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Algún día

Agarra con fuerza su pupitre, como si quisiera traspasar la madera y hacerla pedazos. Lo hace con tanta fuerza que sus manos comienzan a sudar y a enrojecer. Su pierna izquierda comienza a agitarse descontrolada, de arriba abajo y cada vez con más velocidad. Siente que su cadera tiene la fuerza y las ganas necesarias para impulsar su cuerpo hacia arriba y, de un salto, escapar del pupitre dispuesto a salir del colegio lo más rápido que pueda. Pero no. Debe esperar cinco minutos más a que llegue el final de la última clase de un jueves más, pero desde hace un tiempo no son sus jueves un día cualquiera.

Con la mirada fija en las manecillas de un gran reloj, que acompaña en la pared a una pizarra emborronada con estúpidas gráficas inentendibles y aburridas, la impaciencia se refleja en sus ojos que se abren más y más cada vez. Como intentando dominar el tiempo para acelerarlo. El segundero avanza. -¡Más rápido¡- piensa. -¡Maldita sea, más rápido¡- balbucea. Un sudor frío recorre su nuca haciendo crecer su ansiedad. Un tic-tac más. Comienza a hacer ruidos con sus pulgares sobre la mesa, como si haciendo ritmos le diera velocidad al tiempo. Un minuto. -¡Vamos¡- está desesperado por salir corriendo de allí. Otro tac. Esta vez se le ha clavado en su mente con tanta fuerza que parece el replicar de una campana. Necesita salir ya de allí.

¡Ring¡!Ring¡…

Al fin. Rápidamente recoge un cuaderno abierto por una hoja desordenada de números torcidos, un libro abierto por una página que no importa y un estuche a medio abrir. Con la mochila cargada y cerrada en un pestañeo, salta, despavorido, entre mesas, sillas y compañeros sin importarle nada más que escapar de aquel lugar. -¡Siempre hace lo mismo¡ Cada jueves vuela de aquí sin importarle nada, sin decir ni una sola palabra- dice Ana, una de sus compañeras. -¿Dónde irá?- se preguntó Juan, negando con la cabeza.

El corazón le bombea con fuerza en su pecho, sus sienes palpitan como reflejo del ansia que le produce aquella situación. Jadea descontroladamente después de la carrera que le ha llevado hasta allí. La respiración se le acelera con sólo pensar en lo que viene, a la vez que acompaña a su corazón desbocado. De repente un suspiro profundo como única ocurrencia para tratar de recobrar el aliento. Expectante, está clavado en aquella valla erigida como barrera entre donde Oscar está y donde quiere estar. Sobre unas hierbas que, afeadas por los quehaceres de la estación invernal, cubrían unas zapatillas pequeñas para un niño de ocho años, se dispone a no perder ni un detalle de lo que pasará. Agarra con fuerza la metálica valla que, en forma de colmena romboide, ya tiende al óxido por tantos años ahí clavada. Siente que si se sujeta bien nada ni nadie podrán arrebatarle su momento. Después de esto, de nuevo oscuridad.

Traga saliva. Tanta espera para aquel momento, toda una semana esperando. Y cada semana, las mismas sensaciones. Lo que dura apenas un minuto, para él es un mundo. Todo por tener la libertad en un suspiro, un pequeño reducto de tiempo y espacio en el que su vida y su libertad cobran otra dimensión.

Estalla un ruido que provoca la huida apresurada de los cuervos apostados en el tendido eléctrico. Para Oscar era magia. El inicio de su mundo onírico hace que su piel se vuelva de gallina. Con el despegue de aquel avión, gigante, siente que él escapa también hacia el cielo. Por un momento olvida la penumbra de aquel sótano. Cada jueves espera el despegue de ese mismo avión, no otro. Ese. El suyo.

Lo sigue con la mirada, e imagina cada gesto escondido tras el reflejo de los cientos de ventanillas que viajan con él. Miradas de ilusión, de esperanza, de cambio y de miedo. –Algún día…-.

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