Atados

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Vivimos constantemente atados. No nos damos cuenta, pero es así. Atados a todo: a los estudios, al deporte, a la fiesta, al reloj, a la rutina, a la tableta o al móvil. Évole hizo un programa de lo último, y ahora chavales de todas las edades ponen por las redes que ellos no tienen problema alguno con las redes, después de haber subido una foto a Instagram, un post en Facebook de que iban a estudiar, y de revisar el Twitter para ver algún chiste malo. Y en esas se había hecho la hora del descanso en el estudio, a la que también estamos atados, porque hay que hacerla siempre a las seis de la tarde.

Y vivimos atados porque no sabemos ser libres. Entendemos el trabajo como una obligación y no como un hecho pasajero, o incluso de disfrute para quienes tienen la suerte de que les guste su trabajo. Pero a quien odie su trabajo, joder, que haga sus ocho horas y se largue. ¿Y luego qué? ¿Libertad? Nada de eso. Luego estamos atados a un reloj que nos dice que tenemos que ir corriendo a hacernos la comida porque son las tres de la tarde, aunque no tengas hambre porque has almorzado mucho. Y después un mensaje en el teléfono te dice que vayas corriendo a tomar un café con Luis y Andrea, que cómo no vas a venir tío, con lo que hace que no nos vemos, anda, venga, no seas muermo. Así que te plantas a las cinco y media de la tarde, después de tomar un café que no te apetecía, sin nada que hacer, aburrido, y te metes al Facebook a revisar el historial y a perder un poco el tiempo hasta que el reloj te ordene a las siete en punto que te cambies y te vayas al gimnasio. Y es que estamos atados a nuestras circunstancias y planificaciones por el mero hecho de que no sabemos ser libres.

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