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Aromas de una vida

Aquella mañana la visita al medico heló su sangre. El diagnóstico no dejaba lugar a dudas. La sola mención de la enfermedad hacía temblar las piernas. Alzheimer.

Perdería progresivamente todo aquello que la identificaba, olvidaría a todas las personas a las que tanto quería. El miedo la atenazó. Pero no la paró.

Había empezado a acudir a un taller para mantener la mente activa. Todo el mundo le decía que era lo mejor para ella dado su diagnóstico.

Pasaba las mañanas entre fichas tediosas en compañía de quienes no recordaban ni sus propios nombres. Triste presagio de un futuro cercano.

Todos los días las mismas rutinas, las mismas costumbres, las mismas caras. Todos los días, sin embargo, nuevos, inciertos, llenos de personas irreconocibles. Iluminados quizá por algún momento de lucidez que la traía de nuevo al presente.

Una de esas mañanas llena de confusión y desorientación, alguien le acerca un frasco con olor a agua de rosas.

Inmediatamente su mente vuela con su madre, a las mañanas de domingo de su infancia en las que observaba a su madre arreglarse. De pronto una sonrisa se dibuja en su cara y una lagrima resbala por su mejilla. Cuantas vidas dentro de una vida. Bruscamente los recuerdos de su infancia llenan su cabeza. Su madre en su tocador, su hermana pequeña llorando en la cunita, su padre cantando en el patio mientras alimenta a los animales.

Otro olor, esta vez a lápices y pinturas de madera. Su mente vuela de inmediato al colegio, a las amigas de la infancia, las primeras letras, las sumas y restas, la maestra, la comba en el patio, las miradas furtivas al colegio de los chicos, la primera vez que vio a su marido.

El olor a mantequilla interrumpe esos recuerdos para traer a la memoria los años de trabajo en la pastelería. La juventud, los madrugones, la alegría de endulzar a los clientes las fechas mas señaladas, los sabores y texturas…

Sin tregua, le llega un olor a polvos de talco y su corazón se acelera, sus hijos, las noches en vela, los besos y abrazos, las risas, las tartas en la cocina, los cuentos y los juegos, los consejos.

De pronto siente una caricia, un beso húmedo de quien la llama mamá.

Un momento de incertidumbre, un nudo en la garganta, un salto en el corazón, una lagrima que cae mejilla abajo y por una milésima de segundo su mente se abre, -Marta hija mía- y la abraza con fuerza.

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