No hay color

No hay color

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La violencia no tiene color preferido, el machismo no es de ningún equipo. No se ganan tres puntos cuando son de sutura, no se lucha por copas que se beben, no son premios los títulos ganados con humillación. El partido contra la violencia de género se juega todos los días y no acepta bufandas. No hay protección posible al violento escondido bajo un escudo o los colores de una camiseta.

En este encuentro todos debemos ser árbitros y hacerlo con criterio y fidelidad al reglamento. No se puede aplicar la ley de la ventaja ante la intimidación, no se puede dejar jugar al maltrato psicológico, no se puede perdonar la tarjeta a la violencia machista. Los árbitros deben sancionar los comportamientos antideportivos para evitar la arbitrariedad, la hinchada debe reprobar las acciones peligrosas para evitar los ojos hinchados, los jugadores deben concienciarse del problema para evitar que se convierta en un juego.

No hay clubes machistas sino machismo en los clubes. Los colores del machismo no se sienten ni son seña de identidad y, si alguien besa el escudo lo hace en la mejilla golpeada y amoratada. El que jalea y defiende la violencia de género es de género violento. El que la camufla en una indumentaria, se viste con sus ropajes.

No hay nombres que valgan porque ese comportamiento no tiene nombre. Poco importan los apellidos, Hernández, Castro o Van der Vaart, si tras todos ellos se esconde el mismo mal. Tampoco lo nacionalidad francesa, española, holandesa… ya que la violencia no tiene pasaporte ni debería tener hogar.

Tampoco importa el equipo de fútbol pues el machismo no ocupa demarcación alguna dentro del campo. Solo hace falta que al final del partido se cambien las camisetas rojiblancas o verdiblancas por las negriblancas. De momento el sentido común pierde por goleada pero en el partido de vuelta debemos salir a presionar.

Basta de sinestesias. No hay violencia de marca blanca, príncipes azules, ideas color de rosa, periodismo amarillo… Solo hay una irresponsabilidad por parte de la sociedad que sigue animando al violento y aplaudiendo sus jugadas con proyección tecnicolor. Debemos sustituir la afición coloreada, por la sanción acromática y así llegaremos a una sociedad de mezclas igualitarias. No hay color.

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