Los tiempos siempre cambian

Los tiempos siempre cambian

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Es curioso, pero siempre son otros tiempos. Mi padre me contaba que, cuando era joven, desayunaba un cola cao con galletas o con magdalenas, y se iba corriendo a la escuela con su hermano. Un pasado en blanco y negro, lleno de sonrisas de niño pequeño. Más tarde, en la Facultad, iría a clase en bicicleta, cargado de libros, para encontrarse con sus compañeros a las puertas de la Universidad. Por supuesto, mi abuelo ni si quiera tendría esas posibilidades. Si no recuerdo mal, él aprendió un oficio, que se decía antes, y trabajó en ello hasta que se jubiló. Los antiguos gremios que se llamaban (y que por supuesto, están al borde de la desaparición). Así que yo me lo imagino correteando por las calles de una Cuenca medio en ruinas a causa de los estallidos de la guerra civil, yendo a su lugar de trabajo donde aprendería el oficio que le alimentaría durante años.

Ahora, en cambio, son otros tiempos. La gente ya no corre ni monta en bici. Todo el mundo se mueve en coche, aunque el lugar al que te desplaces esté a 10 minutos andando. Ya no hay cola caos con magdalenas; hay tostadas integrales y café sin cafeína. Y aquí me veis a mí, levantándome tan temprano como mis fuerzas me dejan, tomándome el café más cargado de lo que debiera y escuchando unas noticias donde el factor común es que están investigando, acusando o enchironando a alguien del PP. Entre tanto, a quienes investigan y acusan nos dicen que son casos aislados, que nada tiene que ver con una estafa de escala, y que quien diga lo contrario solo busca perjudicar a las instituciones. Yo, en el coche, con la radio de fondo y camino a la Universidad, no puedo parar de pensar que quienes perjudican gravemente la salud de las instituciones, son ellos.

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