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2019-nCoV

Cada mañana, Zhao encendía el televisor de su pequeña sala de estar, esperando oír buenas noticias. Necesitaba algo más que planes y promesas. Su vida dependía de ello. Pero las buenas noticias nunca llegaban. En los mejores días, la situación permanecía estable dentro de la gravedad. El resto del tiempo, no hacía más que empeorar.

Zhao ni siquiera estaba seguro de cuándo y dónde contrajo la enfermedad. Llevaba una vida normal, trabajando, saliendo de vez en cuando con sus amigos… Incluso acababa de conocer a una chica, con la que tenía esperanzas de llegar a algo más. Pero todo eso se truncó. Sus vidas, las de absolutamente todo el mundo, dieron un vuelco el día que se hicieron públicas las primeras cifras de infectados por el virus 2019-nCoV.

Después, llegó la cuarentena. Una situación que Zhao, hasta ese momento, únicamente había visto en películas, y que ahora vivía en sus propias carnes. Una medida exagerada, en su ignorante opinión. Porque, en teoría, el brote se había originado en la ciudad de Wuhan, y todos los enfermos estaban ya siendo tratados en los hospitales de aquella ciudad. ¿Por qué, entonces, el gobierno chino había decidido poner en cuarentena toda la provincia de Hubei?

La explicación no tardó en llegar. El 2019-nCoV se propagaba con rapidez. La cifra de infectados era mucho mayor a la que se dio en un primer momento. El gobierno ocultó la verdad, hasta que no pudo seguir haciéndolo. La realidad estaba en la calle, era palpable. El secretismo causó lo contrario a lo que pretendía. Muchos de los infectados no estaban preparados, no lo vieron venir.

Por eso, cuando ordenaron el estado de cuarentena, ya era tarde. Wuhan sólo fue la primera de muchas. Era cuestión de tiempo que detectaran los primeros casos en Ezhou, Huangshi y Huanggang. Semanas después, también en Xianning y Suizhou. Al principio creyeron que se trataba de casos aislados, y que la cuarentena evitaría la propagación. Craso error. Siendo una enfermedad que se podía transmitir mediante pacientes asintomáticos, resultaba difícil cortar la expansión del virus.

Como medida desesperada, el gobierno se vio obligado a aumentar el nivel de vigilancia. La alerta era máxima. El ejército tomó las calles, amenazando con arrestar a cualquier ciudadano que osara pasear con fiebre o sin la protección adecuada. Los confinaban en hospitales, a la espera de una cura… que no llegaba.

Los que presentaban mejorías, obtenían permiso para regresar a sus hogares, de los que no podían salir salvo para comprar provisiones. Muchos otros murieron, y no todos ellos en hospitales. La cantidad de infectados aumentaba y aumentaba; no había espacio para todos.

Poco después, comenzaron los asesinatos.

La policía aseguraba actuar en defensa propia. El nerviosismo generalizado había llevado a ciertos colectivos a protestar en las calles, desoyendo todas las advertencias. Cuando intentaron obligarlos a recluirse en sus hogares, se negaron. Era un grandísimo peligro potencial. ¿Qué otra opción tenían los encargados de mantener la seguridad en el país? Era su deber acabar con la amenaza, a cualquier precio.

Al menos, ésa era la versión oficial del gobierno.

En susurros, con miedo pero también con rabia, surgió una versión diferente. Testimonios que aseguraban que aquello no era más que una excusa para purgar a los enfermos. Agentes que, bajo orden directa del gobierno, solucionaban el problema de raíz. No querían arriesgarse. Y, desde luego, parecía la excusa perfecta para acabar con ciertas asociaciones antigubernamentales. Dos pájaros de un tiro.

Aunque los ciudadanos de Hubei desconocían cuál de las dos versiones era cierta, o si lo eran ambas, el simple rumor de las purgas no hizo más que aumentar el nerviosismo social. Quienes enfermaban, temían tanto morir por el 2019-nCoV como a manos de los policías y militares. Se habían convertido en un “por si acaso”.

Todas las mañanas, Zhao encendía el televisor, pero esas malditas buenas noticias no llegaban. La vacuna aún no era efectiva. Prometían que pronto lo sería, pero esa promesa dejó de resultar esperanzadora después de varios intentos fallidos.

Aunque vivía solo, el suyo era un edificio habitualmente ruidoso, a causa de los vecinos. Así, al menos, era antes de la aparición del 2019-nCoV. Con el paso de los días, ese ruido fue bajando en intensidad. Algún sonido puntual, música, un vecino subiendo las escaleras…

Ahora, todo era silencio.

De vez en cuando, Zhao daba golpes a las paredes y al suelo, esperando obtener respuesta. Aunque él sí podía salir a la calle, no se atrevía a llamar a las puertas de sus vecinos, por temor a que ellos sí estuviesen enfermos. Desde el exterior no veía movimiento en las ventanas. Su bloque era ahora un edificio fantasma. Y el fantasma era él.

A nivel nacional, la situación era todo lo terrible que podía ser. A nivel personal, aún quedaba lo peor. Primero fue un ligero dolor de garganta, luego congestión nasal, estornudos, tos… Parecía un resfriado común, aunque él sabía que no lo era. Zhao había contraído el dichoso 2019-nCoV.

