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Recuerdos de una guerra

-Nunca pensé que un sitio como este pudiera salvarme la vida…- dijo Irene, mientras, con incredulidad, miraba hacia sus pies negando con la cabeza.

-Que sean sus techos los que protejan nuestras cabezas, después de tanto tiempo evitando entrar aquí…, resulta gracioso- sonreía con tímida mueca Laura, al tiempo que fijaba su mirada en la mirada de su amiga.

 

De nuevo, otra explosión. Por lo fuerte que se escuchó, esta vez debió caer muy cerca. Quizá al otro lado de la plaza junto al lavadero que ya apenas se tenía en pie, cada vez más pasto de cenizas. Pese al gran estruendo que retumbó entre aquellos muros, después de llevar allí encerradas más de diez horas, y pese a soportar el alarido del miedo que hasta de ellos mismos sentían aquellos proyectiles, ellas casi ni se inmutaron.

 

Lanzados con el odio de quien ha perdido la cordura, impactaban con rabia sobre cada casa, arrancando de cuajo cada árbol, haciendo socavones interminables en el asfalto y en cada camino.

 

Tras un suspiro, Irene decidió incorporarse y apoyar lentamente su espalda en el respaldo de un banco de madera. Un banco de color marrón oscuro que acompañaba a la tenebrosidad de aquel lugar estaba marcado por infinidad de surcos. La mayoría hechos por el paso del tiempo y el uso, y alguna que otra llave de algún enamorado, o algún que otro rebelde. Con la mirada perdida en el artesonado que decoraba el techo de la capilla, lanzó otro suspiro y sin apartar la mirada de su belleza  le habló a su amiga.

 

-No sabía que se podía sentir el sabor a sangre y metal sin tener ninguna herida- ella no podía dejar de pasar la lengua por sus dientes para tener una vez más aquel sabor. No podía parar, ni aunque quisiera.

-El olor a pólvora y a humo se mete hasta en el alma- siguió Laura, con la mirada perdida y fija en una baldosa suelta y quebrada en su diagonal.

 

De repente, el silencio. La calma después de la mayor tempestad que Irene y Laura vivieron hasta ahora. Para ellas ese momento de tranquilidad, rodeadas de la mística impregnada por los frescos de aquel lugar, les generaba sentimientos encontrados. Pese a estar en medio de una guerra en el pueblo de sus vidas, acababan de encontrar un remanso de paz.

 

Mientras las dos amigas se miraban y se sonreían una a la otra, una pequeña pelota de fútbol hizo su aparición golpeando la rejería de la entrada a la capilla. -¿Y esa pelota?- preguntó Laura sin saber muy bien cómo encajar a su nueva amiga en aquella escena.

-No sé, ¿habrá alguien más en la catedral?- dijo Irene mientras se levantaba del banco caminando unos pasos hasta recoger la pelota.

-¿Crees que puede haber alguien más aquí? ¿Quién va a haber además de nosotras? Ya nos habríamos enterado de que no estamos solas…- Laura no daba crédito a aquella situación, y de pie junto a su amiga miraba con incredulidad esa pelota.

-Si no hay alguien más, quizá deberíamos empezar a creer…- no pudo evitar hacer una mueca irónica tras escucharse.

 

Finalmente decidieron dar una vuelta por la catedral para resolver el misterio de la pelota de fútbol. No pudieron hacerlo sin el temor a encontrar algo que habían estado evitando encontrar durante tantas horas. El miedo a ser asesinadas en cualquier momento era inevitable. Pese a aquella calma repentina surgida en el momento más inesperado, no podían olvidar que estaban en guerra.

 

Salieron de la capilla en la que se escondían, y fueron hacia la derecha encarando una de las naves laterales. En ese momento se sentían más frágiles que nunca. Abandonar el refugio en el que habían conseguido sortear a la muerte no es sencillo. Sus corazones se aceleraron al ritmo de su respiración, sintiendo que el corazón podría salir por sus bocas en cualquier momento. La calma que habían logrado apenas un momento antes, ya se había esfumado.

 

Avanzaban hacia los portones de entrada de la catedral, buscando cuál podría ser la razón de la llegada de la pelota. Cada capilla a la que se asomaban de aquel interminable y oscuro pasillo era terrorífica. Justo en el momento en el que Irene y Laura daban un medio paso que les colocaba en el umbral de la puerta de cada capilla, siempre agarradas del brazo, su bello se erizaba de tal manera que podían sentir su movimiento. La piel de gallina les daba la pista de que el escalofrío andaba cerca, justo desde el final de la espalda hasta la cabeza: imparable.

 

Podían ver el horror que la guerra provoca allá por donde pasa, sin importar nada. El hollín dejado en cada retablo, en cada artesonado y en cada muro era ya una huella imborrable.

 

No encontraron nada. Así que decidieron ir hacia el fondo de la catedral por la nave central. Una vez en ella, pudieron ver el altar mayor intacto. De mármol gris y cubierto por una tela blanca con un bordado de oro. Avanzaron lentamente entre los escombros, dejando bajo sus pies el crujir de la madera de los bancos destrozados. Cuando estaban muy cerca del altar vieron una pequeña cabeza que se dejaba ver tímidamente. Una mirada asustada.

-¡Es un niño!- exclamó Irene.

-Hola, ¿estás bien?- preguntó Laura. –Tranquilo, lo peor ha pasado. No tengas miedo, sal de ahí- Laura trató de tranquilizarlo. Al ver su pelota salió corriendo a por ella.

-Venga, salgamos de aquí. La guerra ha terminado- dijo Irene, con una sonrisa cómplice.

 

Salieron de la catedral y cruzando la plaza un estallido les lanzó con violencia al suelo. Tras ellos la catedral ardía.

-¿Estáis bien?- preguntó Irene.

-Sí, salgamos de aquí- contestó Laura.

 

 

-Abuela, ¿la Laura de la tumba en la que dejamos flores es tu amiga de las historias de guerra?- dijo Juan a su abuela Irene.

-Sí, Juanito. Es ella. Mi querida Laura. Venga, coge al perro que nos vamos- contestó Irene.

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