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Que se te olvide el mundo

El río nadaba con fuerza, sin preocuparse de qué roca habría delante. Bailaba entre las plantas que ante él se encontraban, se contoneaba como una profesional en su barra. Daba gloria ver sus curvas, la fiereza de su caminar. Fue poco rato el que me mantuve absorto mirándolo, sobre todo porque me inundaba un poderoso deseo de entrar a bailar con él, un impulso por dejarlo todo y meterme a disfrutarlo; lo que habría sido una irresponsabilidad por otra parte. Pero en tiempos difíciles como estos, donde un título de máster se deprecia de la noche a la mañana como la moneda alemana en la posguerra (por no hablar del prestigio de la Universidad en sí); donde siguen lloviendo bombas, primero en Bosnia, luego en Afganistán, más tarde en Irak y ahora en Siria; donde sale a la luz que la región más corrupta de toda Europa es la del sur de España…

Cuando los telediarios te golpean con la más sucia de las realidades, viene el río en su baile o una flor en su quietud, y hace que se te olvide el mundo.

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