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Hasta hace escasos tres días, tenía cerca o más de 500 amigos en Facebook. Ya saben, gente que no saludan por la calle, que llevan años sin saber de ellos. Gente que si se ven en el supermercado, hacen como que no se conoce –mutuamente claro- y tratan de evitarse. Gente que se ha borrado la aplicación y sigue ahí, sumando un amigo más. Gente que, si es tu santo no lo sabe, si has ganado un premio a escritor del año tampoco, y no se enteran de si te has hecho de oro o si te ha reventado un autobús por la calle. Gente, al fin y al cabo. Aunque, para más ahínco todavía, he caído en la cuenta de que hay gente a la que quiero mucho, de la que me gustaría saber y con la que me rodearía a diario; o gente a la que sí saludo por la calle, a secas, y que no se encuentran en mis amistades de Facebook. Qué injusto.

Hoy, tengo menos de 300, y sé que seguirán bajando. Sé que hay gente que permanece entre mis amistades por costumbre, pero no por haber un cariño mutuo, desde luego. Y no hablo de mejores amigos, claro, eso se cuenta con una mano. Pero qué necesidad. Así que caerán de mis redes, antes o después, como yo caí de sus vidas hace tanto tiempo.

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