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No es un simulacro

Erick se encuentra emocionado, es la primera vez que monta en avión, ni siquiera se acuerda de sus videojuegos, no quiere perderse nada de lo que ocurre desde la ventanilla que su cuerpecito es capaz de alcanzar con dificultad. Sus padres, ajenos, están terminando de colocar las maletas de manos en los compartimentos superiores, les espera un viaje fantástico, unas vacaciones más que merecidas, por fin, el negocio parece que empieza a dar sus frutos.

Erick está entretenido viendo como unos pequeños trenecitos trasiegan maletas de todo tipo, grandes, pequeñas, verdes, naranjas e incluso colores que no conoce. De pronto, ve algo que le resulta extraño, un hombre se acerca a uno de esos trenecitos aprovechando que los mozos de carga hacen un descanso para fumar, y sin que nadie más que Erick se dé cuenta, deja una mochila negra con un llavero con forma de gallina colgado de la cremallera más grande.

Han pasado ya dos horas desde el embarque y el avión no despega, algo pasa pero nadie informa a los pasajeros, que empiezan a ponerse nerviosos, las azafatas ya no saben qué excusa poner, están empezando a regalar las bebidas y varios aperitivos para calmar los ánimos. De pronto, los pasajeros que se encuentran en ventanilla comienzan a ver furgonetas de la policía nacional realizar un cordón alrededor del avión, bomberos, ambulancias y todo tipo de vehículos con todas las sirenas posibles. Cuando el caos se ha apoderado de los pasajeros, algunos aporrean las puertas, otros abrazan a sus hijos, se oye una voz por la megafonía del avión: “soy el comandante Ortega, les ruego que mantengan la calma, hemos recibido una amenaza de bomba desde este mismo avión y la primera condición que han puesto es que nadie salga del avión, por favor, les repito que mantengan la calma y ruego entiendan que estamos haciendo todo lo posible para solucionar la situación lo antes posible”.

De repente el silencio, nadie sabe si el terrorista está dentro del avión y es un suicida, podría ser tu compañero de asiento, o si por el contrario lo que quiere es una recompensa, la típica pregunta ¿por qué a ellos?, el ambiente empieza a caldearse, algunos niños empiezan a llorar, las azafatas empiezan a asistir a personas mayores que empiezan a marearse o a tener bajadas de tensión. La situación empieza a ser insostenible.

Erick sabe que algo no va bien, es muy joven para darse cuenta de la situación, pero llevaba mucho tiempo sin ver a sus padres tan serios, que el recuerde, desde la muerte del abuelo. Coge su pequeña tablet para jugar a su videojuego favorito y se da cuenta de que no tiene cobertura, no recibe datos y se lo enseña a su padre:

-Mira papá, no tengo datos, ¿tú sabes por qué es?

El padre que saca su móvil del bolsillo y comprueba que él tampoco.

-No lo sé hijo, yo tampoco tengo.

El padre, aficionado al cine de acción y a los programas estos que siguen a policías en la vida real, comenta a la madre de Erick:

-Han debido activar algún tipo de inhibidor de señal para evitar que el terrorista active la bomba vía móvil.
-Seguro que sí. Responde la madre.

Erick, que sin nada que hacer, se pone inquieto y se coloca de rodillas en su asiento para observar a la gente que queda en los asientos que hay por detrás de su fila, cuando reconoce a uno de los pasajeros, el mismo tipo que ha dejado la mochila en el trenecito está 3 asientos más atrás que el suyo, lleva gafas de sol, está sudando y mantiene el cuerpo erguido, lleva la cazadora puesta aunque hace calor y a Erick le llama la atención, y así se lo hace saber a su padre, que disimuladamente, haciendo como que busca a la azafata logra verlo, y efectivamente su apariencia es más que sospechosa. Si se lo dice a una azafata posiblemente su comportamiento la delate y haga saltar el avión por los aires, no puede enviar un mensaje fuera por el inhibidor, no sabe bien cómo actuar y tampoco es un héroe, es un peluquero de barrio que lo más valiente que ha hecho en su vida es enfrentarse a un perro que quería morder a Erick en el parque.

Erick recuerda que tiene una aplicación en la tablet que emite mensajes luminosos como los de la DGT en las carreteras y se lo comenta a su padre, que se le ocurre una idea, poner un mensaje en la ventanilla del avión para que lo lea algún francotirador. Así lo hacen, escriben: “TERRORISTA 3 ASIENTOS MÁS ATRÁS, GAFAS DE SOL, CAZADORA, PELO OSCURO” y lo colocan en la ventanilla del avión.

Fuera, un agente llega corriendo al comandante Ortega y le dice que están recibiendo un mensaje desde el avión. Coge unos prismáticos y lo más rápido que puede se pone en la visual para leer el mensaje con sus propios ojos. Acto seguido ordena al francotirador mantener en la visual al sospechoso, para que desde su mira telescópica conectada a vídeo todo el grupo de dirección pueda verlo de cerca. Intentan identificarlo, pero ese asiento debería ir vacío, no pueden hacer reconocimiento facial por las gafas de sol y la baja calidad del vídeo. Se acaba el tiempo dado por el terrorista, se encuentran entre la espada y la pared.

Suena el móvil, es el ministro del Interior, el comandante Ortega contesta, el ministro ya está al corriente de todo:

-Comandante, dispare…
-Pero señor, no estamos seguros de si…….
-He dicho que dispare, ¡maldita sea!

Agarrando el “walkie” el comandante da la orden de forma contundente al francotirador, 3 segundos después el disparo atraviesa la ventanilla y mata al sospechoso, 2 segundos después una gran explosión hace que todos los de fuera caigan al suelo. El avión ha explotado, 188 muertos.

15 días después la investigación reveló que la bomba estaba vinculada al ritmo cardíaco del terrorista. Mala decisión.

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