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Analí Sangar: «Los personajes hay que currárselos para que provoquen en el lector lo que se pretende»

La literatura incluye multitud de géneros y subgéneros, pero cierto es que algunos de ellos van por modas según la época en la que vivimos. Sin embargo, siempre hay uno que se sobrepone a cualquier situación y que cuenta con multitud de lectores: el amor. Y es que es uno de los temas universales que nos han acompañado a todas las personas desde que existimos y no es casualidad que sea el tema recurrente en la poesía, la novela, el cine o cualquier representación artística. El amor mueve montañas.

Para quien no lo sepa, este género literario es el más solicitado en las librerías, e incluso los libros románticos/eróticos son los más vendidos en plataformas de autopublicación. Esto supone que hay una alta oferta de obras de este estilo, pero el que haya muchos lectores que pidan libros de este género no significa que cualquiera que se atreva a escribir obras románticas y eróticas se va a convertir en un autor bestseller. Al contrario, esa altísima oferta también provoca que haya un número enorme de escritores y escritoras dispuestos a encontrar su hueco. Por eso, cada vez que hay un nombre autopublicado que se eleva por encima de los demás es por algo, generalmente por su altísima habilidad con la pluma.

Ese precisamente es el caso de la almeriense Analí Sangar, una romántica empedernida para la cual el amor es el motor único en la vida. Lo es en su vida diaria junto a su marido y tres hijos, como también lo es en su afición apasionada a la literatura romántica. Pero el destino (ese que tantas veces se menciona en las obras literarias) hizo que diera un paso más allá y se convirtiera en escritora. Analí trabajaba desde los 17 hasta que terminó su vinculación laboral con un comercio, por lo que tuvo que buscar nueva ocupación. Aunque lo intentó con una tienda laboral, la música la empujó a la escritura y, cómo no, a la hora de escribir solo podía hacerlo sobre un tema que tiene tan arraigado y que transmite con tanta ilusión como es el género romántico. Así llegó la primera entrega de la bilogía ‘La razón eres tú‘, que ya la puso en el candelero literario al quedar segunda finalista en el I Premio Romantic, realizado por la editorial Romantic Ediciones y con la que se ganó el derecho a publicar posteriormente bajo su sello. Nunca antes un despido fue tan necesario, porque si hubiera seguido trabajando los lectores no hubiéramos disfrutado de su obra. Repito, es el destino…

Ella es un ejemplo de que la autopublicación no significa ser rechazado por una editorial, sino que es otra forma de entender este mundo. Porque además de publicar con la mencionada editorial, también se ha atrevido a dar el salto a la literatura independiente al lanzar ‘Voluntades de papel‘ y ‘Almas de cristal‘, ambas en 2019 y correspondientes a las dos primeras entregas de la serie ‘Las viviendas de papel’. Un año muy fructífero, por cierto, ya que a finales reeditó la bilogía una vez los derechos de autor regresaron a ella. Además, también ha mostrado su lado más solidario al colaborar en las antologías benéficas ‘Todas contamos‘ (en favor de la igualdad por los derechos de la mujer) y ‘Fuera de tiestillo‘ (cuyos beneficios van destinados a ayudar a los afectados con síndrome de Treacher Collins).

Analí Sangar estará presente en Cuenca en el Festival de Literatura Independiente ‘Cuenca es Indie’, que se celebrará en el Teatro Auditorio de Cuenca entre el 13 y 14 de marzo.

¿Crees que es igual de importante la construcción de los personajes secundarios y principales?
En mi opinión, los personajes secundarios más notorios sí que deben construirse con la misma solidez que los principales para darle la máxima credibilidad posible a la historia. Si los principales son fuertes y los secundarios más relevantes flojean, mal. E igual ocurre con los antagonistas, que hay que currárselos bien para que provoquen en el lector lo que se pretende.

¿Escribirías una historia por petición de los lectores aunque tuvieras que salirte de tu zona de confort?
Sí que podría barajar la idea de escribir una historia por petición de los lectores, siempre y cuando implicara solamente cambiar de subgénero. ¿Que me daría miedo dar un salto a lo desconocido? Por supuesto, pero en la romántica estoy acostumbrada a moverme y me siento cómoda, así que no lo descartaría de primeras. En cambio, si hablamos de cambiar de género no me atrevería, más que nada porque el resultado podría ser pésimo. Soy de las que piensan que hay que creer y volcar el alma en lo que se escribe para transmitir el máximo de lo que se quiere, y yo soy romántica de los pies a la cabeza.

¿Cómo superas un bajón literario? ¿Qué se te ocurre si alguna vez te bloqueas y faltan ideas o avance? ¿Qué logra inspirarte en esos momentos?
Lo que se dice bajón, a lo bestia, no recuerdo haberlo tenido y cruzo los dedos para no tenerlo. Algún que otro bloqueo, sí, y pienso que se supera no dejando de escribir aunque luego todo vaya a la papelera. La inspiración puede llegarnos en el momento más inesperado, pero siempre termina llegando.

En cuanto a qué logra inspirarme en esos momentos, no sabría qué decirte. A veces puede ser una canción. Otras una imagen bonita. Hasta una conversación que escuches en la calle puede llevarte a esa idea que se te resiste.

Di una novela que te hubiera gustado escribir y por qué
Una novela, no. Me habría encantado escribir la saga ‘Una Corte de…’ o Acotar, como también la llaman por ahí en referencia al título de la primera entrega (Una corte de rosas y espinas), de Sarah J. Maas. Es una fantasía romántica, con algunos toques eróticos, aunque esté catalogada como juvenil. La historia está tremendísima y el mundo que ha creado la autora es una pasada, pero si hay algo a destacar es la solidez de Rhysand, el protagonista masculino. Para mí el personaje mejor construido de todos los que he leído hasta la fecha.

