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Chule

 

En el interior de una casa rural de madera ubicada en Los Palancares se encuentra Chule. Está sentado en un tarugo, fumando un cigarro cuyo filtro apresa con los dedos índice y corazón contra el pulgar de la mano derecha, la chusta apuntando hacia la palma. Tiene los fibrosos antebrazos apoyados en las rodillas, con los codos hacia afuera. Su cabeza está gacha, las piernas abiertas. Un rifle con mira telescópica descansa en sus muslos. Viste ropa de cazador, gruesa para evitar que se rompa con los enganchones, de color pardo, adecuada para confundirse con el entorno del bosque. Un gorro de lana verde se acopla a un cráneo cubierto de pelo intonso y negro, tan recio como su ropa, casi áspero al tacto. Su melena se escapa por debajo del elástico del gorro y llega hasta los hombros, juntándose en hilachas gruesas por efecto de la suciedad. Cuando le da una calada al cigarro, la oscuridad se retira de su rostro para mostrar unos ojos marrones dirigidos al frente. Cualquiera que escrutara en ellos creería estar viendo a un boxeador concentrándose para salir al ring.

Los pómulos marcados en conjunción con su mirada permiten intuir que se está ante un hombre fuerte, de los que no se achantan ante el dolor, el frío o el cansancio. La mandíbula cuadrada refuerza esta impresión, aunque ahora queda cubierta por una barba de varios días que pincharía la piel si se la toca.

Lleva viviendo en la cabaña varias semanas. Pudo escapar por poco de la locura desatada en el pueblo y ahora tiene que consumir latas de conservas y conejos que caza. Sería demasiado peligroso delatar su posición, así que, tras retirar unas cuantas tablas del suelo de la casa rural, cavó un agujero y ahí es donde hace el fuego que guisa sus alimentos y le calienta por las noches. Las ventanas están apuntaladas, pero aun así la luz es escurridiza y tiene un afán imperecedero por ser vista. No está de más ser precavido siempre que se pueda.

Sentado en el tarugo, Chule piensa en su futuro próximo. De momento le queda comida para dos semanas (siempre que la racione adecuadamente) aparte de lo que cace, pero cuando eso se agote tendrá que encontrar más. En verano el bosque provee de suficiente alimento a aquel que sepa encontrarlo, pero en invierno, cuando las heladas arrecien inmisericordes, no será tan fácil, ni siquiera para un experto explorador como es él.

Eso sin contar con la amenaza permanente que suponen los hombres que han cambiado. En invierno deberían ser más lentos; el frío vuelve todo más rígido. A pesar de que ellos no sigan las leyes de la naturaleza (no pueden seguirlas, es imposible) la temperatura bajo cero debería bloquear sus articulaciones, tal y como lo hace con cualquier otro ser vivo. Y sin embargo…

Desechó estos pensamientos con premura. Tenía que salir a comprobar las trampas y no podía desanimarse. Ojalá que hubiera atrapado una buena pieza.

Descapulló cuidadosamente el cigarro en el suelo y pisó el ascua con la punta de la bota. Se irguió en su asiento, mientras inspiraba profundamente, en una suerte de ejercicio de meditación. Tras exhalar todo el aire extra que sus pulmones habían tomado, abrió los ojos y se levantó. Apoyó el rifle en la pared y recorrió la cabaña cogiendo los útiles que necesitaba. De la mesa de pino que había al entrar a la derecha tomó el machete con puño americano. Siempre había llevado un puñal de este estilo, lo cual le había granjeado las bromas de muchos de sus compañeros.

Los que se burlaban de él no sabían es que, durante una cacería con su padre y otros hombres, había visto como Vicente Martínez, el panadero del pueblo, se cercenó los cuatro dedos de la mano derecha hasta el hueso, el meñique a la altura de la segunda falange y los otros tres a la de la tercera. El idiota estaba recreando cómo ensartaría a un supuesto ladrón que entrase en su panadería, apuñalando para ello el tronco de un pino con tanta fuerza que el mango se le escurrió y la mano, tensa todavía, deslizó por la afilada hoja. Nunca recuperó la movilidad de los dedos, así que su hijo tuvo que hacerse cargo del negocio.

