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Inventor

Se le estaba haciendo tarde. Aún así, se tomó unos minutos para sentarse en el lugar más especial de aquella magnífica mansión virtual y revisar la gastada libreta de apuntes a carboncillo que conservaba desde no recordaba cuándo. Las diferentes proyecciones en las paredes de su sala favorita le recordaban cada una de las pinceladas, los planos de líneas inacabables, de ángulos imposibles, las fórmulas mágicas de los descubrimientos más asombrosos… Le invitaban a regresar a lugares que su extensa memoria reconocía adornados de sonidos suaves y melódicos en los que sus obras lucían como protagonistas. Bendito siglo XV. Concluyó en pocos minutos que si no lo hacía en aquel momento, si no le echaba el valor necesario en aquel preciso instante, no sería capaz de hacerlo nunca.

Apuró lo que quedaba del café, ya frío, observó el Universo desde aquella ventana y cerró el albornoz de seda virtual creado por él mismo, en actitud decidida. Comenzó a dictar a la IA:

“Estimados todos:

Tras comprobar que nuestros nuevos equipos de compañía AAs2 han desarrollado una capacidad inesperada para empatizar con sus usuarios, nos vemos en la obligación de retirarlos de manera preventiva por su propia seguridad. Se procederá de inmediato a la desconexión del los AAs2, a su retirada y al reembolso de su compra.

Gracias por su colaboración. Firmado bla bla bla…”

Él sabía que el mensaje había llegado a todos aquellos usuarios en el mismo instante en el que la IA lo estaba recibiendo. A todos. Al planeta entero. A cada uno de los que compraron un AAs2, aquel robot inventado también por él en el bendito siglo XV que, en realidad, solo daba fallos, pero que controlaba a la humanidad entera. Probarlo era tan tentador que había priorizado sobre la amenaza de muerte del planeta. De la Tierra. Solo él era consciente de que la desconexión era una quimera y la salvación, una ilusión. Quedaban horas.
Leonardo se retrepó con resignación en el sofá interactivo que se amoldaba al milímetro a su cansada figura y esperó el instante último divisando la belleza inmortal de su Gioconda en el incomparable marco del Universo. Nunca una sonrisa tuvo tanto significado.

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