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Larga vida a Las Casas Ahorcadas

Entre el 25 y 27 de abril se celebró en Cuenca el certamen de novela negra ‘Las Casas Ahorcadas‘, el cual llegaba a su séptima edición. Un servidor tuvo el placer de estar entre los autores invitados debido al estreno de mi primera novela («El efecto Werther«, ¡gracias infinitas por contar conmigo!), pero la intención de esta opinión no es promocionar mi obra (aunque…), sino ensalzar el excelente trabajo de Las Casas Ahorcadas en general, pero especialmente del capo Sergio Vera y los solucionadores de problemas Ana María Valencia, José Ángel Vera y Marta Marné.

Desde fuera, uno sabe que este certamen es uno de los más importantes a nivel nacional en cuanto a la novela negra y desde luego el de más enjundia en Cuenca. Autores como Lorenzo Silva o Víctor del Árbol son fijos todos los años (aunque este precisamente no pudieron venir), lo que permite que la capital conquense sea durante unos días. Como novedad, este año hubo talleres de escritura y de animación a la lectura para alumnos de Secundaria, nos metimos en la mente de los asesinos en serie gracias al criminólogo Vicente Garrido e hicimos repaso de los más famosos en España de la mano de Blas Ruiz. También conocimos los entresijos de las novelas llevadas al cine gracias a Carlos Bassas, Alexis Ravelo, Paul Pen y Benito Olmo, o supimos los éxitos de los superventas Domingo Villar, Mikel Santiago y Toni Hill. Las pioneras de la novela negra Lourdes Ortiz y María Antonio Oliver compartieron mesa con el italiano Massimo Carlotto, primera espada europea y con una apasionante historia detrás. El director del festival de novela negra Granada Noir Jesús Lens diseccionó los crímenes en la gran pantalla, mientras que el sevillano Javier Márquez, al margen de cerrar el festival de forma emotiva, también se unió a la fiesta con un menú de muerte. Sin olvidarnos del espacio para los autores conquenses, con presencia de Jorge Ortega, