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La última cena

Los dos compartían mesa y mantel, como todas las noches de los últimos diez años. Pero esta noche era especial, estaban en Nochebuena.

Compartían mesa, pero diríase que cada uno estaba en su mundo.

Callados, con el pensamiento puesto en sitios muy diferentes iban dando cuenta despacio, haciendo un esfuerzo para que los alimentos de aquella cena especial, fueran pasando, que por otro lado era tan  modesta y vulgar como la de cualquier otro día.

De vez en cuando y sin mirarse a  los ojos hacían algún comentario sin ninguna trascendencia, más que nada como para comprobar que el otro seguía estando allí.

No se miraban a los ojos para evitar ver y ser vistos como de vez en cuando

brotaba una sutil y silenciosa lágrima que disimuladamente era absorbida por la recurrida servilleta.

Estaban los dos solos porque sus respectivas familias, así como amistades y demás personas queridas, se habían quedado en su país de origen.

Adalia y Vasile son rumanos que vinieron a España buscando una vida mejor.

Adalia salió de su país casi recién casada, y con su esposo Florín fue a parar a Italia con una maleta llena de ilusiones y poco más. Tenían por delante toda una vida y un montón de oportunidades que esperaban saber encontrar y aprovechar.

Después de unos años volverían a Rumanía con experiencia y recursos suficientes para continuar luchando al lado de su familia y amigos que estaban dejando.

Las cosas no fueron como ellos esperaban. Encontraron algún que otro trabajo, todos igual de precarios y mal pagados que malamente les daba para sufragar los gastos diarios propios de la vida misma, y eso no sin un gran sacrificio.

Él era fontanero pero los trabajos que le salían no tenían continuidad y se encontraba parado tan frecuentemente como trabajando.

Ella limpiaba casas, cuidaba ancianos, acompañaba enfermos en el hospital cuando los familiares no podían.

Como los problemas económicos no se los quitaban de encima, empezaron a afectarles también a la relación  matrimonial. El amor se fue pasando, las ilusiones de la maleta se consumieron.

Para evitar las discusiones intentaban pasar el menor tiempo posible juntos. Florín se quedaba en los bares hasta muy tarde, cuando llegaba a casa era casi para acostarse ya directamente.

Adalia se enfadaba más porque se gastaba en alcohol el poco dinero del que disponían.

Tuvieron un hijo, que en vez de reparar el precario estado en que se encontraba el matrimonio, lo que hizo fue empeorar la situación.

Cuando nació el niño, Nicoleta hermana de Adalia se fue con ellos para ayudarle con el niño mientras la madre seguía con los trabajos domésticos en casas ajenas.

Florín decidió volverse a su país donde decía le iba a ser más fácil encontrar pequeños trabajos entre sus conocidos y con menores gastos que en Italia.

Fue una separación camuflada.

Al poco tiempo se dieron cuenta de que ni se echaban de menos ni se necesitaban para nada, por lo que la relación quedó definitivamente liquidada.

Llevaban ya dos años separados, prácticamente los mismos que tenía el pequeño Loan que no había cumplido todavía los tres, cuando viendo que lo único que hacían era sobrevivir, decidieron viajar a España y empezar de nuevo, a ver si tenían más suerte que hasta ahora.

Así fueron a parar en Benidorm. Adalia encontró trabajo fregando platos por horas en un pequeño hotel, complementado con limpiezas en casas, y mientras Loan se quedaba en la guardería, Nicoleta limpiaba en la temporada de verano los seis apartamentos de una comunidad.

Compartían vivienda y gastos las dos hermanas y casi no les quedaba dinero para su libre disposición.

Un día por casualidad Adalia conoció al apuesto Vasile, que al ser los dos rumanos en un país extranjero enseguida se sintieron arropados el uno por el otro.

Vasile llegó a Benidorm atraído por el frenético ritmo de la construcción en esa localidad, cuando crecían hoteles y apartamentos sin parar frente a las playas levantinas. El era albañil, y en los cuatro años que allí llevaba no le faltó trabajo ni un día. Se sentía agusto con aquél clima y con aquél ambiente, pero salió soltero de Rumanía y soltero seguía.

Tenía ya raíces consolidadas en aquél lugar, pero el conocer a Adalia fue como si se le hubieran abierto las puertas del cielo.

Quedaban, hablaban, paseaban…hacían muchas cosas juntos, y empezó a surgir entre los dos algo que no sabían si era amor, pero si no lo era se parecía mucho.

Los dos tuvieron experiencias anteriores con parejas que al principio prometían mucho y después pronto quedaron en nada.

La de Adalia ya la conocemos. Vasile tuvo una novia y se prometieron estar siempre juntos, pero cuando él decidió venir a España, ella decidió quedarse.

