio, el día está siendo monótono, pero pensar en su futuro le hace llevarlo de mejor manera. Como es habitual, va haciendo ronda por los establecimientos, sin ver nada sospechoso. Con paso lento, tranquilo y relajado, sigue un recorrido circular con la certeza de que todo está en orden. Ni siquiera salta por equivocación la alarma de alguna de las doce tiendas de ropa. Es un día más en su curro, sin sobresaltos. Cuenca es una ciudad tranquila y el centro comercial es un sitio relajado a pesar del alboroto de personas que acuden cada fin de semana.

En su cintura lleva las diferentes armas para proteger y protegerse. Un revólver calibre 38 especial, una defensa reglamentaria de goma rígida y 50 centímetros de longitud, así como una pistola táser y esposas. Nunca ha usado ninguna de ellas, y tiene claro que en su lugar de trabajo será complicado usarlas. Tampoco desea hacerlo. Pero para los potenciales delincuentes, solo su presencia es simplemente suficiente para ahuyentarles. Mide 1,90 metros, espaldas anchas y unos brazos fornidos que asustan más que el revólver de su cartuchera. En alguna ocasión ha corrido detrás de unos críos, pero jamás ha desenfundado siquiera su porra.

A veces fantasea con perseguir a un malhechor, darle alcance a la carrera y abalanzarse por su espalda hasta caer ambos al suelo, y mientras le tiene retenido con las rodillas sobre el pecho saca su revólver para apuntarle directamente a la cara. Alrededor de la escena, un nutrido grupo de espectadores le rodean en un amplio círculo y no paran de aplaudirle. Le llaman héroe, se le acercan para mostrar su respeto y en todos brota una sonrisa de felicidad al poder contar con Antonio como un protector digno. Pero ese sueño choca con el carácter afable y hasta bonachón de Antonio, un hombre de 34 años que prefiere la rutina que controla su vida a los hechos inesperados que puedan alterarla. No se trata de un hombre ambicioso ni ansioso por cambiar de domicilio en busca de un trabajo mejor. Es una persona muy sencilla. Le basta con disfrutar de su mujer e hijo, y sus pocos amigos, para ser feliz. No necesita nada más.

Cierto es que nunca quiso ser ‘segurata’. Quiso estudiar derecho, pero no tuvo la paciencia para ponerse delante de los libros durante varios años y terminar la carrera. Por eso, y también por la insistencia de su novia, buscó alternativas para ganar dinero e independizarse. Tras un par de intentos en una oposición para auxiliar administrativo, al final aprovechó su paso habitual por el gimnasio para abrirse camino como vigilante de seguridad. Una vez superó los diferentes requisitos, consiguió trabajo en un almacén de una fábrica de maderas. Al margen de dormirse habitualmente a causa de la poca faena, solo aprendió los diferentes tipos de tablas y árboles que se utilizan para hacer muebles. De ahí pasó por la Universidad de Castilla-La Mancha, en la que ejerció más bien como un poste. «Aquí no puedes hablar con el móvil», «Silencio», «Si queréis hablar salid a la calle»… Estas coletillas se convirtieron en sus frases más recurrentes. Una ocupación muy aburrida, pero segura. Sin embargo, con la llegada del centro comercial a Cuenca en 2013 vio la oportunidad para estar en un trabajo tranquilo y, por qué no decirlo, más ameno. No obstante, en los 6.000 metros cuadrados del establecimiento podría estar andando y viendo continuamente personas, algunas de ellas conocidas con las que charlar unos minutos y que evitaran que su jornada laboral se hiciera eterna y solitaria. Y ahí lleva cuatro años.

Precisamente, la creación del centro comercial supuso un antes y un después en la vida social de los ciudadanos de Cuenca. A su inauguración acudieron representantes de todos los signos políticos, además de miembros de la cultura, sociedad y deporte. Para una ciudad que contaba con poco más de 60.000 habitantes, tener un lugar donde aglutinar tiendas, restaurantes y negocios varios suponía dar un salto hacia el futuro. Para el ocio, se convertía en un punto de referencia al contar con cines, recreativas y bolera. Para los compradores compulsivos, las casi treinta tiendas que habitaban en su espacio servían para saciar sus deseos. Y para la economía era un acicate, puesto que la llegada del centro comercial implicaba la creación de más de cien puestos de trabajo. Pero su construcción no estuvo exenta de polémica a pesar de los supuestos beneficios que traía a la ciudad. El terreno donde se instaló pertenecía a un conocido empresario muy afín al ayuntamiento que gobernaba entonces. El tráfico de influencias no terminaba ahí, porque la venta se infló hasta cifras astronómicas con tal de enriquecer al empresario, quien devolvería el favor mediante una importante inversión en donaciones en futuras campañas electorales. Hoy por mí, mañana por ti.

