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Joe Álamo: «Vivo lo que escribo con mucha intensidad y por lo tanto, disfruto escribiendo»

Joe Álamo. Foto: Rafael de la Torre

Cuando empiezas a morderte las uñas siempre dices «un mordisquito y ahora paro». Lo mismo sucede con una bolsa de pipas, que es romper la cáscara de una y entrar en bucle hasta que has devorado la bolsa. Incluso la marca americana Pringles ha hecho de esos impulsos primarios del ser humano su eslogan y han convertido su mítica frase «Cuando haces pop, ya no hay stop» en una máxima de la vida. Esa pasión que tenemos las personas con nuestros entretenimientos, con nuestros gustos y con nuestros vicios son fácilmente trasladables a cualquier ámbito de la vida. ¿O no han visto a algún niño o niña que nunca se separa del balón? ¿O fumar en cualquier momento aunque acabemos de apagar la colilla? Está en nuestro ADN como individuos.

Pero, ¿han pensado que todas esas manías 8tradiciones si quieren) tuvieron una fecha de inicio? Dudo mucho que haya un bebé que naciera fumando, comiendo pipas o mordiéndose las uñas (de ser así, espero que sea el protagonista de alguna novela satírica). Porque también tenemos la manía de olvidarnos de nuestros orígenes. Pongo un ejemplo muy claro, cuando un amigo/a o nosotros mismos nos echamos pareja, ¿acaso recordamos cómo éramos antes de estar con otra personar? No, porque nuestra mente se encarga de mantener vivo el presente a costa de nuestro pasado. Ni mucho menos es algo malo, porque esta capacidad del ser humano permite que hasta los mayores dolores puedan cicatrizar. Ya saben, no hay herida que el tiempo no cure…

Pero no nos pongamos dramáticos, porque no hay que llevar todo al pesimismo. Simplemente recelen cuando les diga la frase de que ya es tarde. ¿Tarde para qué? Puede que querer ser futbolista profesional a los 60 años sea mala idea, pero también dudo de que haya personas que crean que eso puede ser real. Pero, ¿se imaginan aprender a montar en bicicleta, un nuevo idioma o manejarse en las nuevas tecnologías a esa edad? Nunca digas nunca jamás, ni a ti ni a otras personas, porque lo peor que podemos hacer como individuos es cortar las alas de los sueños ajenos (y también de los propios). Nunca es tarde para hacer lo que a uno más le gusta. Puede que la devoción aparezca antes a algunas personas, pero cuando lo hace, ¿por qué renegar de ella? Y es que en la literatura, como en todo, la edad es solo una cifra…

Y si no que se lo digan a Joseph Elías Álamo (Leamington Spa, Reino Unido. 1960), Joe para los amigos. Cierto que su contacto con las letras llega desde que aprendió a leer y que los libros han sido una parte más de su cuerpo desde su más tierna infancia. Tal era su fascinación por los libros que este autor afincado en Valencia empezó como traductor. No de cualquier obra, sino que se encargó de pasar al castellano a ni más ni menos que Neil Gailman, J.R.R. Tolkien, H.G. Wells, Charles Dickens… Y a pesar de que el deporte, el cine o contemplar a las personas que están en los bares sean parte de sus aficiones, lo que de verdad le llena es escribir. Y mucho.

A los 46 años empezó su carrera literaria y desde entonces no ha parado. Empezó con relatos que enviaba a diferentes revistas y consiguió ser finalista de numerosos certámenes. Posteriormente dio el paso a las antologías, participando por ejemplo en Z Volumen 2 y en la que hizo acto de presencia por primera vez la que es su criatura favorita: Tom Z Stone. Átense los machos, se trata de un zombi detective que gracias al fenómeno de la reanimación le han devuelto la vida (aunque tenga fecha de caducidad en cuatro años). Una especie de anti héroe que ha protagonizado algunas de sus novelas y que, incluso, se ha colado en las lecturas de los institutos. Basta de ejemplo que la primera parte de la trilogía protagonizada por tan peculiar personaje (Tom Z Stone: Imagine) forma parte del proyecto ‘Con sangre entra’, promovido por el conquense Sergio Vera y que está desarrollando con éxito en el IES Pedro Mercedes. Por cierto, tanto Sergio Vera como Joe Álamo estarán presentes en el Festival de Literatura Independiente ‘Cuenca es Indie’, que se celebrará en Cuenca los días 13 y 14 de marzo con el Teatro Auditorio de Cuenca como escenario.

