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La decisión

Paco mira por la ventana ensimismado, el trasiego de gente que alcanza a ver es impresionante, todos con sus bolsas, de todos los colores posibles, es lo que tiene la navidad, el consumismo y la felicidad artificial nos rodea, sin remedio. Pero para Paco, esta navidad, como las dos anteriores, no tienen nada de felices, ni le apetece dejarse llevar por el consumismo y los regalos, y ahora menos, ahora que ha tomado la decisión, ella le ha convencido.

Bruno, ajeno a las preocupaciones de su padre, sigue adornando el árbol de navidad.

-Papá, ¿me vas a ayudar o no?

-Claro hijo, ¿has terminado con las bolas?

-Sí papá, tocan las piñas y las hojas de oro. Yo empiezo por este lado.

-Estupendo.

-Papá, hace ya mucho tiempo que mamá no adorna el árbol con nosotros, ¿crees que algún día lo volverá a hacer?

-Bruno, sabes que mamá está muy enferma y que la están cuidando en esa residencia a la que vamos todos los días después del colegio.

-Ya lo sé papá, pero últimamente la veo más contenta, yo creo que va a volver pronto.

Paco no sabe cómo explicarle a su hijo las últimas conversaciones con su mujer, lo cansada que está, lo insoportable de sus dolores, en definitiva, su deseo de morir. No sabe cómo explicarle a su hijo que la persona que más lo quiere en este mundo desea morir. De hecho él tampoco lo llega a comprender del todo. Algo así no se puede explicar a un niño de 9 años.

Araceli es una mujer fuerte, siempre lo ha sido, decidida, extrovertida, siempre de  buen humor, hasta que esta maldita enfermedad la dejó postrada en una cama.

Al día siguiente, y como todos los días, Paco y Bruno se acercan a ver a Araceli, como siempre, les recibe con una gran sonrisa, son lo único que la mantiene cuerda, pero hoy su sonrisa tiene algo extraño, tiene algo forzado, tiene algo oculto.

-¡Hola mamá! Papá y yo ya hemos terminado el árbol de navidad, tienes que venir a verlo.

-Hijo, cariño, ven, acércate y dame un beso.

Bruno se acerca y le da un beso a su madre acompañado de un abrazo mientras Paco se queda un poco al margen. Su gotero la mantiene siempre algo sedada, para paliar dentro de lo posible sus dolores sin permitir que pierda la noción de la realidad, pero nunca suficiente, o por lo menos, eso le parece a ella.

-Cariño, tú sabes que estoy muy enferma, ¿verdad? –Le dice Araceli a su hijo.

-Si mamá, pero pronto te vas a poner buena, te lo noto.

-Pronto dejaré de tener dolores Bruno, te lo prometo.

-¿Ves?, ya notaba yo que estabas más contenta, estaba seguro.

-No estoy más contenta Bruno, estoy esperanzada, por fin voy a dar el paso que necesito.

-Entonces, ¿cuándo te vienes a casa? ¿Hoy mismo?

-Hijo, nunca volveré a casa, debes ir haciéndote a la idea, la vida ha preparado otros planes para mí.

-No lo entiendo mamá. –Contesta mientras se le humedecen los ojos.

-Bruno, he decidido que no quiero seguir viviendo con estos dolores, es momento de que deje de ser un estorbo para tu padre y para ti, es momento de que vuestra vida siga con mi recuerdo y no con mi dolor.

Bruno no entiende nada, mira a su padre en busca de respuestas y lo único que ve es un hombre completamente desmoronado, perdido, con lágrimas en los ojos y evitando su mirada.

-Pero mamá, no lo entiendo, ¿has decidido?, no lo entiendo, ¿por qué estáis llorando?, ¿te han dicho los médicos que te mueres?

-No hijo, los médicos no tienen nada que ver con esto, yo he decidido que deseo acabar con estos dolores.

-Pero…

Bruno está completamente perdido, su joven mente no asimila cómo una persona es capaz de decidir algo así, y mucho menos, llevarlo a cabo.

-Pero mamá, ¿es que ya no quieres estar conmigo?

Esta pregunta le parte el alma a Araceli, la hunde en lo más profundo, por primera vez algo le duele más que su propia enfermedad. Con la cara completamente descompuesta, Araceli responde:

-Hijo, no hay cosa que más desee que estar contigo, eres, junto a tu padre, lo único que evita que me desmorone, pero debes entender Bruno, que no hay forma de curar mi enfermedad, que los dolores que sufro son insoportables, que no duermo, no puedo ir al baño sola, no puedo ni pensar con claridad, estoy viviendo en un infierno del cual debo salir, no tiene nada que ver contigo. Debes entenderlo.

-¡Pues no lo entiendo mamá! ¡No lo entiendo! –Contesta gritando. -¿es culpa mía? ¿Me he portado mal? ¿Por qué me haces esto?

Bruno ha estallado, no entiende nada pero tiene algo claro, no quiere seguir en esa habitación, no quiere seguir escuchando, se niega en redondo, echa a correr para huir de todo cuando su padre lo agarra, lo levanta, y le da un abrazo muy fuerte mientras Bruno intenta soltarse sin éxito.

-Cariño, debes ser comprensivo con tu madre, si la quieres, debes entender que su vida, aunque te tiene a ti, que es lo que más quiere en este mundo, es un infierno, ¿puedes imaginar por un momento lo que es tener dolores las 24 horas del día? Por favor Bruno, sé valiente, y despídete de tu madre, no querrás que este sea tu último recuerdo de ella.

Baja a Bruno al suelo, y más calmado se acerca a la cama de su madre, se sube a ella y se acomoda a su lado, abrazándola. Paco se acerca al otro lado de la cama, coge de la mano a su mujer, y mientras le da un beso en la frente le deja una jeringuilla en la mano.

-Bruno, cariño, es hora de que papá y tú os vayáis. Te querré siempre, y mientras no me olvides siempre estaré a tu lado.

-Nunca te olvidaré mamá, te lo prometo, y te echaré de menos.

Paco y Bruno salen de la habitación, ambos llorando desconsoladamente, mientras Araceli se acerca la jeringuilla al punto de inyección de su gotero, la introduce lentamente, respira hondo y comienza a apretar el émbolo, no tiene miedo, ha llegado el final, ha llegado la hora de descansar. Los dolores empiezan a remitir, así como su ánimo. Su último pensamiento es para Bruno, ahora que está tan cerca el final, ahora que está tan próximo su último deseo, ahora es cuando le asaltan las últimas preguntas a las que no va a poder responder, ¿habré sido egoísta? ¿Ha sido una decisión justa para mi familia? ¿Debería haber aguantado más? En diez segundos ya todo dará igual. Todo ha acabado.

 

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