Inicio Libro Abierto Relatos Sueño de niños

Sueño de niños

Carlos trabajaba a sus treinta y tantos años en una aerolínea, era piloto de aviones. Debido a su oficio casi nunca hacía noche en su casa, aunque bien es verdad que sus viajes siempre eran a los mismos destinos, ya que lo normal es que hiciera la línea que tenía asignada.

En Londres, que es donde pernoctaba, tenía alquilado un apartamento. Cuando por fin terminaba su jornada de trabajo, se dirigía a él y allí se duchaba, cenaba algo y descansaba. Solía dormir bien, cosa que por otra parte era casi obligatorio. En los controles médicos a los que se sometían cada seis meses, era una cosa de las que más importancia le daban dentro del estado saludable en el que deberían encontrarse siempre para realizar su trabajo.

Por la mañana hacía el camino inverso después del aseo personal y desayuno. El trayecto del aeropuerto al apartamento y viceversa era siempre en taxi.

A las doce del medio día estaba en Madrid. Ahí vivía su mujer Alejandra, pues estaba casado y con dos niños. Le daba tiempo a pasarse por el hogar familiar, dejar la pequeña maleta en la que guardaba las pertenencias necesarias para que la ambulante vida que llevaba se desarrollara con normalidad, después se acercaba al colegio para recoger a Alberto, el hijo pequeño de la pareja. El mayor ya era capaz de volver solo. Le gustaba quedarse a comer en el centro porque también se quedaba su mejor amigo y así comían juntos. Alberto tenía diez años y su hermano Manuel doce.

Después de recoger a Alberto iban andando al garaje donde guardaban el coche familiar, y con él marchaban a por Alejandra, que trabajaba en una financiera, no estaba muy lejos pero a las dos cuando salía daba un poco de pereza volver a pie, tal como lo hacía ella por la mañana, y de paso a veces tomaban una cerveza antes de subir a casa.

Por la tarde Carlos hacía el vuelo de Madrid a Londres. A veces le cambiaban el destino por algún reajuste de los vuelos, y terminaba su jornada en Budapest, en Moscú o en cualquier otra ciudad europea. Entonces solía quedarse en un hotel que no estuviera lejos del aeropuerto.

Un día cuando se dirigía a embarcar en su aeronave, vio vestida con el uniforme de azafata de su misma compañía a Eva Beltrán, su mejor amiga de toda la vida, desde siempre. Aunque últimamente no se encontraban con frecuencia, medio que estaban en contacto y ambos sabían por donde transcurrían sus andanzas en este mundo.

-Hola Eva, ¿dónde vas con el uniforme de la casa?. No me digas que somos compañeros.
-Pues al parecer sí. Hoy es el primer día que trabajo con «tu casa». He firmado un contrato con mejores condiciones que el de mi anterior empresa, y mira, aquí estoy.
-Me alegro mucho de que trabajemos juntos, y de verte. Hace tiempo que no hablábamos.
-A ver si nos vemos más despacio, tomamos un café y nos ponemos al corriente, ¿te apetece? Ahora es que no puedo estarme, salimos en quince minutos y tenemos que hacer el chequeo antes de despegar.
-Muchísimo, contestó Eva. Yo también tengo prisa, ya hablaremos. Buen viaje.

Eva y Carlos eran de un pequeño pueblo de la sierra de Cuenca. Se criaron juntos, sus casas estaban separadas unos pocos metros, las familias también se llevaban muy bien como vecinos, fueron a la misma escuela y el mismo instituto, después cada uno eligió diferentes carreras, pero seguían viéndose con frecuencia cuando coincidían en el domicilio de sus padres.

Mayor sorpresa fue todavía cuando se volvieron a encontrar. Esta vez en el mismo avión, en el mismo vuelo.

-¡No me digas que vas a hacer esta misma línea! -dijo Carlos sorprendido al verla de nuevo.
-Pues sí, por lo que veo vamos a viajar juntos.
-Será un placer. Oye, si quieres nos vemos al terminar, que ahora estamos muy liados, ¿vale?
-De acuerdo, cuando lleguemos a Londres frente al mostrador de la compañía.
-Sí, sí quedamos allí.

El viaje resultó según lo previsto y veinte minutos después de aterrizar se volvían a encontrar en el punto acordado. Salieron juntos del aeropuerto. Eva tenía reservada un habitación en un hotel próximo al apartamento de Carlos, por lo que compartieron taxi. Eva tenía intención de buscar algo parecido a lo de Carlos, pues un apartamento daba más juego y costaba menos que alojarse en hotel. Carlos le propuso que se quedara en el suyo mientras encontraba algo. Dispondrían de una cama doble y de un sofá cama. No había segunda intención. Eva agradeció y aceptó la propuesta, así podrían repasar sus vidas y ponerse al corriente.

Aquella noche se fue al hotel, pero la siguiente la pasaron juntos. Fue el acto de amor más satisfactorio que habían experimentado hasta entonces, y hablaron de todo.

Recordaron los ratos de intimidad que de niños pasaban en el corral que los padres de Eva tenían pegado a la casa, allí con el monótono cacareo de las gallinas de fondo se contaban todo, todo menos sus verdaderos sentimientos. Se querían y nunca lo confesaron abiertamente, por timidez o por miedo se lo callaban, así perdieron la oportunidad de sus vidas.

Ahora cada uno estaba organizado por separado, y eran felices. Eva también tenía pareja aunque no estaba casada formalmente.

El encuentro de aquella noche no se volvió a repetir. Nada cambió en sus vidas. No engañaron a nadie. Fue algo espontáneo, maravilloso. Se había realizado lo que de niños siempre habían soñado.

El día siguiente estuvo ocupado por la rutina, el trabajo, los viajes, la familia…, no hicieron ningún comentario sobre lo ocurrido aquella noche nunca más.

Y Eva en su nuevo apartamento y Carlos en el suyo soñaban el mismo sueño por separado.

Comentarios