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La familia

Mercedes tiene una vida normal, lleva jubilada más de 10 años, baja a su nieto a jugar a la pelota al parque y le hace compañía una vieja gata con más ganas de caricias que de saltar por los tejados, pero hace 2 semanas tuvo un pequeño achaque al corazón y desde entonces lleva postrada en la cama de su dormitorio por orden del médico, reposo total dijo, y sus dos hijos, Manuela y Ramón han decidido que le ayude una asistenta, ellos tienen muy poco tiempo libre y su madre necesita atención constante.

Mercedes nota que no mejora, está muy triste porque no ve a su nieto y no puede acariciar a su gata, pasan las semanas y su estado la mantiene postrada en la cama. Siempre fue una mujer muy activa, y teme que su vida nunca vuelva a ser como antes.

La tristeza pasa a desesperación, ella nota que algo no va bien, sus síntomas no son los de antes, ha perdido la noción del tiempo, no sabe nada de sus hijos desde hace tiempo y apenas nota la presencia de la asistenta cuando pasa a su cuarto, su mente se encuentra ágil cuando no está durmiendo o adormecida y no siente dolor, aunque no puede mover las extremidades, empieza a pensar que su situación no tiene nada que ver con su enfermedad.

Decide averiguar qué es lo que pasa, y pasa por preguntárselo a la única persona con la que tiene contacto, la asistenta. Tocan las medicinas de las 3 de la tarde, la asistenta abre la puerta y entra en la habitación, Mercedes oye voces que vienen desde el salón, no están solos; cuando la asistenta le inclina la cabeza para darle las pastillas y un trago de agua Mercedes hace un esfuerzo sobrehumano para agarrar el batín de la chica, su cuerpo está totalmente entumecido, prácticamente no le responde, y cuándo está a punto de emitir algún tipo de sonido recibe un manotazo de la asistenta al grito de: ¡quita vieja!, y sale de la habitación mascullando entre dientes algo que Mercedes no es capaz de traducir.

Llegan las 10 de la noche, toca otra toma, la asistenta entra a la habitación a darle la medicina a su cuidada, pero Mercedes ha tomado una decisión, no se la va a tomar, no le importa arriesgar su salud a cambio de información, la curiosidad humana. La asistenta le introduce 2 pastillas en la boca y mientras le acerca el vaso de agua Mercedes las esconde en un lateral de la boca, lo suficiente para que el trago de agua no las empuje.

Horas más tarde abre los ojos, Mercedes nota como su cuerpo empieza a responder, ya puede mover mínimamente las piernas, ya no tiene sueño, en definitiva, ya no se siente sedada. Tiene que trazar un plan, algo está ocurriendo, necesita pedir ayuda, ¿por qué sus hijos no vienen a ayudarla?, ¿por qué a nadie le resulta extraña su ausencia?, no tiene respuestas, pero de momento, lo único que puede hacer es seguir sin tomar la medicación.

Dos días más tarde su cuerpo está casi del todo bien, casi, porque lleva 2 meses tirada en una cama, tiene los músculos atrofiados y aunque ya no se siente aturdida no se ve con fuerzas para huir. Su única esperanza pasa por la asistenta.

Llega la hora de otra toma, Mercedes lo sabe y está esperando la ocasión. La asistente entra en la habitación con las pastillas en una mano y el vaso de agua en la otra. Mercedes no puede esperar, cuando la asistenta se acerca, la agarra de los brazos con todas sus fuerzas e incorporando medio cuerpo para acercarse a su cara le pregunta:

-¡¿qué coño estáis haciendo conmigo desgraciada?!

La asistenta que no se esperaba esa reacción ni la fuerza que tenía “la vieja” hace un gesto rápido con los brazos para soltarse del agarrón y sale de la habitación a paso ligero mirando varias veces hacia la cama como si no se creyese lo que acababa de pasar. Al cabo de 5 minutos entra en la habitación un hombre, con cara de pocos amigos, de gran estatura, tanto que a Mercedes le parece gigante. Tiene tanto miedo que se queda paralizada en la cama. El hombre se le acerca a la oreja y mientras le mete 2 pastillas en la boca y le tapa la nariz para obligarle a tragar le susurra:

-Es inútil, jamás saldrás de aquí….

Mercedes se despierta, no sabe cuánto tiempo ha pasado, tiene el pulso acelerado pero se siente extrañamente bien, de pronto, se abre la puerta de la habitación y entra corriendo su nieto con mucha alegría gritando ¡abuelita!, y la abraza con todas sus fuerzas, ve entrar a sus dos hijos por la puerta y ahora lo entiende todo, ha sido una pesadilla. Ella actúa con normalidad, no le cuenta su pesadilla a nadie, menuda tontería, chifladuras de vieja.

Ha llegado la noche, su gente ya se ha ido, “un trago de agua y a dormir piensa”, se gira para coger el vaso de agua de la mesita de noche y ve una nota doblada, la coge, la abre y lee:

JAMÁS SALDRÁS DE AQUÍ

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