El Guadalquivir no pasa por Cuenca

El Guadalquivir no pasa por Cuenca

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Es primavera, es Semana Santa en España, Sevilla está en todas partes. La obra napoleónica de la semana de pasión sevillana ha traspasado sus fronteras y ha penetrado con fuerza en todos los recovecos. Lejos de potenciar los localismos y la defensa de lo propio, el imperio de la Giralda ha calado tan profundo que es difícil de expulsar. Las características sevillanas se han mimetizado con todos los ambientes en una simbiosis con cualquier Semana Santa. Ahora los ecosistemas nazarenos naturales se han visto afectados por especies invasivas que merman a las autóctonas.

Cuando una invasión es consentida se convierte en incitación. Si para limar diferencias se imitan patrones, se termina siendo parte de lo que se busca evitar. Si se consiente el paso a foráneos a las propias fronteras, se corre el riesgo de erigirse como protectorado o colonia.

El poder de Sevilla es grande e influyente, hasta el punto de parecer que aquel que profese sus ideas es más erudito, más culto, más ilustrado. La sevillanización es un hecho en cada Semana Santa y se ha llevado a cabo de manera casi imperceptible, con cuenta gotas, pasando sigilosamente pero a la vista de todos. Los nazarenos somos culpables y consentidores al firmar un Tratado de Fontainebleau que ha permitido a Sevilla traspasar nuestras fronteras para ocuparnos. Las posturas se bifurcan ahora entre los afrancesados conformes y los guerrilleros indignados.

Sevilla tiene un color especial, pero Cuenca tiene un lienzo para pintar. La sobriedad, el silencio o la austeridad no son sinónimos de pobreza o de tosquedad. Son nuestra forma de entender la pasión, de sentir nuestra ciudad. Una ciudad que invita a este tipo de Semana Santa y que fagocita elementos extraños. El eco de los rincones, la anchura de las callejuelas, la pendiente del terreno… es Cuenca, es Semana Santa y especial, particular e intransferible.

En Cuenca, no dependemos de la balanza de pagos y poseemos los recursos suficientes como para necesitar importaciones. El proteccionismo debe imponerse en la cuestión nazarena, gravando los productos sevillanos con aranceles. A la guerra transaccional debemos añadir la lucha activa y concienzuda. Las guerrillas de la expresión espontánea y popular deben desgastar la presión e ir debilitando la incursión andaluza en nuestra Semana Santa. Solo así preservaremos la independencia y la autodeterminación.

Es imposible no integrar ciertos recursos como marchas procesionales o vestimentas marianas elaboradas. No hay reparo ni vergüenza en ello. El problema es cuando estos empréstitos se adoptan directamente sin adaptar lo que produce una deslealtad hacia la pasión materna. Debemos aceptar los préstamos y excluir los extranjerismos, abogar por la convergencia y denunciar la interferencia.

Y así la Semana Santa de Cuenca seguirá siendo de los conquenses, de todas las generaciones que han luchado por ella, vivido por ella, muerto con ella. Conquenses, esta es vuestra tierra, vuestra pasión; ¡defendedla!

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