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La vida de una gran casa

Hará unos meses, fui a dar una vuelta con mi madre y mi hermana por Vallvidrera, un pueblo cerca del Tibidabo, la montaña en cuyas faldas descansa Barcelona, mirando al mar. Pasamos por lugares por donde, mi hermana y yo, íbamos como ahora, cogidas de mi madre, solo que ahora somos las tres, cincuenta y cinco años más mayores. Mi madre cuenta con noventa y tres años ya.

De pequeñas íbamos algunos veranos, y algún domingo durante el año, y quizás también en semana Santa a… ¡esa casa!, “la torre”, como antes se les llamaba a las segundas residencias de la “gente bien”. Y…. ahí en la montaña, mirando hacia Barcelona. Ahí estaba. “LA TORRE”

La “torre” no era nuestra, ya que nosotros nunca hemos sido una familia “bien”, aunque si de gente de bien. Era de un tío de mis padres, el “tiet Tonet”.

Y… ¡Allí estaba!, vieja, rota, abandonada.

Aquella casa que yo recordaba inmensa, grande, brillante, llena de vida y de risas, ahora se había tornado lúgubre fantasma del pasado, ruinosa, triste … monstruosa. Recuerdo ir de arriba a abajo con mi triciclo por el primer piso, que era como un jardín inmenso con una gran fuente. Y ahora la maleza envolvía todo ese jardín.

Estaba cerrada a cal y canto. Recorrimos todo su perímetro, ya que se nos antojó verla de todos los lados posibles. De hecho lo que hubiéramos querido, habría sido poder entrar.

La casa la compró el tío Tonet a principios del siglo XX, para su esposa Carmen, con la que tuvo dos hijos Pepito y Joanito. Allí pasaban los veranos y los fines de semana, en “Villa Carmen”, la torre a la que comúnmente llamaban “El sanatori”, ya que allí la gente se sanaba de cualquier mal. Pero por desgracia, fue la propia Carmen la que no pudo sanarse. La sorprendió una tisis galopante, y en un mes se la llevó de este mundo, cuando sus hijos eran apenas unos adolescentes.

El “tiet Tonet”, al año se volvió a casar con una joven… muy joven, Pepita. Pepita tenía tan solo dieciocho años y trabajaba en la fábrica de vidrio de Tonet.

Pepito, el hijo mayor, y por Inri tocoyo de la joven, que había comenzado a trabajar en la fábrica con su padre, nunca aceptó esa unión. Decían las malas lenguas, que estaba enamorado de ella. Siempre estaban peleándose. Así que el “tiet Tonet” compró otra torre en Castelldefels, para poder pasar los veranos allí, mientras su hijo Pepito se quedaba en Vallvidrera, primero con su abuela y más tarde con sus amigotes. Por supuesto Tonet, muy original, a la torre de Castelldefels le puso por nombre “Villa Pepita”.

El pequeño Juanito siempre intentó mediar entre ambos, así que él era el único que disfrutaba de las dos casas. Pepito, (Josep) se casó con la hermanastra de mi padre, mientras Juanito se casó con la prima de mi madre, y es allí donde mis padres se conocieron, en Vallvidrera, en esa casa a la que visitamos ese domingo cualquiera y… por “causalidad”.

Mi madre recuerda que estando de joven con su padre en la casa visitando a su prima, al oír un claxon, sabía que mi padre estaba subiendo por la montaña, ya que mi padre era mecánico y en esa época era el único coche que había por esos lares. Un maravilloso “Ford Cortina”, que mi padre cambió cuando yo tenia seis años por un 850. Yo le dije que ese coche no me gustaba que los papás de otras niñas tenían coches mas modernos. Lo que es la visión de una niña. Ahora, me encanta ese cuando lo veo en las fotos. Es precioso.

La torre tiene mucha historia. Ya gozaba de grandes fiestas en los años 20´ y vio nacer a los hijos de Tonet, ya que cuando la compró, su mujer, Carmen ya estaba llevaba en el vientre a Juanito.