Puede que sus influencias inglesas le hayan convertido en un autor único en España, capaz de escribir con maestría subgéneros como la fantasía urbana, el noir o el terror. Joe Álamo es un todoterreno que ha recibido multitud de premios (El Tormo Negro, dos premios Pandemia, el Emilio Carrére, el Spinetinglers o el Bruma Negra por algunos de sus relatos…) pero al que los elogios no detienen, porque aunque descubrió su carrera como escritor a los 46 años, las historias siempre han volado a su alrededor. Eso, sin duda, es ser escritor con todas las letras.

¿Crees que es igual de importante la construcción de los personajes secundarios y principales?

Sí. Al construir una historia, tendrás éxito si consigues dotarla de verosimilitud y coherencia, pertenezca tu mundo al género negro, al fantástico, la ciencia ficción o a cualquier otro. Y para ello necesitas que tus actores y actrices resulten sólidos.

Si cuentas con un buen protagonista, pero quienes le dan la réplica son planos y acartonados, nadie se creerá lo que relatas, y a la inversa ocurre lo mismo. Y quiero añadir que la solidez y credibilidad de un personaje, sea principal o secundario, las obtenemos sobre todo a partir de los diálogos. El lector tiene que “escuchar” a los que intervienen en la historia, y si suenan reales es cuando aceptará y se sumergirá en la trama de la novela. De no ser así, no aceptará el planteamiento que se le ofrece y acabará aburrido. Es más, creo que la trascendencia del diálogo es tal, que incluso es capaz de salvar situaciones absurdas y/o mal planteadas.

¿Escribirías una historia por petición de los lectores aunque tuvieras que salirte de tu zona de confort?

Como escritor me salgo constantemente de mi zona de confort, así que eso no supondría un problema. Lo que sí podría serlo es que la trama que me propusieran no me interesase, en ese caso me temo que no querría aceptar el desafío.

¿Cómo superas un bajón literario? Qué se te ocurre si alguna vez te bloqueas y faltan ideas o avance? Qué logra inspirarte en esos momentos?

Lo cierto es que mis bajones no vienen provocados por la falta de ideas, son más bien el producto de la ausencia de motivación y esta suele estar provocada por razones de hastío profesional. Lo suelo superar porque la misma historia que bulle en mi cabeza me sirve para vencer el abatimiento. Vivo lo que escribo con mucha intensidad y por lo tanto, disfruto escribiendo.

Di una novela que te hubiera gustado escribir y por qué

Hay multitud de novelas que me habría gustado escribir, pero ya que he de atenerme a una, mencionaré “Neverwhere” de Neil Gaiman. Es una obra épica, con elementos fantásticos y terroríficos y personajes soberbios que me resulta tremendamente entretenida. Tiene muchas lecturas y abre tantas puertas, que el lector vislumbra universos más allá del descrito por Gaiman. Ojalá y algún día el autor retome ese mundo subterráneo londinense y escriba más sobre el mismo.

Tampoco me importaría haber escrito “It” de King, “La Carretera” de Cormac McCarthy , “La Isla del Tesoro” de Stevenson o “El Señor de los Anillos” de Tolkien.

EXTRACTO de TOM Z. STONE

Un 7 de agosto los muertos caminaron sobre la Tierra. Algunos con más gracia que otros. Lo llamaron el Fenómeno Reanimación, el FR, y hay quien dice que aparte de resucitar a unos cuantos cadáveres, desvió el espacio, el tiempo. También aumentó los niveles de imbecilidad. Lo último es de mi cosecha.