Cuando este turbio asunto salió a la luz, debido al arduo trabajo de un periodista local, la oposición se apuntó el tanto y acorraló al equipo de Gobierno hasta que forzó su dimisión y obligó a convocar elecciones de manera anticipada. La ciudadanía no perdonó la indecencia, lo que provocó la caída del alcalde para regocijo de Diego Escribano, quien fue nombrado nuevo primer edil de Cuenca al imponerse con rotundidad en los comicios.

Antonio Bravo sigue ensimismado en sus pensamientos. Se acuerda de su novia, de su hijo recién nacido, de sus próximas vacaciones. Sí, así se lleva mejor el trabajo, cuando tienes miras en el futuro y éstas te ilusionan. Sigue caminando, va pasando por las tiendas hasta que llega a la de móviles, situada en uno de los pasillos y donde trabaja su amigo Alejandro. Ambos conversan de temas triviales.

–Alejandro, ¿cómo te va el día? ¿Mucho curro este sábado? ¿Se notan las Navidades? –pregunta Antonio.

–Pues ha habido un momento de agobio, con mucha clientela, pero no he vendido casi nada –Alejandro encoge los hombros como signo de desesperación-. Un par de tarjetas de memoria y algunas fundas, pero poco más. En estos tiempos, y con la cantidad de páginas que hay en Internet, los espacios físicos tienen el tiempo contado.

Alejandro se instaló por cuenta propia en el centro comercial y confiaba en que su negocio fuera a ser un boom en un establecimiento exento de tiendas de telefonía. No escatimó en gastos, y eligió uno de los locales más grandes, con la intención de montar un negocio en el que la tecnología fuera protagonista. Además de teléfonos móviles, también tiene un amplio surtido de tablets, pulseras deportivas, relojes analógicos y libros electrónicos. Lleva apenas seis meses al frente de la tienda, pero no está teniendo el éxito que esperaba. Agobiado por las deudas, incluso balancea sobre su cabeza la posibilidad de echar el cierre definitivo y buscar otras opciones laborales, debido a que el negocio está muy lejos de ser rentable. Ha invertido cerca de 100.000 euros, y el alquiler mensual asciende a unos 4.200 euros. A ello se suman gastos en luz, autónomo, seguridad del centro comercial y la seguridad social del trabajador que tiene contratado para cuando él descansa. Alejandro calcula que, mensualmente, la tabla de gastos puede alcanzar fácilmente los 8.000 euros, mientras que el último mes facturó tan solo 4.500 euros. A todas luces, un negocio insostenible.

–No te preocupes –le anima Antonio–. Conmigo tienes una venta segura, llevo idea de comprarle una carcasa a mi novia como regalo de Reyes. Ahora que tengo un ratito voy a echar un ojo a alguna. Por cierto, ¿nos vemos esta noche en la cena?

Alejandro y Antonio forman un trío inseparable junto con Paco. Amigos desde el instituto, aprovechan cualquier tipo de festividad para reunirse. Por los quehaceres diarios y con Paco trabajando en Madrid, es imposible que los tres queden entre semana para ver un partido de fútbol de la Champions League, que salgan un jueves a tomar unas cervezas, o acudan el martes al cine en el día del espectador. Pero siempre que Paco viene a Cuenca, hacen lo posible por verse, y eso implica una cena en la que relajarse del estrés de la semana. Ese sábado, precisamente, Paco ya está en la capital conquense para pasar todas las vacaciones navideñas con su familia y, lógicamente, con sus amigos.

Un cliente llega al establecimiento y obliga a cortar momentáneamente la charla entre Alejandro y Antonio. El vigilante de seguridad no se va y se pone a mirar las carcasas. Las hay más sosas, con un color uniforme y sin ningún estampado, otras que recrean escenas reconocibles de películas, algunas con una frase motivadora al estilo de ‘Hoy vas a conseguir todo lo que te propongas’, adornada con un tipo de letra llamativo y unos colores que resaltan el mensaje. «Estas últimas pueden ser una buena opción», piensa.

Aún le falta una hora de trabajo, puesto que su turno en el centro comercial se prolonga hasta las 22 horas. Justo cuando se acerca el momento de echar el cierre por parte de las tiendas llega el momento de mayor apogeo. Hay quienes van al cine y hacen cola para sacar las entradas, otros están mirando en qué sitio cenar, mientras que las tiendas están en su hora de máxima ebullición. A pesar de la algarabía habitual de estas horas, la tranquilidad sigue reinando en el ambiente. Familias, parejas, amigos, algún que otro chico que va con prisas con la intención de comprar un regalo a última hora. Todo dentro de lo normal.

Antonio sigue esperando a que Alejandro termine con su cliente, quien busca un móvil con buena cámara, por lo que Alejandro ha sacado varios terminales para que el interesado pueda comparar y decidirse. A Alejandro le gusta su trabajo, se le nota. Está muy pendiente del cliente, le da indicaciones técnicas para ayudarle en su compra. “Este móvil tiene más megapíxeles en la cámara trasera, pero no tiene estabilizador. Quizás sea mejor opción este otro, que aunque tenga menos megapíxeles sí tiene esa opción, además de tener gran capacidad de almacenamiento”, le cuenta al cliente. Éste atiende, pero no muestra tanta emoción e incluso se le nota abrumado para digerir toda la información que le está soltando Alejandro.

