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Odio

-El cuerpo ha aparecido dentro de un contenedor de basura, inspector Peñaranda. –Dice el policía que lo acompaña.

-De acuerdo agente, ya puede marcharse, en cuanto llegue la subinspectora Martínez, indíquele dónde estoy, gracias. –Contesta.

El inspector puede observar el cuerpo de un varón ciclista, o por lo menos eso explican los datos, por el casco que llevaba puesto y por la bicicleta destrozada que han encontrado dos manzanas al norte con el portaequipaje de la empresa “Globo”. «Otro atropello a un ciclista». –Piensa el inspector.

-Alguien ha intentado deshacerse del cuerpo de una forma muy cutre. –Le dice el inspector a la subinspectora Martínez cuando se acerca a su posición.

-Vengo de buscar pruebas en la bicicleta de la calle Libro de Versalles, es curioso, muy curioso. –Contesta la subinspectora.

-¿Por?

-La bicicleta no tiene indicios de haber sido golpeada por un coche, ni siquiera de una caída. –Explicó la subinspectora.

A la mañana siguiente, cuando Peñaranda llega a la comisaría aún con las marcas de la cama en la cara, lo recibe la subinspectora con el informe de la autopsia en la mano. La causa de la muerte ha sido parada cardiaca provocada por un tranquilizante muy potente para animales. El inspector le pide a Martínez que investigue por el lado del tranquilizante mientras él va a investigar la vida del muerto.

El muchacho había vuelto a casa de sus padres recientemente después de haber roto su relación con una chica con la que llevaba un par de años. A parte de eso, la investigación no ha desvelado nada más por ahora. Por otro lado Martínez ha descubierto que ha desaparecido un vial de tranquilizante para hipopótamos del zoo, demasiada casualidad.

-Hemos de pensar que se trata de un asesinato, Martínez.

-Sí, yo también lo creo, pero la víctima ha sido elegida al azar o querían acabar con el chaval premeditadamente. –Pregunta la subinspectora.

Se desplazan hasta el zoo para ver si pueden descubrir quién ha sido el ladrón, ¿sería el asesino o sólo ha vendido el producto? Este caso tiene muchas lagunas aún. Después de dos horas hablando con todo el mundo y visitando el lugar de los hechos, llegan a una conclusión, que no tienen ni idea de quién ha robado el vial. Sólo un fleco, hay una chica, que trabaja con un disfraz de mono vendiendo cacahuetes para los visitantes, que está de baja, y con la cual no han podido hablar. Se llama Belén Gascueña.

En el antiguo domicilio del muchacho se encuentran con el silencio de los vecinos, nadie sabe nada. Cuando salen por el portal, entra una señora ya de cierta edad, con un par de bolsas de la compra en las manos y Martínez, sin dar los buenos días siquiera, le pregunta a la señora:

-¿Sabría usted decirme algo de la pareja que vivía en el segundo izquierda?

-¿Los del segundo izquierda? ¡Uy, si yo le contase! Lo que ha tragado esa chica, pobrecilla. El desgraciado ese la trataba muy mal, le hacía la vida imposible, yo creo, mire usted, que hasta le pegaba. –Indicó la señora.

-¿Sabe usted que el chico abandonó la vivienda hará unas dos semanas? –Preguntó el inspector.

-Pues claro bonico, hablé con Belén de eso, no es mala chica, dice que estuvo una semana en la cama del miedo que tenía.

-¿Ha dicho Belén? –Preguntó sorprendida la subinspectora Martínez.

-Sí sí, Belén. Yo creía que la vería aliviada pero lo que vi fue rencor, y no la culpo, pobrecica. –Explicó la señora.

Las miradas de Peñaranda y Martínez se cruzan en ese momento, les suena mucho el nombre de “Belén”, los dos gritan a la vez: ¡la chica del zoo!

Cinco minutos después hay puesta una orden de busca y captura a nombre de Belén Gascueña, y una hora después está en la parte trasera de un coche patrulla, esposada, y llorando desconsoladamente. La subinspectora Martínez abre la puerta del coche, se pone en cuclillas al lado de la detenida y le dice:

-Mira Belén, quizás nunca llegue a comprender por lo que has pasado (le pone la mano en su rodilla para buscar el contacto y la calma), pero no podemos tomarnos la justicia por nuestra mano, no estamos en la selva, aquí hay leyes.

Entre sollozos, la cara llena de lágrimas, los ojos rojos y algún que otro moco, Belén replica:

-Pero señora, es que no lo entienden, yo no he hecho nada, yo sería incapaz, ni siquiera sabía qué le había pasado hasta que me han detenido.

-¿Me estás diciendo que tú no lo has hecho, Belén? –Se sorprende la subinspectora.

-Así es agente, no sé por qué han llegado a la conclusión de que he sido yo, pero le puedo asegurar que de haber sido capaz de defenderme lo habría hecho mucho antes, no ahora, que ya me había librado de él, ahora que empezaba a ser libre. –Contesta un poco más calmada Belén.

-Lo han envenenado con un tranquilizante que se utiliza en el zoo dónde trabajas y te maltrataba, dos más dos son cuatro, es evidente. –Argumenta Martínez.

-El único con el que me llevo bien del zoo que tiene acceso a esos medicamentos es Mario Andreu, fuimos “novietes” en el instituto, la verdad es que él siempre ha estado colado por mí, y yo creo que tenía un sexto sentido para detectar cuando ese desgraciado me hacía algo, pero no entiendo….

La subinspectora se levanta súbitamente y agarrando el “walkie” dice:

-¡A todas las unidades, orden de búsqueda y captura para Mario Andreu, repito, Mario Andreu, trabajador del zoo, de unos treinta años de edad, se le acusa del asesinato del ciclista de “Globo” que encontramos ayer, puede ser peligroso y estar muy nervioso, ha sido un crimen pasional!

La subinspectora Martínez ya sabía que había pasado, “¡qué pena!”, pensó, ese desgraciado ha destrozado dos vidas y ha conseguido acabar con la suya. Mierda de trabajo.

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