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Incívico

Desobediencia civil se define como el acto de desacatar una norma (habitualmente jurídica) de la que se tiene obligado cumplimiento; acto, por otra parte, que (por lo general) abanderados progresistas cometen para cambiar el transcurrir de la vida cotidiana de la gente. Podemos afirmar por tanto, que la esencia última de la desobediencia civil es que la finalidad de dicho acto sea, precisamente, cambiar injusticias del orden impuesto. Una lucha pacífica por las libertades y los derechos de los ciudadanos.

No obstante, si no hay fondo, y solo nos pasamos las normas por el arco del triunfo, lo que somos es unos maleducados. Quiero decir, en fin, que no son comparables Mahatma Ghandi, Luther King o Desmond Tutu, con quienes aparcan hasta en tercera fila en la puerta del instituto conquense de La Sagrada Familia (las Pepas).

Todos ellos tienen en común que incumplían (e incumplen) las normas impuestas, cada uno en su tiempo y en su espacio. Pero estos últimos no tienen que cambiar nada, no quieren cambiar nada; incluso –apuesto mi cuenta bancaria- blasfeman, vociferan y maldicen cuando un coche mal aparcado les molesta para salir fuera del contexto del instituto. Tiempos oscuros, jodidos del todo llegan, cuando el mayor gesto de desobediencia civil que hay en este país, es incívico.

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