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Pesadilla

Me despierto, confuso, no sé qué me ha pasado, debo haber dormido durante todo el viaje. El caso es que ya hemos aterrizado pero estoy desconcertado. Debe ser el jet lag, seguro, muchas horas de viaje y además el estrés de todas estas semanas tan lejos de casa.

Cojo mi maletín de cuero, único equipaje de mano que llevo, el bonito maletín que me regaló  mi mujer con motivo de nuestro aniversario. ¿Fue en el décimo? No sé, tal vez en otro, da igual, el caso es que acertó de lleno esa vez con el regalo. No siempre lo ha hecho, aunque he sabido ponerle buena cara, creo que nunca se ha dado cuenta de cuando no me han gustado sus regalos y si lo ha hecho ha sabido disimularlo muy bien.

Bueno, ahora toca la rutina de siempre, ya estoy acostumbrado, hay que recoger el equipaje facturado, pasar la aduana y luego buscar un taxi. Nunca traigo mi coche al aeropuerto, no me gusta y desde el luego el transporte público no es una opción para mí.

Camino casi como un autómata, no sé, me veo bastante cansado, qué ganas de llegar a casa para darle un beso a mi mujer y a mis hijos y pegarme una buena ducha. Seguro que me harán todo tipo de preguntas de cómo me ha ido esta vez. Ya están acostumbrados a mis largas estancias fuera de casa, es algo ya habitual, rutinario, pero inevitable si queremos mantener el nivel de vida que llevamos. La verdad es que creo que estamos pagando un alto precio por vivir como vivimos, alguna vez me lo he planteado pero no me he atrevido a proponerle ningún cambio a Elena, mi mujer. No sé si ella lo entendería. Una casa unifamiliar con un jardín en el que nuestros hijos disfrutan durante muchas horas del día, coches, servicio doméstico… sería el renunciar a una vida cómoda. Pero estoy pagando un alto tributo por ella. Ahora mismo me duele mucho la cabeza, tengo ganas de llegar a casa de una vez.

Camino pero algo no me cuadra, bueno, debo estar demasiado cansado como para pensar con claridad. Sí, estoy agotado, sigo avanzando como si fuera un robot, la verdad es que mis piernas parece que van a su aire.

Conozco el aeropuerto de memoria. ¿Cuántas veces habré estado aquí? Ni lo sé, cientos, miles; es mi segunda casa, podría decirse. Tal vez debería replantearme muy seriamente qué futuro quiero para mí y mi familia, tal vez Elena lo entendería, a lo mejor sería conveniente dar un giro a nuestras vidas, este ritmo es inaguantable, ya no tengo vida familiar, ya no veo a mi mujer ni a mis hijos apenas, creo que de verdad nuestras vidas necesitan un nuevo rumbo. El dinero no lo es todo, el nivel de bienestar tampoco, el tener muchos bienes materiales no me compensa de todo lo que estoy obligado a hacer desde hace ya mucho tiempo.

Cómo me cuesta el avanzar, por cierto sigo notando algo raro, no entiendo, algo se me escapa, pero algo extraño flota en el ambiente.

Tengo que encontrar las cintas de los equipajes, normalmente no me preocupo de dónde están, procuro seguir a cualquier pasajero de mi mismo vuelo, pero hoy me he despistado, tengo que intentar centrarme porque en realidad no sé ni a dónde me dirijo.

Me vuelven a asaltar los pensamientos a los que les vengo dando vueltas desde que bajé del avión. Han puesto fuelle, claro, para bajar. Yo lo llamo fuelle. Antes bajábamos del avión y un autobús del aeropuerto venía a recogernos abajo. Aunque también recuerdo haber caminado desde el avión hasta el aeropuerto, en alguno pequeño, eso sí. Pero ahora siempre fuelle.

Tengo que encontrar donde se recoge el equipaje, estoy despistado, pero antes debo descansar, no me encuentro bien.

He llegado a una zona de descanso, aquí puedo sentarme un poco. No me apetece tomar nada así que voy a buscar un sitio y a descalzarme, sí, necesito quitarme los zapatos y aliviar mis pies.

¿Qué es lo que buscamos en esta vida? ¿Dónde están mis sueños, mis esperanzas, mis proyectos…? Cuando la empresa me ofreció este nuevo puesto, Elena y yo lo vimos como una gran oportunidad, una posibilidad de mejorar. Pero ahora me pregunto ¿Mejorar qué? Sí, ahora tenemos muchas más cosas, pero lo dicho, prácticamente no la veo, ni a ella ni a nuestros hijos. Y no percibo que esto vaya a cambiar, parece que estoy destinado a no poder ser dueño de mi destino.

Noto alivio en los pies, los tenía algo hinchados, claro tantas horas de avión se notan, aunque nunca, por suerte, he llevado demasiado mal el estar confinado tantas horas en un cacharro de estos. No tengo claustrofobia, no es algo que haya experimentado nunca y mira que he pasado tiempo en lugares pequeños, cerrados, con poco espacio, pero nunca lo he llevado mal.

