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Carlos L. García-Aranda: «Soy muy observador y utilizo muchos de los tiempos muertos de la vida para mirar el mundo»

La lectura de un libro supone dedicar unas horas para conocer a personas, escenario e historia creados por otra persona. Sumergirse en una novela es un acto tan intimista como el escribirla, puesto que el que pone la pluma desgarra su alma para que otros disfruten con sus palabras, pero el lector se olvida de su vida diaria para adentrarse en un mundo nuevo. Ambos están arriesgando y ambos ponen su confianza en otros, pero el resultado rara vez es insatisfactorio. Porque, y hablo como lector, cuando lees un libro en el que se palpa el amor, cariño, tacto e ilusión de su escritor, jamás le reprochas nada y nunca lo considerarás tiempo perdido.

Puede que esta sea la razón por la que haya personas que no se animen a leer. Justifican que van a perder el tiempo y que prefieren ver una película, salir a correr o tomarse una cerveza. Aquí nadie va a criticar los gustos de nadie, pero sí queremos quitar prejuicios y dar respuesta a esas excusas tan banales que suelen dar para justificar que no quieren leer. Porque leer no es perder el tiempo, porque leer no es aburrido, porque leer no es para jubilados. Leer es cultura, leer es socializar, leer es viajar. En definitiva, leer es vivir.

Igual que cada persona es aficionada a una serie de deportes, a unos programas televisivos en concreto o a unas bebidas sobre otras, en la literatura también hay que encontrarle el gusto y saber cuál es tu género adecuado. Y sobre todos esos géneros suele haber uno que es infalible: el histórico. Y cuando hablamos de libros con esta temática, nos referimos a aquellos que están ambientados en otra época. Son libros que suelen atrapar a su lector, porque al producirse en un pasado verdadero nos resulta más fácil situarnos y nos hace recapacitar sobre lo volátil del tiempo. Hoy estamos aquí como ayer otros estaban y mañana serán otros los que cojan el testigo. Al fin y al cabo, nadie perdura por siempre. Pero la literatura sí.

El protagonista de esta entrevista, quien estará presente en el próximo Festival de Literatura Independiente ‘Cuenca es Indie’ del 13 y 14 de marzo, se enamoró en su infancia de la literatura. Asiduo a la Feria del Libro de Madrid, Carlos L. García-Aranda (nacido en Madrid el 20 de julio de 1967), devoró una novela tras otra para convertirse en un lector emperdenido. Fruto su afición llegó la profesión, puesto que se introdujo en este sector como corrector y diseñador de libros, haciendo sus pinitos en ensayos sobre el mundo del cómic y la televisión. Solo era cuestión de tiempo que se atreviera a dar el salto a la narrativa, el cual dio en 2016 con su primera novela ‘De hombres y sirenas‘, cuya trama versa sobre dos homosexuales en diferentes épocas de la historia de España: concretamente la posguerra y la actualidad. Una novela intimista, emotiva y profunda que conecta enseguida con el lector. Tres años después, publicó ‘Una caricia en la memoria‘, en la que pone de manifiesto otra de sus grandes pasiones: la música. Ambas novelas están publicadas por Imágica Ediciones.

Este escritor madrileño tiene un elemento común en sus libros: nos emociona y nos hace viajar. Hace fácil lo difícil gracias a su dominio de la prosa y el lenguaje, por lo que logra que quien se adentra en sus páginas se quede embobado y empatice con unos personajes muy cuidados y que conocemos poco a poco. Sus novelas, ambas extensas (700 y 666 páginas) son de esas en las que necesitas leer para saber cómo continúa, pero una vez que llegas al final no deseas que termina precisamente por el hecho de que quieres saber todavía más.

¿Crees que es igual de importante la construcción de los personajes secundarios y principales?

Siempre. Yo no concibo una historia sin personajes secundarios porque la vida está llena de ellos. Además, creo que los secundarios bien desarrollados acaban realzando a los personajes protagonistas porque aportan muchas cosas sobre ellos. Por ejemplo, a la hora de definir la psicología de un personaje protagonista podemos manejar lo que los secundarios dicen y piensan de él, así como su relación con ellos; de ese modo no solo nos haremos una idea clara de cómo es el protagonista, sino de su conexión con el resto de los personajes de la novela, que también hacen avanzar y definen la trama.

