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Invisible

Aquel día empezó como tantos otros: con el tono predeterminado del teléfono móvil interrumpiendo sus pocas horas de sueño.
—Hergueta, ¿estás disponible? —preguntó una voz que no le costó reconocer.
—Siempre —respondió con tanta firmeza como pudo reunir.
—Tienes que ver esto, en serio.
—¿Ver qué?
—Es mejor que lo veas en persona, porque no me vas a creer. ¿Puedes acercarte a la Plaza Mayor?
—Estoy ahí en quince minutos —concluyó antes de colgar, prácticamente saltando de la cama.
El excomisario Fidel Hergueta había recibido una jubilación anticipada, en contra de su voluntad, después de que los psicólogos del Cuerpo Nacional de Policía hubieran determinado que “podría no estar capacitado para continuar desarrollando sus labores al mando de la unidad”. Fidel hizo todo lo posible por hacer cambiar de opinión a sus superiores, pero lo único que consiguió fue que le concedieran un cargo especial, casi simbólico, como era el de consejero de la comisaría de Madrid Centro, donde había pasado la mitad de su vida laboral. En realidad, no tenía obligaciones de ningún tipo, pero se le permitía visitar la comisaría tantas veces como quisiera (que eran muchas), aconsejar a los más jóvenes o aportar su punto de vista experto en según qué tipo de casos.
Fidel, o Hergueta, como todos lo llamaban, era muy querido entre los veteranos de la comisaría. Sin embargo, no podía evitar notar que su aportación decaía con el paso de los meses, especialmente con la llegada de nuevos agentes, demasiado seguros de sí mismos como para requerir la presencia de un “consejero”.
Enrique era su último enlace con el Cuerpo Nacional de Policía. Cuando él se jubilara, o si cambiaba de destino, se acabarían las llamadas, los consejos y, probablemente, las visitas a la comisaría. Enrique los jubilaría a ambos. No era el único que pedía su opinión, pero sí era, sin ninguna duda, el único que no lo hacía por lástima o por sentirse presionado. Si dependiera de él, Hergueta seguiría siendo comisario.
Cuando Fidel llegó a la Plaza Mayor, no vio nada fuera de lo común. Gente, mucha gente, caminando de un lado para otro, sumidos en sus pensamientos, sin molestar a nadie.
—¡Aquí! —exclamó Enrique, acompañándolo de un silbido.
Su compañero estaba en medio de la plaza, haciéndole gestos con un brazo. No fue hasta que estuvo a su lado cuando por fin pudo ver el cuerpo que yacía en el suelo. Era un hombre de mediana edad, al menos en apariencia, con barba desaliñada y vestido con ropas andrajosas.
—¿Está muerto? —preguntó Fidel, para confirmar lo evidente.
—Tú me dirás —contestó Enrique de forma sarcástica.
El excomisario examinó el cadáver tan bien como pudo, procurando no tocar nada. No tenía heridas, marcas de pelea ni sangre.
—Puede que haya muerto de un infarto —concluyó Fidel—. O de frío. Es algo muy común entre los sintecho, por desgracia.
—Ya, bueno… Si nadie reclama el cuerpo, dudo que ni siquiera se le practique autopsia o un análisis toxicológico. Pero no te he llamado por eso.
—Más te vale, porque la muerte de un sintecho está lejos de ser algo tan “increíble” como insinuabas por teléfono.
—Mira a tu alrededor, Hergueta.
Creyendo haber pasado algo importante por alto, Fidel observó detenidamente el suelo, primero alrededor del cadáver, posteriormente algo más lejos, para acabar con la vista perdida entre el gentío de la Plaza Mayor. ¿Cómo podía no haberse darse cuenta antes?
—Si no lo veo, no lo creo —sentenció el excomisario.
—Exacto —Enrique sonrió, aunque compartía una misma sensación de inquietud.
La gente caminaba de un lado para otro, quizá a trabajar, quizá a comprar, quizá simplemente de paseo… Todos pasaban de largo. Ni un móvil tratando de sacar fotografías morbosas, ni una curiosa mirada de soslayo, ni un grito de miedo o asombro… Nadie parecía ver aquel cadáver tendido en medio de la mismísima Plaza Mayor de Madrid.
—¿Cómo es posible? —Fidel no salía de su asombro.
—¿La sociedad se ha vuelto civilizada de repente? —bromeó Enrique.
—Eso me parece poco creíble —replicó el excomisario—. Pero no tanto como que seamos los únicos que podemos ver al pobre tipo.
—No, no somos los únicos —puntualizó su compañero—. En lo que llegabas, he estado interrogando a dos de los habituales en la zona: un hombre disfrazado de Spiderman y un vendedor de globos. Ambos aseguran no haber presenciado el momento de la muerte…, pero al menos eran capaces de ver el cuerpo.
—¿Están aquí desde tan temprano?
—Qué remedio. Es su trabajo, después de todo.
Fidel y Enrique clavaron su mirada en el sintecho, esperando que la solución a aquel enigma se les apareciese de repente, como un milagro. Y fue entonces cuando, irónicamente, se acercó a ellos un “experto en milagros”. Su túnica, ese viejo libro de tapa marrón y su actitud de superioridad moral no dejaban lugar a dudas: era un cura.
—Virgen santísima —el hombre se santiguó—. ¿Qué le ha ocurrido a este pobre muchacho?
—Eso me gustaría saber a mí —respondió Enrique con poco entusiasmo.
—Me sorprende que pueda verlo, padre —añadió Fidel—. Es usted el único que no parece ignorar la presencia de un cadáver en medio de la plaza.
—¿De verdad le sorprende tanto, hijo? —el cura sonrió con tristeza—. Présteme su cazadora, su reloj y sus zapatos, y entenderá el motivo.
Los dos agentes de policía se miraron, desconcertados. Y aunque Enrique estaba convencido de que su amigo rechazaría la petición, Fidel, profundamente intrigado, aceptó sin rechistar.
El cura vistió al sintecho con la ropa del excomisario, dándole un aspecto completamente diferente, pese a tratarse de la misma persona. Tan pronto como cerró el reloj alrededor de su muñeca, se oyeron los primeros gritos de terror y se vieron los primeros flashes de los teléfonos móviles.
Fidel y Enrique lo consideraron un milagro. El cura, por contra, lo veía como una situación de lo más mundana.
—No existen las personas invisibles —concluyó—, sino la gente con ceguera selectiva.

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