El caserón dispone de tres plantas y media y al estar en la montaña esta diseñada en forma escalonada. Se entra por la parte de abajo donde sólo hay una larga escalera y un garaje que al fondo se convierte en bodega. Por esas largas escaleras se llega a un rellano y si las sigues van al piso de arriba, donde se entra al lateral de una gran galería de vidrieras desde donde se divisa toda Barcelona. Y de allí, a la casa. Desde allí, se veían caer las bombas sobre Barcelona durante la guerra.

El primer piso, era un gran rellano/jardín, con una fuente en la pared que fue la piscina de todos los niños de la familia, y en donde había un chorro de agua que salía de la cabeza de un león, y recuerdo que nos peleábamos por ponernos debajo.

En ese jardín se habían hecho grandes fiestas desde finales de 1800 hasta finales de 1900, cuando al fin mi familia mal vendió la casa.
En cada extremo de ese gran rellano donde se hacían esas fiestas, habían, … y hay todavía, un banco en cada extremo. Están decorados con azulejos de cuadritos azules y blancos y con dos columnas que los preceden y que sostienen unas parrillas de madera en las que en sus tiempos se enredaban dos parras rellenas de uvas. En esos bancos se han sentado todos los novios de la familia. Es la foto que más se repite en los álbumes de la familia.

Entre los dos bancos, una gran barandilla dejaba la gran vista de Barcelona y justo detrás, al lado de las escaleras, había un jardincito lleno de flores y un gran pino. En ese jardín están enterrados todos los perros y gatos de la familia. Y justo al lado, unas escaleritas dan a una puerta muy bajita que, si se abre, da a una gran estancia donde hay una bañera tamaño familiar. Parece una piscinita, ya que tienes que bajar tres escalones para meterte en ella. Y al fondo, una puerta que lleva a la gran leñera. Durante la guerra allí se escondió una familia de trabajadores de la fábrica, así como en la bodega, abajo, detrás del garaje, allí también se escondieron otras dos familias de obreros a los que perseguían las tropas franquistas, por estar en sindicatos y por pertenecer a grupos liberales. Mi tío los escondió allí. Y fueron ellos, estas familias, los que llegaron a tiempo de salvar al tiet Tonet de ser fusilado en Monjuich, por el bando republicano, por el hecho de ser empresario. ¡Maldita guerra!

Pero continuando con la zona de la gran bañera y en otra época, en la de los 80, los hijos varones de Juanito y Pepito, convirtieron esa casa en un lugar donde hacer sus orgías y hasta se rodó allí, en esa bañera, una película porno.

Y en la parte de arriba esta la gran vidriera que es el frontal y que si la atraviesas llegas a otro gran jardín lateral, donde había un columpio y donde comíamos y cenábamos en, en unas mesas larguísimas. Allí se hacían grandes paellas, en una hoguera en el suelo con leña de pino.

Dentro la casa contaba con cuatro grandes habitaciones, salón, cocina y baño.

La parte de atrás de la casa era un gran frontón que siempre estaba alfombrado de piñas y piñones y donde los niños disfrutábamos recogiéndolos y como no, abriéndolos y comiéndolos. Y sobre todo poniéndonos negros con el polvillo que sueltan los piñones.

Ahora esta casa está cerrada, no sé cómo, pero se mantienen las vidrieras a través de los años. Sucias, y con los marcos oxidados y , claro está, ya no tienen ese color azul que las caracterizaba. Las ventanas de la casa sí, éstas están rotas y a saber en nido de bichos que debe haber ahí dentro.

He de reconocer que la casa alguna vez me dio un poco de miedito. Por los recovecos, por las sombras de los pinos y porque cuando se hacía de noche era un poco lúgubre y enorme, pero ahora sí, ahora es perfecta para rodar una película de terror.

Hablando con mi madre salieron tantas y tantas anécdotas e historias de ella, que solo podemos decir que la queremos. Nos dio mucha pena verla así, recordamos muchas cosas y a muchas personas que tanto quisimos y que ya no están entre nosotros. Pero que ese domingo estaban muy, pero que muy cerca de nosotras. Mi madre, que esos días estaba un poco pachucha y baja de moral, se animó esos recuerdos. Y es que al final, tenían razón al llamar a esa casa “el santuari”.

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