¿Escribirías una historia por petición de los lectores aunque tuvieras que salirte de tu zona de confort?

No, nunca. Siempre me ha parecido un sinsentido tratar de salir de la zona de confort. ¿Por qué? ¿Para aprender? Tampoco le encuentro sentido. Se aprende leyendo mucho y escribiendo mucho, equivocándote muchas veces, y también estudiando gramática, sintaxis y ortografía. Las tramas y los personajes deben salir del corazón, el autor tiene que sentirlos suyos; si no, creo que saldría un producto plano y exento de alma. De hecho, cuando lees una novela escrita por encargo se nota mucho. El lenguaje es frío y distante, no hay involucración por parte del autor con la historia ni con los personajes. Todo es mecánico. Puede funcionar, porque todo son clichés, recursos manidos y estructuras reutilizadas hasta la saturación, pero no por eso será una buena novela.

¿Cómo superas un bajón literario? ¿Qué se te ocurre si alguna vez te bloqueas y faltan ideas o avance? ¿Qué logra inspirarte en esos momentos?

Yo suelo parar y apartarme del texto. Dejarlo durante un tiempo. Presionarme o forzarme a seguir escribiendo no me funciona porque sé que lo que me va a salir no me va a gustar y me voy a bloquear más. Si el problema tiene que ver con la trama suelo darle vueltas hasta que encuentro cómo seguir, pero si tiene que ver con las reacciones o el desarrollo de personajes, suelo recurrir a la propia realidad. Soy muy observador y utilizo muchos de los tiempos muertos de la vida (cuando vas en el autobús, mientras esperas a que te atiendan en un restaurante, en la sala de espera del médico, etc.) para mirar el mundo. A veces veo reacciones o situaciones que me hacen pensar en mis personajes, y suelo fundir realidad y ficción para buscar las consecuencias tanto emocionales como situacionales de mis personajes. Creo que observar el mundo es fundamental para cualquier escritor; es de lo que más se aprende.

Di una novela que te hubiera gustado escribir y por qué

Hay muchísimas porque leo casi de todos los géneros, pero si tuviera que destacar una sería ‘La sonata del silencio’, de Paloma Sánchez-Garnica. Es un libro que me impactó no solo por la historia que cuenta, sino por su riqueza literaria. Para mí la forma es tan importante como el contenido y Paloma es una escritora estupenda que aúna ambas cosas con verdadera maestría.

Extracto de ‘Una caricia en la memoria’

—Sí. No recuerdo ni un instante de mi vida sin música. —Julia dejó que una sonrisa fluyera en sus labios casi con la suavidad de una caricia. Los recuerdos relacionados con su madre siempre la emocionaban—. Cuando era pequeña, mi madre me compraba a veces pastelitos en un horno del barrio, los de nata eran mis favoritos, pero todos estaban riquísimos. En cuanto la veía aparecer con la bandeja, la boca se me hacía agua y enseguida quería comerme uno. —Se relamió y volvió a sonreír—. Pero mi madre me decía que si quería probarlos, tenía que pedírselos, pero sin usar palabras, solo con música.

Elisa la escuchaba atenta. Julia hizo una pausa algo teatral, a la espera.

—¿Y qué hacías? —le preguntó al fin Elisa.

—Pues solía cogerme un buen berrinche porque no sabía cómo hacerlo, así que me limitaba a tocar las teclas sin mucho orden ni sentido.

—¿Y nunca te dejaba comerte el pastel?

—No, no —se apresuró a aclarar Julia—. Siempre me dejaba. —Elisa se quedó sorprendida—. Y cuando ella misma me colocaba el pastel en las manos siempre me decía: «Eso que has tocado no suena bien; en realidad no suena a nada, pero ¿sabes una cosa? Aunque nadie nace sabiendo hablar, incluso siendo muy pequeños se nota cuando queremos aprender a expresar lo que sentimos y nos esforzamos en aprender las palabras que nos permitan hacerlo. La música también es un lenguaje, hija, y funciona igual: expresa lo que sale del corazón, y en esos balbuceos musicales que has interpretado había sentimiento; tanto, que he entendido lo que me pedías, y aquí lo tienes».

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