Prefacio de Voluntades de Papel (serie Las Viviendas de Papel)
Una de las peores situaciones por las que puede pasar un adolescente, además de criarse en una barriada marginal de la periferia donde la delincuencia, las drogas y los conflictos forman parte del día a día, es hacerlo en el seno de una familia desestructurada, bajo el yugo de un padre alcohólico y maltratador, y con la carencia de una figura materna en la que reflejarse.
Así fue como crecimos Darío y yo, faltos del abrazo de una madre en el que poder refugiarnos de las constantes agresiones físicas y psicológicas a las que nos sometía nuestro progenitor, que sin el mínimo pellizco de remordimiento se afanaba en privarnos de los afectos paternales que todo niño debería atesorar desde su primer minuto de vida.
Reconozco que nuestra realidad fue más llevadera mientras ella vivió ya que, por desgracia, era el único blanco existente a los ojos de ese hombre autoritario y machista que con cada golpe e insulto creía cumplir la voluntad de un dios al que solo servía él. Las citas bíblicas que aquel borracho sermoneaba, cada vez que su mano férrea impactaba sobre el cuerpo indefenso de nuestra madre, consiguieron que dejásemos de creer en las palabras de El Salvador, absorbiéndolas como mensajes con un alto grado de hipocresía y abuso de poder en los que se escudaba para castigarla y doblegarla a su antojo. Pero ella jamás se escondió, y hasta su último aliento trató por todos los medios de proteger tanto nuestra integridad física como mental ofreciéndose voluntaria a la hora de redimir los pecados inexistentes que él veía.
Yo era una niña cuando murió y entonces la diana de sus puños de acero pasó a ser mi hermano, solo tres años mayor, que al igual que anteriormente había hecho ella, evitó que mi cuerpo fuese marcado por las creencias corrompidas de ese monstruo de mente enferma; aunque nada pudo hacer para librarme de las palabras ofensivas con las que se dirigía a mí.
No obstante, en lugar de lo que cabría esperarse considerando el ejemplo que en casa teníamos, Darío y yo procurábamos comportarnos acorde a lo que en su corta vida nuestra madre nos había inculcado. Los valores que obtuvimos de ella tuvieron el peso suficiente para que evitásemos males mayores, por lo que siempre nos negamos a probar las muchas sustancias ilegales que de mano en mano se distribuían por la barriada y eludíamos, en la medida de lo posible, las provocaciones de otros chicos de nuestra edad. Del mismo modo tuvimos especial cuidado con el alcohol, y en este caso no hizo falta que nadie nos aleccionara puesto que la vida nos había enseñado que la bebida en exceso puede transformar a las personas en animales rabiosos.
Sin embargo, ese recto camino del que intentábamos no desviarnos en su memoria se vio interrumpido una noche de verano mientras celebrábamos la festividad de la Asunción. Aquel quince de agosto se truncaron los sueños, las ilusiones y las expectativas de nuestros espíritus de adolescentes, dejándonos indefensos ante un futuro absolutamente reducido a ascuas. El vacío se instaló en nuestros corazones, y de la culpabilidad arraigada en lo más profundo del alma surgieron las personas en quienes nos convertimos a partir de ese momento.
Desde entonces sé que a cada cual le toca cargar una cruz a su espalda.
Yo tuve la suerte de que la mía se hiciese más ligera con el paso del tiempo. Y aun teniendo la certeza de que jamás podré borrar de mi mente lo que me ocurrió en aquel oscuro pedazo de tierra rodeado de árboles, ni los gritos y el horror de los que fui testigo aquella noche estrellada, pude aferrarme a algo tangible por lo que seguir luchando.
Al contrario que en mi caso, Darío arrastró su cruz durante muchos años. Unas veces la carga fue insoportable y otras apenas si notó su peso, aunque siempre estuvo ahí: invisible, inamovible e inmisericorde, agotando a un hombre que no había conocido más que sufrimiento.
Pero también existen esas cruces que derivan de los propios actos y adquieren un tamaño tan descomunal que te doblan las rodillas y te mantienen anclado al suelo sin permitirte avanzar.
Fue a Samuel a quien le tocó soportar la carga de una de estas. Una con tantas aristas que lo inundó de odio e impotencia y no paró de sangrar por mucho tiempo que pasó; el peso de su cruz no pudo hacerse más liviano ya que él se autoimpuso esa sentencia de por vida al culpabilizarse por todo.
Recuerdo que en cierta ocasión mi madre nos dijo a Darío y mí que ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos. En aquel momento no lo entendí y cuando tuve la edad suficiente para comprenderlo, solo estuve de acuerdo en parte, en vista de que hay personas que nunca dejan de ser depravadas a la vez que otras no pueden remediar ser bondadosas por muchas perversidades que se cometan contra ellas.
Con los años aprendí que nada es lo que parece, que una buena intención puede ser interesada y que una palabra airada es en realidad un valioso consejo.
Tuvo que ocurrir aquello para que me diese cuenta de mis errores y de lo equivocada que estaba en ciertos aspectos de la vida; no obstante, fui capaz de corregir, de salir adelante con esfuerzo y centrarme en lo que realmente importaba.
Y fue justo entonces, cuando comenzaba a rehacer mi vida, que el destino decidió ponerme de nuevo a prueba y, sin esperarlo, todos los sentimientos que había logrado enterrar hacía años resucitaron de golpe; o puede que lo mucho que sentí por él nunca se apagara del todo, no estoy segura.
De lo que no tengo ninguna duda es de que existen historias en las que el amor no es suficiente, las equivocaciones son imperdonables y los actos del pasado no se olvidan.

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