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Y así empezó todo

En una tarde en la que parecía que se hubieran dado la vuelta a los mares y comenzaran a caer desde arriba, de esas que ahuyentan al aficionado caminante e infesta de petricor el ambiente, quedan los últimos recuerdos de lo que considera la realidad antes del salto.

Pese a lo inhóspito del temporal, que invitaba a cualquier persona normal a resguardarse hasta que la tormenta cesara, para un aficionado al rugby suponía algo así como el confeti de la fiesta de su cumpleaños. Un tintineo de frescor en el que refugiarse cuando la temperatura corporal aumentaba por los elementos propios del exigente juego: cuerpos enfundados en camisetas con tímidas láminas de esponja (con un proceso más parecido al encorsetamiento de una dama de la alta realeza en su traje que al hecho de ponerse una simple prenda), pieles humeantes de sudor ante el efecto de los geles analgésicos, golpes de un temprano color rojizo que echan a suertes su evolución cromática (pudiendo ir desde el clásico morado hasta el preocupante verde)… vamos, lo normal de cada fin de semana en aquel lodazal con tímidas briznas de verde, las suficientes para que pudieran nombrarlo como un campo de juego.

Allí, junto al resto de sus compañeros, discurría la tremebunda acción con una elipse de cuero sintético como protagonista. El enfrentamiento, carnal y voraz, sólo necesitaba de una chispa para convertirse en una catástrofe. Pese a la fachada de deporte de caballeros, la realidad en las divisiones inferiores, cuando la técnica escasea y abundan ‘futboleros reconvertidos’ y villanos de poca monta con la coartada perfecta para repartir a diestro y siniestro, deja una escena de violencia disfrazada en la que el que aspira a ser profesional termina perdiendo los papeles.

No llegó el gigante reloj de la esquina del estadio a alcanzar la media hora de juego cuando la primera reyerta terminó aflorando como consecuencia de una extremidad dislocada.

  • ¡Vení para acá, hijo de las remil putas, le sacaste el hombro!

Era Rosario, el tercera uruguayo de su propio equipo recriminando al rival una acción antirreglamentaria que provocó el primer cambio del partido. En plena confrontación por la pelota, un contrario entró por el lateral del ruck, impactando de lleno en el hombro de Julián, que trataba de ganar la posesión con el empuje. El crujir de su clavícula fue tal, que pudo escucharse entre el chapoteo y el temblor de los pasos de aquellas bestias que podían superar sin problemas los cien kilos.

La imagen que tuvo ante sí no era diferente a lo que ya hubiera visto en anteriores ocasiones, pero para él, la forma en la que llegó provocó algo distinto. Se giró, buscó al responsable y allí lo encontró con sonrisa macabra. Un delantero viejo, de algo más de 40 años, con medias caídas y rasgos de dejar atrás épocas de gloria en categorías superiores. Uno de esos individuos que conoce tan al detalle los matices del reglamento, que baila con una agilidad tremenda sobre la difuminada línea de interpretación arbitral como no lo hacen ya sus maltrechas piernas.

En ese momento, supo que tenía que devolver el golpe de alguna forma que evitara que lo deportaran ante un acto de similar brutalidad a la que aquel canalla había cometido. Lo buscó en acciones siguientes, entre la multitud de bestias. El contrario, por su parte, se limitó a contestar tales intenciones con risa y mirada desafiantes para incentivar el encuentro.

Poco más tuvo que pasar para aquel vejestorio recibiera un balón de sus compañeros y abriera la ventana a la oportunidad para hacerle pagar por la lesión a su compañero. Lo vio avanzar y, desobedeciendo las órdenes de su capitán, se desligó de la línea de contención y corrió en diagonal directamente hacia él. El viejo, ante esto, aceptó aquella maniobra y en lugar de correr hacia el lado abierto para evitar ser alcanzado, giró su carrera directamente hacia él. Tras varios pasos, ambos gigantes se fundieron en un estruendoso instante en la que un trueno hizo diana en el milimétrico espacio que se quedó en el pestañeo anterior a su colapso. Pese al centenar de testigos presentes, nadie acertó a dar una explicación lógica para que aquellas moles de carne desaparecieran dejando una huella quemada sobre el embarrado terreno.

Han pasado ya cinco años desde que, de manera súbita, despertara de aquel placaje en un sitio completamente distinto, rodeado por damas de gigantescos vestidos y caballeros de extravagantes bigotes y sombreros de copa. Aquel salto temporal que por las noches retumbaba en su mente y sobre el que intentaba elaborar una posible respuesta dentro de lo razonable para poder regresar a su época. Por momentos dudó en quitarse la vida, como solución a una mala pesadilla. Lo evitó al ser muy consciente de la realidad que vivía, al notar el incesante dolor en las curas de aquel médico prehistórico en las heridas que tenía tras el episodio, y comprobar como aquel viejo al que pretendía destrozar las costillas, no “volvió a desaparecer” tras ahorcarse de manera repentina. Por ello, decidió amoldarse y tirar hacia delante en su destino, como si de una entrada a la melé se tratase.

Fue una tarde en las que paseaba por los descampados del recinto colegial de Rugby, cuando al ver a un grupo de chavales pataleando una cuasi-esfera de cuero despertó en él el sentimiento que le llevó hasta aquella era. Sin pensarlo demasiado, entró de lleno en el embarullado grupo de jóvenes que revoloteaban alrededor del balón y lo cogió con las manos, ante las protestas de los presentes gritándole lo errático de su acción y que debía avanzar con la pelota entre los pies. Él desoyó las numerosas observaciones mientras acomodó el objeto en su lateral con el brazo izquierdo, bajó sus hombros en la carrera, y se deshizo con el otro brazo de aquellos que trataban de hacerle frente. Después de varios metros alcanzó la línea final del campo, zona sobre la que se lanzó apoyando aquel protozoo de pelota en el suelo al grito de ‘¡try!’.

Y así empezó todo.

 

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