Tiene nombre de Sabina

Tiene nombre de Sabina

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A veces cuando estamos solos, es cuando vamos mejor acompañados. En mi caso, cuando me atrapa de cuando en cuando la soledad, tengo algunas de las más gratas compañías. En el coche atiendo a Carlos Alsina y Julia Otero o me río los sábados con Buenafuente y Berto. En las cafeterías me acompañan, siempre, Javier Marías, J.J. Millás o Manuel Vicent, y si me siento fuerte, me atrevo a saludar a Jordi Soler, Jabois o Rosa Montero. Siendo sinceros, en ocasiones les he sido infiel con algunos jovencitos cómo Neruda, Borges o Montero. Por no hablar de que en la cama, quien mejor me quita el sueño, son solazos de la talla de Dicker o de Verdon, o Marías de nuevo, o Cortázar o Reverte. O Suits, que me tiene enganchado, Friends, que es la serie de entre las series, o La que se avecina, que me evade de esta vida perra.

Pero sucede que a veces, la soledad se torna caprichosa, y te pide que alimentes sus deseos. Y ahora mi soledad me recuerda las lágrimas de plástico azul, rodando por la escalera, y que si quiero vivir cien años, no debo probar los licores del placer. Me dice, a solas, que los pactos entre caballeros, se cumplen. Y que si alguien te roba el mes de abril, será mejor que veas al doctor y le pagues las facturas, no te vayan a generar falso contento. Sin ir más lejos, el otro día, el Maestro disfrazado de exploradora soledad me susurró al oído, camino a casa, –como verán, tiene nombre de Sabina- que hay mañanas que comprendes que a veces gana el que pierde a una mujer.

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