Chule no consideraba que fuera necesario un cuchillo con puño americano para evitar cortarte los dedos si eras lo suficientemente listo como para usarlo como debías, pero le resultaba cómodo y te ofrecía un uso extra, por si acaso.

Siguió introduciendo en su zurrón otros enseres tales como un mechero Zippo, un rollo de cuerda y balas para el rifle. Antes de salir, quitó una tablilla encajada entre las otras que cubrían la ventana y oteó fuera. Una niebla poco espesa flotaba por el bosque, desdibujando los troncos de los árboles y plateando los arbustos. No se veía a nadie (ni nada) ni se apreciaba ningún otro movimiento. Giró la llave de la puerta, desbloqueando el cerrojo y, con cuidado, retiró un tablón que servía de refuerzo, dejándolo apoyado contra la pared. Agarró el pomo y lo hizo girar lentamente, atento al más mínimo ruido que delatara una presencia. Su atención estaba tan centrada en el exterior que, cuando una rama crepitó en la hoguera, Chule pegó un salto tremendo al tiempo que se daba la vuelta poniéndose en guardia.

“Dios mío, menudo susto” pensó mientras su corazón galopaba en el pecho. Parecía que a cada segundo iba a subírsele a la boca y saltaría fuera de su cuerpo. “Debo tranquilizarme. No voy a llegar muy lejos si no me centro”.

Haciendo un esfuerzo consiguió relajarse y nuevamente se giró hacia la puerta. La abrió, más deprisa esta vez, y salió fuera con el arma apuntando al suelo, preparado para echarla al hombro a la mínima señal de peligro. Cautelosamente, se dio la vuelta y cerró con llave.

Comenzó a caminar hacia la primera trampa, a unos cincuenta metros de la cabaña. Por el camino iba examinando el suelo en busca de huellas a la vez que trataba de hacer el menor ruido posible con sus botas. Esto apenas requería de su atención, ya que había sido criado en el bosque y avanzar sigilosamente es una habilidad que se adquiere con la práctica. Su padre le había enseñado y él había aprendido. Más le valía, porque Cristóbal Ponce de León no era un hombre paciente, y si no prestaba atención o no cogía las cosas a la primera…

Llegó a su primer lazo. Estaba vacío. La segunda trampa, un poco más lejos, tampoco tenía nada, pero había saltado. Algún animal la habría accionado, pero sin llegar a ser atrapado por el lazo. Lo rehízo y se encaminó hacia la tercera.

Mientras avanzaba, recordó una de las primeras veces que fue con su padre a revisar unas trampas para conejos. Cristóbal intentaba enseñarle a hacerlas.

– Mira, hijo, tienes que clavar el palo así. Recto, con firmeza, no queremos que se marche el conejo con todos los aparejos detrás. Una vez que lo claves, la cuerda la pasas por aquí… por ahí… vuelves ahora por aquí… y tiras un poco, que quede tensa pero no mucho. Listo, no tiene más.

Al tiempo que hablaba sus grandes manos se movían veloces y ocultaban los movimientos los dedos realizaban. El pequeño Chule, de ocho años de edad, no era tonto ni mucho menos, pero tampoco tan listo como para saber hacer trampas para conejos con semejante explicación. Además, algo tienen los nudos con cuerdas que, aunque se expliquen muy lentamente, cuesta aprenderlos.

– Vamos, ahora tú. Haz una trampa.

Chule cogió el palo y trató de clavarlo con todas sus fuerzas mientras mantenía la punta lo más recta posible. A su corta edad no tenía fuerza ni pesaba demasiado, por lo que se insertó unos miserables cinco centímetros. Las consideraciones en relación a la constitución del niño no pasaron por la mente de Cristóbal, pero sí murmuró que era un mimado y un blando.