Veo un servicio abierto. Voy a remojarme la cara, no me encuentro bien y sigo percibiendo que algo extraño ocurre, aunque no llego a darme cuenta realmente de qué es. Entro a los servicios, están demasiado sucios y no es lo normal en los aeropuertos, en este al menos no, aquí suele estar todo impecable, los limpian muy a menudo. Da igual, abro el grifo para lavarme la cara con agua fresca, lo necesito. Pero el agua sale muy turbia, es increíble ¿Qué está pasando? Es igual, decido refrescarme aunque sea con esta agua, el caso es sentir el frescor en la cara, despejarme.

Cuando intento secarme veo que no hay papel, otro fastidio. Bueno, me secaré con el secamanos que hay. Imposible, por más que aprieto el botón no funciona. De repente nada funciona en este aeropuerto, no puede ser, si es un modelo de buen funcionamiento, pocos iguales he visto en el mundo y mira que me lo he recorrido veces.

Debo llegar de una vez al lugar donde se recogen los equipajes, estoy deseando coger mi maleta, encontrar un taxi y largarme a casa, ya es demasiado, me duele ahora todo el cuerpo, me estaré haciendo mayor. Bueno y tengo que preparar el pasaporte para el control aduanero, otro fastidio, espero que no nos retengan mucho, estoy cansado, estoy para pocas bromas, son muchas horas ya, entre el viaje y las esperas.

¿Dónde está el lugar en el que debo recoger mi maleta? No lo entiendo, estoy perdido. A ver, céntrate, no te pongas nervioso, busca algún panel informativo. No, mejor alguien de información, al personal del aeropuerto, ellos me dirán dónde ir.

Miro a mi alrededor ¿Qué pasa? Tranquilo, deben ser los nervios, el cansancio, me encuentro ahora peor aún. Parece que me arde la frente, tal vez tengo fiebre. Me palpo la frente con la mano y sí, noto un calor que no es habitual. Nada, no es cuestión de ponerse nervioso, encuentra de una vez la maleta y vete para casa, pero para no volver en mucho tiempo a un aeropuerto, tengo que tomar una decisión de una vez, mi vida ya no es mi vida, es una vida prestada, no quiero seguir así.

Voy a dejar la maleta, ya la recuperaré cuando pueda y si no lo consigo no será para tanto, pero me tengo que ir a casa ya, no aguanto, además me estoy sintiendo peor cada vez.

Ahora tengo que encontrar la salida, ya me da todo igual, debo ir a la parada de taxis y largarme de aquí cuanto antes, ahora sí noto ahogo, percibo el enclaustramiento que nunca había sentido en mi vida, tengo claustrofobia, en estos momentos por primera vez en mi vida siento ese agobio a los espacios cerrados.

Busco un analgésico, pero no tengo nada aquí, dejé en la maleta las medicinas que traía y no me apetece tampoco buscar la farmacia del aeropuerto.

Ahora sí que tengo que encontrar la salida urgentemente, me encuentro mal y debo llegar cuanto antes a casa.

De repente caigo, no puede ser, ahora lo recuerdo claramente, cuando bajaba del avión, no bajaba nadie, no puede ser, es imposible, debo estar soñando, en el avión no había nadie, ni siquiera el personal de la tripulación. Es absurdo. Debo estar soñando.

El caso es que no puedo pararme, tengo que encontrar la salida de una vez, pero en el aeropuerto tampoco hay nadie, está absolutamente desierto, ni un alma.

Ahora sí que estoy agobiado, noto como un sudor frío me corre por la espalda, tengo que aflojarme la corbata. Al final le deshago el nudo y me la quito y la arrojo en la primera papelera que veo.

Tengo que salir de aquí, encontrar la salida e irme cuanto antes, esto es una pesadilla.

Por fin veo a alguien, al fondo del largo pasillo que estoy recorriendo. Está parado, menos mal, porque no puedo correr, estoy al borde del agotamiento total y aun así acelero el paso, quiero llegar a donde está para preguntarle qué está pasando. Aunque más bien lo que quiero es salir de aquí para llegar a casa, es lo único que quiero en estos momentos.

Llego a su altura y le hablo, pero no se da la vuelta, parece como si no se hubiera enterado. Le hablo más alto, incluso llego a gritarle pero nada, no se vuelve. Decido ponerme delante de él, no voy a consentir que me ignore la única persona que veo en estos momentos aquí. Logro colocarme delante de él, pero… no tiene cara. No, no tiene un rostro definido, es increíble, no podría describirlo pero es así, no tiene cara. Siento que voy a perder el conocimiento, pero no puedo, no debo, tengo que conseguir salir de aquí.

Me fijo en una placa que lleva en la chaqueta (porque viste como si fuera un agente de seguridad del aeropuerto). Sí, logro leer la placa: CORONAVIRUS. No entiendo nada ¿Qué me está pasando?

Por fin sale una voz de ese cuerpo, una voz metálica que me provoca unos escalofríos tremendos y que me dice:

  • Estamos en un estado de confinamiento, nadie debe salir de casa y tú has incumplido las normas.

Antes de caer desmayado lo he pensado claramente, ya no tengo ninguna duda. Si salgo de esta mi vida va a cambiar, si puedo volver a mi casa, a donde no volveré será a mi trabajo.

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