Más vale nunca que tarde

Más vale nunca que tarde

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La tecnología ha llegado al fútbol como a tantos otros ámbitos de la sociedad. De forma irrevocable las herramientas tecnológicas se han instalado en nuestras vidas y constituyen una parte de más de nuestro ecosistema. Su integración ha de ser un medio para mejorar las situaciones cotidianas pero no siempre se aprecia dicho avance.

En el caso del fútbol, la incorporación de la tecnología ha llegado tarde respecto a otros deportes y da la sensación de que se ha hecho por puro esnobismo más que por funcionalidad. La técnica del vídeo como apoyo arbitral ya es un hecho desde el Mundial de Clubes que se está celebrando en Japón, pero no ha constituido precisamente un éxito.


La inmediatez en la que se basa el fútbol y el carácter interpretativo que posee su reglamento hacen que la tecnología se convierta más en estorbo que en ayuda. La magia del fútbol se pierde entre parones del ritmo de juego y las decisiones humanas son sustituidas por imperativos categóricos de la tecnología. Fueras de juego de escuadra y cartabón, penaltis que no se pitan pero sí, goles que suben tarde al marcador… Si este es el fútbol del siglo XXI, con cierto romanticismo prefiero evadirme a épocas anteriores.

Muchos dirán que nos encontramos ante un periodo de pruebas en el que la tecnología está integrándose y adaptándose a la maquinaria del fútbol, pero, aunque se lograra una perfecta adecuación fútbol-tecnología, el problema seguiría siendo mayúsculo en un nivel socioeconómico.

El sistema que se intenta implementar requiere de una gran cantidad de recursos técnicos y tecnológicos, lo que se traduce en un amplio desembolso económico. Un desembolso asumible exclusivamente por las primeras divisiones de las grandes ligas pero inalcanzable para torneos con escasos recursos o para el deporte base. Esto supondría una extensión de la brecha digital ya existente al fútbol; a un deporte que aglutina bajo un mismo fin a distintos sectores, clases sociales y personas de toda condición.

El fútbol tecnológico sería entonces distintivo de pudientes mientras que los demás practicarían un deporte distinto, más sujeto a la subjetividad, a la interpretación, al error humano.

Cabe por tanto preguntarse si conviene extender las grandes diferencias sociales a un medio aglutinador como es el fútbol, en el que un chico sin recursos de Portugal puede sentirse durante 90 minutos como Cristiano Ronaldo. El deporte rey corre el riesgo de convertirse en el deporte de reyes en el que los plebeyos no practican la misma variable del mismo.

La tecnología puede suponer que en lugar de aportar una base al fútbol, se genere un fútbol sin base en el que la protagonista sea la pantalla en lugar del balón y en el que el objetivo sea discernir entre la legalidad o ilegalidad de un gol en lugar de la anotación del mismo. De la tecnología en el fútbol podemos decir que más vale nunca que tarde porque para que el fútbol sea como nunca debemos protegerlo antes de que sea tarde.

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