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La perdición

James Stephenson lo tenía todo para triunfar en la vida. Casi dos metros de altura, con una sonrisa que derretía a las chicas y, sobre todo, a las madres, y capacitado intelectualmente para superar con nota los cursos académicos. Un portento físico que brillaba en el baloncesto y cuyo nombre ya era conocido entre prestigiosos periodistas deportivos, que le señalaban como una de las mayores promesas del deporte universitario estadounidense.

Todo se truncó en su último año en el instituto, cuando a finales de curso fue acusado de agresión sexual por una estudiante de Medicina. Según el testimonio de la víctima, ambos se encontraban en una fiesta cuando James la asaltó en el baño. «Vino a mí como un león cuando ve a su presa», dijo entre lágrimas, explicando que la promesa deportiva se abalanzó sobre ella con los ojos desorbitados y con ganas de arrancarle la ropa y desposeerla de todo tipo de dignidad. Dada la diferencia de estatura, peso y fuerza, lo consiguió. O al menos eso atestiguaba el informe médico presentado por la chica, en el que se mencionaban diferentes hematomas y laceraciones compatibles con una relación sexual no consentida. Una pulsera rota en el suelo y unas minúsculas gotas de sangre dotaban de dramatismo a la escena del crimen.

Durante la investigación de este incidente, en la taquilla de James encontraron una botella de agua y otras pertenencias personales como un ordenador, ropa deportiva y apuntes de sus asignaturas, además de unas pastillas estimulantes que podían explicar su agresividad y el deseo irrefrenable de copular con la joven. Así lo interpretó la policía cuando revisaron el bote, el cual indicaba que se trataba de un potenciador sexual.

Las pruebas encajaban y acabó en la cárcel, a pesar de que siempre negó su vinculación con el hecho del que se le acusaba. «Me han tendido una trampa», relataba a todo aquel que se le acercaba. «Estuve en esa fiesta, pero no me acerqué a ella», sollozaba. «Jamás he tomado ninguna clase de pastillas», sentenciaba.

Nadie le creyó. Quizá porque en la prisión todo el mundo se considera a sí mismo inocente, aunque no es un buen lugar para pedófilos ni violadores. James no entraba en el primer grupo, sí en el segundo, lo que le llevó a contar cada uno de los días del calendario hasta su puesta en libertad. Esta nunca llegó.

Demacrado y hastiado por las diarias agresiones en las duchas por parte de otros presos, James decidió acabar con su tortura. Apareció colgado en su celda, después de enganchar sus sábanas con los tubos de ventilación. En su mesita encontraron una escueta nota. «Me obligasteis a hacerlo».

La sentencia caló hondo en la joven que le acusó de violación, ya que tras su muerte confesó. Su novio, compañero de equipo de James en el equipo de baloncesto, la convenció para acabar con su futuro deportivo, puesto que acaparaba los elogios de su entrenador y también los minutos en la cancha. El novio no podía brillar con la existencia de James y necesitaba que dejara de jugar.

Cegados por la envidia, ambos idearon el plan y adulteraron las pruebas. Ella falsificó el parte médico, mientras que él se encargó de colar en la taquilla el bote de pastillas. Sin embargo, no solo truncaron su paso por el deporte, sino también con su vida. La policía detuvo a ambos y restituyó el honor de James, aunque poco se pudo hacer por él. Desterrado en vida, fue perdonado en la muerte.

A la chica le conmutaron la pena de cárcel con una cuantiosa multa dirigida a la familia de James, mientras que el chico sí entró en prisión por idear esta trama criminal. Desde su celda, escribió una carta en la que se jactaba del plan brillante que desarrolló, aunque lamentó que su novia terminara confesando. Ese fue el único cabo suelto que dejó, porque para James, su único problema fue que no tenía coartada.

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