Esa fue la primera vez que Zhao sintió el verdadero terror que miles de sus conciudadanos ya habían experimentado antes que él. Esa “enfermedad que tienen otros” era ahora también suya, de su propiedad. O, más bien, él era propiedad del virus. Su anfitrión.

Con los hospitales, ya no llenos, sino con lista de espera, a Zhao únicamente le quedaba una opción: no salir de su casa y confiar en recuperarse mediante el ancestral (y poco recomendable) arte de la automedicación. Se había preparado, claro está; no era tan estúpido. Pero ¿sería suficiente?

Se aferró a la idea de que sí, porque era lo único que quedaba entre él y la desesperación. O, quizá, entre la vida y la muerte.

Pronto cambió de idea. La fiebre le impulsó a ello. Cada día se encontraba peor, sin la certeza de que aquello fuese a cambiar. Una situación que otros no tendrían más remedio que aceptar con resignación. Pero él no. Porque él tenía un as bajo la manga.

Zhao era científico. Concretamente, subdirector de desarrollo tecnológico en Wuqi-Keji Ltd., una organización contratista militar, proveedora del mismísimo gobierno de su país. También proporcionaban armas a países como Irán, India o Siria. Sin duda, el suyo era el negocio más lucrativo del mundo. Moralmente cuestionable para algunos, pero completamente legal.

Sin embargo, Wuqi-Keji no se limitaba a la fabricación y distribución de armamento. Ése, en realidad, era el último eslabón de la cadena. Para ofrecer armas de última generación y superar a sus competidores, necesitaban un departamento científico del más alto nivel. Desarrollaban todo tipo de tecnología futurista. Y ése, precisamente, era el as bajo la manga de Zhao.

Wuqi-Keji no contaba con los medios necesarios para investigar el virus 2019-nCoV. Puede que les sobraba dinero, pero no tiempo. Para cuando pudiesen empezar a investigar, Zhao ya podría llevar meses muerto. No, ésa no era la solución.

Zhao tuvo una idea. Aunque no podían acelerar el proceso de creación de la vacuna, tal vez pudiesen acelerar la espera hasta su desarrollo. Algo difícil de asimilar para cualquiera ajeno al concepto de los agujeros de gusano y los teóricos viajes en el tiempo.

La empresa Wuqi-Keji había logrado desarrollar un prototipo de lo que ellos llamaban “máquina del tiempo”, alejada de los clichés imposibles de tantas y tantas obras de fantasía o ciencia ficción. La suya, aún lejos de su comercialización, era capaz de acelerar las partículas de su interior a tal velocidad que, en teoría, el tiempo se dilataría, transcurriendo a un ritmo diferente al del exterior.

En otras palabras: lo que dentro de la máquina era un minuto, en el exterior podía alcanzar un año. Los experimentos estaban en marcha. Habían metido fruta dentro de la máquina, la cual pensaban dejar allí durante doce largos meses, para posteriormente comprobar su estado de descomposición.

Un experimento que, por desgracia, estaba a punto de concluir bruscamente.

Zhao se escabulló por las calles, evitando las patrullas militares, y accedió al laboratorio, ahora vacío y clausurado hasta el fin de la epidemia. Mejor, pensó; así nadie lo molestaría.

Sin perder ni un segundo, temiendo ser descubierto, puso fin al “viaje temporal” experimental de aquella fruta pionera. Le tranquilizó mucho comprobar que estaba en perfectas condiciones. En teoría, debían esperar ocho meses más antes de sacar conclusiones, pero no veía signos de degradación tras las dieciséis semanas que llevaba dentro. Todo un triunfo para la ciencia…, que no pensaba celebrar hasta estar completamente curado.

Zhao programó el viaje: un minuto de su vida, un año en el exterior. Tiempo de sobra para desarrollar una vacuna.

La idea era buena, en principio. Pero se le olvidó algo muy básico. Un detalle fundamental, que su fiebre le impidió anticipar. Durante su minuto dentro de la máquina, el tiempo seguía desarrollándose con normalidad a su alrededor. Por lo tanto, era cuestión de tiempo que lo encontraran allí encerrado y lo sacaran a la fuerza.

Sin embargo, no lo hicieron.

Cuando los investigadores descubrieron lo que había hecho, decidieron dejar que se saliera con la suya. Zhao se convirtió en el experimento de Wuqi-Keji. Un experimento que prefirieron desarrollar en secreto, y que fue todo un éxito.

El subdirector de desarrollo tecnológico salió de la máquina aparentemente igual que entró. Solamente hubo un cambio en él: el virus había mutado a causa de la aceleración de partículas. La vacuna no surtió efecto. Malas noticias.

El gobierno había invertido demasiado dinero en la anterior vacuna. No podían permitirse repetir una situación similar, y mucho menos a causa de un solo hombre.

Zhao temía convertirse en un “por si acaso”. Creía que, sin lugar a dudas, lo matarían para evitar propagar la mutación del 2019-nCoV, a la que llamaron “2020-nCoV”.

Jamás habría sospechado que cumpliría un último servicio para su gobierno.

En China, Zhao pasó a la historia como un gran héroe, el primer hombre que viajó en el tiempo. En Estados Unidos, sin embargo, lo llamaron “paciente cero”.

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