De repente, llega el alboroto. Antonio oye jaleo y deja de observar las carcasas. Se gira y se dirige hacia la salida de la tienda de móviles. Se queda pasmado ante lo que ve. Como si de una marabunta se tratara, las personas están corriendo alocadamente por los pasillos. Los gritos retumban por todo el centro comercial, mientras la histeria va aumentando entre las personas. La primera reacción de Antonio es correr junto a ese tumulto y alejarse del peligro que ha provocado esta reacción entre la gente, pero su cerebro le recuerda cuál es su trabajo. Así, de un brinco se pone en dirección opuesta por donde viene el barullo, aunque no le resulta nada fácil. Choca continuamente con un individuo, con otro, ve personas a los lados que están en el suelo con las manos en la cabeza, gritando y con caras aterradas. «¿Qué está sucediendo? ¿Por qué la gente huye despavorida?», piensa Antonio. Algo grave sin duda, si no la gente no estaría alocada y corriendo sin mirar atrás, concluye.

Recorre lo más presto que puede unos 50 metros y gira a la izquierda, donde se empieza a ver más espacio. De lejos ve un cuerpo sobre el suelo, el cual capta rápidamente su atención. No se mueve ni intenta incorporarse. Los ojos de Antonio se mueven hacia la derecha del cuerpo, y visualiza a otra persona de pie que tampoco realiza movimientos. El vigilante de seguridad se dirige hacia ambos, aunque no logra distinguir todos los detalles porque la persona que está de pie se encuentra de espaldas a él, y está lejos de la persona en el suelo. Corre sin pensarlo, pero cuando está a apenas cinco metros, se detiene en el acto. Lo que yace sobre el suelo es un cadáver. Un reguero de sangre sale del mismo, y cada vez se forma un charco más grande.

Es la primera vez que Antonio ve uno, nunca antes había vivido una situación parecida. Aunque el tiempo parezca detenerse su cerebro va a toda ebullición. «¿Se habrá tirado desde el piso de arriba?», es su hipótesis inicial sobre la escena, pero rápidamente le aparece una solución más plausible. El hombre, más bien joven, que está de pie porta un cuchillo de grandes dimensiones. Está manchado de un rojo intenso, lo que le lleva a pensar que ha sido usado recientemente.

–¡Al suelo! ¡Suelta el cuchillo! –grita instintivamente Antonio cuando se da cuenta del arma blanca, mientras que a la vez saca su revólver. Apunta sin temor a la persona que está de pie.

Sin replicar, obediente, el supuesto atacante suelta el cuchillo sobre el piso y se coloca de rodillas. Lo hace de forma pausada, sin aspavientos ni movimientos extraños, como si aguardara el momento. No se gira, simplemente se arrodilla e incluso se lleva las manos a la espalda, como esperando que le coloquen unas esposas. Antonio acepta el trato, y le bloquea las manos mientras sigue analizando la escena. Trata de entender qué ha sucedido.

–¿Qué has hecho? –piensa en voz alta un sorprendido Antonio, mientras saca su teléfono móvil dispuesto a marcar el número de la policía.

–Lo necesario –contesta con seguridad el ahora detenido.

La respuesta le retumba en los oídos al vigilante de seguridad. “Lo necesario”, dicho con una abrumadora confianza, absolutamente calmado y sin ningún ápice de remordimiento. El detenido no parece ausente, tampoco un desequilibrado mental. Se trata de una persona más de las miles que pasan por el centro comercial cada tarde. No es muy alto, quizás mide en torno a 1,75 metros. Porta unos jeans ajustados por los tobillos y con algunos descosidos a la altura de la rodilla, una sudadera negra y ancha con un dibujo amarillo en el centro, y unas zapatillas blancas y un tanto desgastadas. Con un tono de piel blanquecino, tiene el pelo moreno, largo y se lo sujeta con una extensa coleta que le llega hasta casi la mitad de la espalda. Sus facciones son duras, con la frente sobresaliendo un poco sobre unos ojos castaños. Tiene una nariz prominente que contrasta con una boca aparentemente pequeña. Recién afeitado, no hay ninguna marca reconocible en la cara, aunque son varias las pecas que tiene por todo el rostro. Aparenta unos 25 años, a lo sumo 30 y tirando por lo alto. Lo único que llama la atención en su aspecto es el imponente cuchillo usado que lleva en su mano derecha. De lo contrario, Antonio jamás hubiera reparado en su presencia dentro del establecimiento.

–¿Cómo que has hecho lo necesario? ¡Acabas de matar a una persona! -Antonio no puede contenerse y le chilla.

–Él es el primero de muchos… –resuelve el detenido.

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