– Vamos a ver, creo que no es tan difícil clavar un maldito palo en el suelo. Mantenlo recto y haz fuerza, no hay más –Chule, mientras tanto, trataba de hacer el agujero más profundo rotando a izquierda y derecha el palo con intención de horadar la tierra como fuera. Percibía la cólera de su padre, de momento contenida por un dique de cartón piedra–. ¡No lo gires, joder! ¿Es que no ves que así haces más ancho el agujero? Tienes que clavarlo recto, de un empellón. ¡Trae aquí!

Cristóbal arrebató el palo de las manos de Chule y lo clavó quince centímetros sin siquiera emplear la mitad de su fuerza.

– ¿Ves? Ya está. El suelo está blando ahora en otoño. Tendrías que intentar clavarlo en invierno…

Decía esto mirando a su hijo con una expresión de leve desprecio en su rostro. Chule veía esa cara y sabía lo que podía ocurrir si no hacía exactamente lo que su padre quería. Y esto no era otra cosa que aprender la lección a la primera, sin errores, y desaparecer cuanto antes. Ya había agotado una oportunidad. Más le valía no volver a fallar.

– Ahora haz el nudo, el que te he mostrado antes. Aquí tienes la cuerda. No te olvides: que quede tenso, pero no demasiado.

El niño tomó la cuerda y la observó. Después miró el palo y dio un paso hacia él. Se agachó, lentamente, observando los bucles que se formaban en torno a sus manos, anhelante, rogando silenciosamente para que, de alguna manera, la cuerda se trenzara correctamente. Comenzó anudando un lazo e hizo que el palo pasara por su interior.

– ¡Mal! –se alzó la voz de su padre sobre él.

Chule se apresuró a sacar la cuerda y deshacer el lazo. A continuación, la enroscó en torno a la base del palo y trató de hacer el nudo de nuevo, aunque sin ningún sentido. Prácticamente estaba repitiendo la acción anterior. Sudaba por los nervios y las manos le temblaban ligeramente. Una idea cobró forma en su cabeza, débilmente al principio, más fuerte por segundos. Esta vez no se iba a librar.

– ¡Mal! ¡Otra vez mal!

Última oportunidad. Podría decirse que hoy estaba de enhorabuena, pues era el tercer error que Cristóbal le pasaba. Pero el dique ya tenía fracturas y la ira se filtraba por las rendijas.

Inexorablemente, llegó el cuarto fracaso.

– Estúpido niño, no saber hacer una trampa de mierda. ¡Esto es culpa de tu madre! Te tiene mimado y mírate. Eres un maldito inútil. ¡No sabes nada! ¡Nunca sabrás hacer nada!

A medida que pronunciaba esas palabras se iba acercando más y más, y Chule se retiraba arrastrando el trasero por la tierra. Salir corriendo no era una opción: al fin y al cabo era su padre y tenía que estar con él. Acompañando el final de la bronca, Cristóbal elevó el puño, como si de un actor de teatro declamando se tratara. Lo descargó al acabar la frase. Primero el derecho (Cristóbal era diestro, por supuesto) y luego el izquierdo. Varias veces.

***

Para cuando Chule, ya adulto, volvió de su ensimismamiento, se había pasado doscientos metros de donde colocó la tercera trampa. A causa de la soledad, se refugiaba cada vez más en sus pensamientos, lo que podía provocar que perdiera la noción del tiempo. Por suerte, se encontró con que un conejo había sido atrapado. Le dio el golpe de gracia, lo guardó en su zurrón y tensó la cuerda de nuevo.

“El mundo se habrá ido al carajo por culpa de esos horribles monstruos”, pensó Chule mientras regresaba a la casa rural. “Pero bien sabe Dios que estoy preparado para enfrentarlos.”

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