La verdad es que el FR me importa un carajo, salvo que soy uno de los que volvió a la vida con fecha de caducidad a cuatro años vista y que cada día conozco a un imbécil.

Me llamo Tom Z. Stone. Soy investigador privado. Me gusta escuchar a los Beatles, fumar y beber y soy capaz de hacer las tres cosas a la vez, que para ser un hombre no está nada mal.

Tengo un gato llamado Gato, o Cabrón, según del humor que me encuentre.

No puedo dormir.

Ningún reanimado puede. Tiene lógica, después del sueño eterno, no quedan más sueños.

El Abismo

 

¿Sabéis esos trastos que cuelga la gente en los balcones y tintinean con el viento? A las cuatro de la mañana su soniquete tiene un toque entre burlón y funesto y el mismo aire que los menea se te cuela riendo entre el abrigo y la bufanda hasta helarte las entrañas. Es como asomarse a un abismo ciego que ni se molesta en devolverte la mirada. Nadie vivo en sus cabales saldría en una noche así a la calle, aunque no pueda dormir. Pero yo no estoy vivo, soy un muerto con fecha de caducidad y un gran talento para la autocompasión.

La visión de unas luces al final de la calle me alegraron el paso. También confirmaron lo que sospechaba hace tiempo: el bar As de Picas, “El Piojoso” para sus habituales, nunca cierra.

Entré con el alivio de quien llega a casa. Paco, el dueño, me clavó su mirada legañosa y sonrió de medio lado.

—¿Café?

En la radio murmuraba una voz grave: algo sobre agujeros negros y traslaciones en el tiempo. Al fondo del bar rectangular, sentado en una de las mesas amontonadas al lado de la puerta de los servicios, un cliente cincuentón mantenía una discreta conversación con su copa de coñac.

No había nadie más en el local. Por las horas, dos clientes éramos multitud. Tras asentir a la pregunta de Paco, busqué en vano un hueco limpio en la barra y acabé por apoyarme, resignado. Encendí un pitillo al que me aferré con ganas.

—Añade una botella de orujo —dije—, y un vaso largo.

—¿Blanco o de hierbas?

—Sorpréndeme.

Me senté en una mesa con el café y la botella (orujo blanco) y Paco volvió al lado de la radio.

Entre el murmullo de la radio, el bisbiseo del otro cliente y las copas de orujo que hacían desfile, fui olvidando la mirada del abismo y me reconcilié algo con el mundo. Perdí la mirada a través de los mugrientos cristales del bar y supongo que el ensimismamiento permitió al del coñac aproximarse inadvertido, hasta que retiró la silla frente a la mía.

—Permiso —graznó, una vez sentado.

Enarqué una ceja con la intención de enviarle a hacer puñetas.

—Paco, lo del señor, —me señaló con el mentón—, lo apuntas a mi cuenta y a mí me traes otra de lo mismo.

—No estoy de humor para escuchar y mis vicios los pago yo.

Frunció el ceño. Tenía ojos enrojecidos, labios finos, ojeras violáceas y el pelo gris formaba greñas. Me fijé en que llevaba las manos sucias y no olía demasiado bien.

—¿No es usted Stone? ¿Tom Z. Stone, el detective? Lo vi el otro día en las noticias, por lo del asesino de reanimados.

—¿Y qué?

—Me llamo Ramiro.

Bufé a modo de réplica.

—Tengo una hija. —Titubeó—. Es como usted.

—¿Fea, fuerte y formal? Le costará encontrar novio, a los tipos que conozco les gustan guapas, débiles y un poco putas. —Lo reconozco, cuando me pongo cabrón, me pongo.

Frunció el ceño, como si no comprendiera.

—Es una reanimada.

