Cataluña envuelta para regalo

Cataluña envuelta para regalo

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Cataluña está envuelta en un lazo. Amarillo como la orina de intereses que se excreta. Como un limón que da sabor pero no da fuerza a este cóctel político. Como unos dientes masacrados por el humo y la nicotina desinformativas.

Como símbolo, el lazo se ha convertido en un instrumento público, y unos lo ponen y otros lo quitan y otros lo apoyan y otros lo toleran. Pero parafraseando a un genio: “un lazo es un lazo y un plato es un plato”. El mismo plato del que todos quieren comer pagando con la maleabilidad de la ciudadanía a cargo de la cual, corre la cuenta.

Lazos amarillos y sobre azules, números rojos, círculos morados y medias naranjas. Un arcoíris de colores en el que todos buscan brillar más que el resto. Pero sigue lloviendo. Y como canta La Pegatina (grupo catalán por cierto): “lloverá y yo veré la lluvia caer”. Porque Cataluña es la tormenta perfecta y todos tienen o creen tener paraguas para soportarla y canalones para achicar agua. Porque mientras llueve se mojan la tierra, los papeles y la pólvora. Y al final la tierra es fértil para que cada uno pretenda labrar la que es su idea de nación.

Cataluña es un barbecho. Un parón en la siembra de esa tierra para regenerar la de España. Y en vez de plantar cultivos, injertan ideas y batallas fantasma. Y mientras a unos les dan los frutos a otros lazos y esteladas. Así cubren los lazos la hipoteca catalana, y con lazos amarillos se hacen más banderas de España.

La gravedad del asunto llega, cuando lo simbólico se convierte en auténtico, cuando la realidad supera a la ficción, y cuando el escenario que se sucede no se corresponde con el del guión. Cuando la batalla de los lazos se transforma en la cruzada por la situación de Cataluña. Cuando el amarillo adquiere tintes rojizos por la sangre que corre desde varias bocas cerradas y alguna herida abierta.

Si los lazos dejan de tener forma se convierten en cordajes con los que se anuda el destino de un pueblo. De modo que los únicos lazos posibles son los de la convergencia política y el diálogo. Los que no son de quita y pon, los que permanecen para no hacer un roto de un descosido. Los que no son de adorno y tienen operatividad.

Señores políticos: basta ya de usar lazos amarillos para envolver una campaña.
Señores independentistas: este camino de baldosas amarillas no lleva a ninguna parte.
Los lazos se usan para unir, no para separar. Los lazos estrechan las semejanzas, no ensanchan las diferencias. Tal vez así Cataluña deje de estar envuelta para regalo.

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