Ahora ninguno de los dos quería ilusionarse demasiado desde el principio. Con el tiempo fue inevitable, cuando se dieron cuenta no sabían estar el uno sin el otro.

Loan fue creciendo, ya no necesitaba las atenciones de Nicoleta. Se desenvolvía con soltura por las calles de Benidorm.

Ella se daba cuenta de que su presencia no era necesaria y decidió irse otra vez a su tierra.

Adalia se quedó sola con su hijo en el apartamento y pensaron que Vasile se fuera a vivir con ellos.

Se convirtieron en una familia feliz.

Cuando Loan cumplió los dieciocho, quiso irse a estudiar a Alicante.

Si antes sobraba poco en la casa ahora faltaba. Vasile a pesar que tampoco iba sobrado, pues ya el trabajo flojeaba, además de colaborar en los gastos comunes también aportaba algo para que Loan pudiera quedarse en Alicante. Aquella Nochebuena la estaba pasando con su padre en Rumanía. Se habían visto pocas veces, pero no quería que su hijo terminara olvidándose de él. Le pagó el viaje para que aquellas vacaciones navideñas pudieran pasarlas juntos.

Así quedaron solos Adalia y Vasile en el apartamento de Benidorm. Aquella sería la última cena de Navidad para Vasile. Loan no sabía nada de lo que iba a ocurrir en el seno de la familia.

Estando trabajando en una de sus esporádicas y últimas ocupaciones, Vasile se encontró mal, con la sensación de que se estaba mareando. Ya tuvo los mismos síntomas un par de veces antes, pero no dijo nada a nadie. Se sentaba, respiraba hondo y volvía a la normalidad.

Aquél día llegó a perder la consciencia durante unos minutos. Los compañeros se alarmaron, trataban de reanimarlo pero en realidad no sabían qué hacer con él.

Cuando se recuperó insistieron que debería ir al médico, y con mayor motivo cuando les dijo  que ya le había pasado otras veces, aunque no tan fuerte.

Lo llevaron a urgencias y comenzaron a hacerle las pruebas pertinentes. Los compañeros que lo llevaron ya se habían marchado, aquello iba para rato.

Se dio cuenta que si no llegaba a la hora de la comida a su casa Adalia se preocuparía, por lo que decidió llamarla y contarle donde estaba.

Después de cuatro horas ya tenían un diagnostico, con reservas, pero también con algunos conceptos claros.

Un tumor cerebral bastante avanzado era lo que le estaba produciendo aquellos mareos que ya le hacían perder el conocimiento.

Le daban el alta, pero también le daban cita en el hospital general de Alicante para que le hicieran pruebas más específicas.

A los quince días el dictamen ya era definido. Le quedaban unos tres meses de vida, y poco se podía hacer. Con tratamiento y operación incluida, quizás llegara a los seis.

A Adalia se le cayó el mundo encima. Él, más escéptico no acababa de creérselo. -Si estoy bien- decía, y no quiso operarse.

Para Nochebuena ya había pasado mes y medio desde que le dijeran lo que tenía en el cerebro.

Después de mucho darle vueltas y valorar todo lo que estaba en sus manos por hacer, tomaron una decisión, o mejor dicho, la tomó Adalia, pues él se dejaba llevar.

Vasile no tenía familia en España. Si moría aquí nadie se haría cargo de los gastos del sepelio. Solo estaba  Adalia, pero entre ellos legalmente no existía ninguna relación, y si tenía que hacerse ella cargo, quedaría arruinada para toda la vida, bueno, en realidad es que no disponía de ese dinero, ni nadie se lo iba a prestar.

Si mandaban el cadáver a Rumanía los gastos aún serían mayores, y la familia de él se reducía a su madre anciana y viuda sumida en la pobreza de un país pobre.

Si esperaban a que se pusiera peor, ni si quiera le dejarían subir al avión aunque le quedaran las fuerzas justas para hacer el viaje.

Aquella cena significaba la despedida definitiva, para siempre, de dos personas que se quieren, que han hecho juntos gran parte de sus vidas, y que ahora el destino los separaba fríamente.

Ya tenían los billetes de avión para salir al día siguiente con destino a Rumanía. Ella haría ida y vuelta, él solo ida.

Adalia se puso en contacto con la anciana madre de Vasile para que fuera al aeropuerto a recoger a su hijo. Ella sin salir del recinto cogería el primer avión que la trajera de nuevo a España. Ni siquiera tenía derecho a días libres en su precario trabajo para hacer ese viaje. Por eso eligieron la Navidad que era viernes, y para el lunes ya estaría fregando casas como si no pasara nada.

Aquella Nochebuena acabó con el mismo silencio que les acompañó durante toda la cena.

 

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