Idos todos a tomar por culo

Idos todos a tomar por culo

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Iros todos a tomar por culo. Así se llamó el primer álbum en directo de Extremoduro. Para los que hayáis detectado el error gramatical y ortográfico, he de decir que a partir de hoy estáis equivocados. La Real Academia de la Lengua Española ha aprobado la utilización del vocablo iros para el imperativo. El líder fundador del grupo de rock español Robe Iniesta, se adelantó a su tiempo titulando su disco con un error que 20 años después sería aceptado. Un visionario.

Otra patada al diccionario, otro puñetazo a nuestra lengua. La justificación de esta decisión sí que es para reflexionar cuánto amamos a nuestra lengua. Casi nadie dice idos o íos, argumentan. Increíble pero cierto. Si esa fuera la regla para los demás aspectos de la vida estaríamos condenados a la más vil de las existencias. Si solo unos pocos leen libros, los quemamos.

Estos dictados sientan una jurisprudencia lingüística de alto voltaje pero sin cartel de peligro. Es como si ante la falta de escrúpulos y valores cívicos en parte de la sociedad, aceptáramos las alteraciones del orden público como correctas. Hemos llegado a una admisión de la vulgaridad y al triunfo de la desnutrición de lenguaje que de seguir así, corre el riesgo de morir de inanición.

Desde la RAE como órgano de Gobierno de nuestra lengua, hasta el último de los hispanohablantes que la empleamos, somos partícipes y responsables de una deslealtad lingüística que arrecia. Deslealtad que pasa por la incorporación indiscriminada de extranjerismos sin adaptación alguna (ni siquiera fonética) hasta llegar a la asimilación metabólica de vulgarismos y barbarismos dentro del diccionario. Crowdfunding de palabros que yo lo llamo.

No hay nada más mortífero para una lengua que la deslealtad de su comunidad de hablantes. El abandono de la norma, la impropiedad léxica, la incorrección ortográfica y el copia-pega desde otras lenguas convierten al español en un campo minado. La extremada tendencia de adaptar el habla a la lengua y la vulgaridad a la norma, junto con el complejo de inferioridad que en ocasiones hemos tenido respecto a otros códigos lingüísticos, está llevando a depauperar una lengua tan magnífica como la nuestra. Los cambios son buenos cuando sirven para mejorar. Se puede entender la eliminación de las tildes de los pronombres demostrativos o del pronombre -solo- en busca de una uniformidad en las reglas generales de acentuación, pero aceptar errores gramaticales no tiene ningún sentido.

Decía Lope de Vega en su Arte nuevo de hacer comedias sobre las obras de teatro que “como las paga el vulgo, el justo/ hablarle en necio para darle gusto”. Algo similar debe estar pensando la RAE en los tiempos que corren. Como la lengua es de los hablantes, del vulgo, es justo adaptar el necio para darle gusto. Y es lo que están haciendo. Adaptarse a la incorrección de muchos en lugar de primar el buen uso de unos pocos. Para determinados aspectos de la vida, la democracia no funciona.

“Limpia, fija y da esplendor” lleva por lema la RAE. Nada más lejos de la realidad a día de hoy. No solo no limpia, sino que ensucia la lengua aceptando formas y vocablos incorrectos. Su intención no puede ser fijar cuando no aboga por una inmutabilidad y carácter ordinario de la norma. Esta cambia tanto que posee más carácter de directriz que de regla.

Y por último, ¿cómo va a dar esplendor? Esta lengua, de por sí esplendorosa se sustenta por sí misma y evoluciona mediante su uso. La RAE debería ser la mano invisible de Adam Smith aplicada al lenguaje. Más reguladora que intervencionista, más normativa que normalizadora, más preceptiva que perceptiva. Un guardián del idioma que velase por su protección y que controlase el acceso y del derecho de admisión de vocablos problemáticos. Para que cuando vinieran preguntando por el dress code del idioma contestase: “Idos todos a tomar por culo”.

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