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El vuelo

A sus siete años, Lance Hawkins era un apasionado de la astronomía. Se podía quedar absorto pensando en la inmensidad del universo, en la multitud de estrellas que copaban todas las noches el cielo y en la grandeza de los planetas. Le encantaba utilizar un telescopio de juguete regalo de sus padres y jugar a descubrir nuevas constelaciones. Incluso les daba nombres pomposos tipo «La mega-galaxia de Lance» para pensar que eran de su propiedad. Quizá por ello su sueño no era otro que el de ser ser astronauta, como tantos otros niños de su Boston natal.

Pero a diferencia de sus compañeros de clase, él tenía un grave problema. Le aterraba volar. No se imaginaba surcando los aires y alcanzar el espacio debido a sus miedos, aquellos que le impedían incluso subirse a una atracción de feria o un simple columpio por temor a la caída. A él le avergonzaba esta situación y los otros niños se aprovechaban de ella. «¡Eres un gallina!», «¡Vaya cobarde estás hecho!» o «¡Jamás serás un astronauta!» eran algunas de las frases que le dedicaban en todos los recreos, lo que hizo que cada vez fuera más tímido y retraído.

Él solo quería que llegara la noche y encerrarse en su habitación para compartir sus momentos más íntimos con la grandeza del espacio. Ahí se sentía como pez en el agua pudiendo navegar a su libre albedrío por el océano de estrellas. Conocía absolutamente todas. Sabía situar sin ningún tipo de duda el Polo Norte, podía señalar sin equívoco el cinturón de Orión o incluso apuntar directamente aquel minúsculo puntito rojo que desvela la ubicación de Marte. Pero cada día al despertarse el sol aparecía y le quitaba de su vista a sus verdaderas amigas, para devolverle a la realidad de la escuela. Y es que Lance ya no quería ir al colegio para no sentirse el blanco de todos los insultos.

Sus padres no eran ajenos a esta situación, quienes vivían asustados el cambio de personalidad de su pequeño. De ser un niño alegre, ilusionado y esperanzado pasó a convertirse en una persona totalmente opuesta. Irascible, malhumorado, cabreado. Preocupados por Lance, acudieron a la dirección del colegio para solicitar que revisarán a qué se debía su carácter. Y a los pocos días recibieron noticias, su hijo tenía pánico a los aviones y eso lo aprovechaban sus compañeros para reírse de él.

Por una parte se sintieron aliviados, puesto que nadie pegaba a su hijo y el problema podía tener una fácil solución. Bastaría con organizar un viaje lejos de Boston y que les obligara a utilizar un avión. Pensaron que con ellos a bordo, el pequeño sería capaz de sobreponerse a sus temores. Así, padre y madre barajaron diferentes destinos. España o Francia fueron las primeras opciones, pero las descartaron rápidamente para evitar que Lance estuviera más de ocho horas encerrado en el aparato. Así que optaron por sitios más cercanos, aunque lo suficientemente lejos de su hogar como para obligarles a coger un avión. La solución la encontraron a casi 3.000 kilómetros de su ciudad, pero un lugar muy atractivo por su clima y ambiente. Eligieron Los Ángeles.

Cuando le dijeron a Lance que se marchaban de vacaciones, la primera reacción fue positiva. Sin embargo, cuando le comunicaron que tendrían que montar en avión se lo tomó peor. Entonces se dieron cuenta de que era cierto lo que les habían dicho desde el colegio.

—Hijo, estaremos contigo a tu lado. No te pasará nada —el padre intentaba tranquilizar a su vástago.
—¡No quiero subir a un avión! ¡Son muy peligrosos!
—Eso no es así, cariño. Es el medio de transporte más seguro del mundo.

Según se acercaba el día del viaje, Lance iba alterándose más. Aunque cada noche buscaba la tranquilidad del cielo, y allí encontraba de vez en cuando diferentes puntos que se movían relativamente lentos. Aviones. En constante movimiento, de un lado para otro. Y entonces se dio cuenta de que si otros podían confiar en ellos, él también debía dar el paso. Solo así llegaría a ser astronauta.

Más tranquilo y relajado, se sintió capaz. Más con el apoyo de sus padres. Ahora ya tenía respuesta a la burla de sus compañeros, a los que rápidamente les informó de que por fin iba a superar sus miedos para subirse a uno de esos artilugios creados para surcar los cielos. Volvía a recuperar la alegría e incluso los días previos al viaje estaba ansioso por subirse al avión. Contaba las horas para que llegará el momento. Miraba constantemente el billete para el vuelo 175 de la compañía United Airlines, se informó de las características de aquel Boeing 767-222. También la fecha del que supondría su primer vuelo, el 11 de septiembre de 2001. Por desgracia, también fue el último.

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