Una reanimada, muerta y revivida gracias a un fenómeno que nadie ha conseguido explicar todavía. Nada extraordinario, éramos legión, aunque las bajas entre nuestras filas son diarias. Muertos que mueren, suena ridículo, una broma divina de mal gusto. Iba a decirle al tipo que seguía sin interesarme, pero volvió a hablar antes de que pudiera hacerlo.

—Regresó bien, su mente intacta; fue un regalo del cielo. La respuesta de Dios a mis oraciones. —Enjugó una lágrima inexistente—. Ya perdí a mi mujer hace unos años y cuando Paula, mi hija, murió de cáncer pensé que Dios me odiaba.

—Ódialo tú a él, —intervine, harto del lamento del otro—. Y, amigo, no lo repetiré, quiero estar solo.

Agitó un dedo y meneó la cabeza. —No hable así, Sr. Stone, Él, —su dedo se detuvo señalando hacia arriba—, lo ve todo.

—Sí, es un cotilla. —Hice el ademán de levantarme de la mesa, acabaría el orujo en casa.

—Paula intentó morderme hoy. He tenido que atarla a la cama.

Me detuve. Volví a sentarme.

—Fue antes de comer, no quiso saber nada de las lentejas que había preparado, se tiró sobre mí gimiendo. Intentó morderme. —Escondió el rostro entre las manos.

—Es una terminal, una zeta. —Le dijo. El tipo apartó las manos—. Sufre la ley del decaimiento; nos pasará a todos los que volvimos de la muerte. Llame a los del CIFR, que se ocupen ellos.

Negó con la cabeza.

—No.

—No hay nada que usted pueda hacer por ella.

—La quiero conmigo.

—Apenas durará unas horas.

—Lo sé.

—Es un peligro.

—Está atada.

—¿Qué quiere de mí? —pregunté con aspereza. A pesar de su tragedia, el tipo seguía sin gustarme demasiado.

—He oído hablar de un tratamiento que retrasa el decaimiento. Usted… usted no parece un reanimado. Dios lo ha puesto en mi camino. —Se levantó acercando mucho su rostro al mío—. El Señor quiere que comparta el tratamiento conmigo. —Me cogió de la solapa de la chaqueta—. ¡Tiene que ayudarme!

Aparté su mano y me puse de pie.

—Escuche, cretino, no hay un tratamiento y si Dios le ha hecho creer que lo hay, es que es un sádico.

Fui hasta la barra y pagué mi consumición. Paco me observaba con un gesto indescifrable. La voz del tipo me siguió hasta la puerta.

—Es usted un desalmado y un cobarde, Sr. Stone. Cuando se presente ante el Altísimo, tendrá que rendir cuentas.

Me volví hacia él y conté hasta tres para no ir y romperle los dientes.

—El Altísimo tiene la cabeza en las nubes y, cuando mira hacia abajo, no ve más allá de su enorme polla divina; y si hay un cobarde, es usted, amigo. ¿Qué carajo hace aquí mientras su hija se consume sola y atada en casa? ¡Váyase al infierno!

Me fui sin mirar atrás. Tenía una botella de bourbon en la cocina que me atontaría lo bastante para no tener que seguir pensando.

Volví al poco de amanecer al As de Picas. Las horas que restaban de oscuridad de la noche y que pasé en casa, me habían dejado resaca y sabor a cenizas en la boca.

Paco no se había movido de su sitio al lado de la radio, que murmuraba algo ininteligible.

—¿Otro café? —preguntó, como si no me hubiera marchado.

Asentí.

—¿Orujo?

Negué con la cabeza. Me encendí un pitillo y no pude evitar mirar hacia el fondo del    local, casi esperando ver al tipo de la copa de coñac. Paco se dio cuenta.

—Se  largó al poco de hacerlo tú.

No respondí.

—En la radio hablan de dos cadáveres con un tiro en la cabeza: una zeta y un tipo, padre e hija.

Seguí sin responder.

—¿Tú crees que…?

Le interrumpí.

—Creo que quiero el orujo.

Paco me sacó la botella y una copa.

Al final, el abismo no es más que un pozo de mierda.

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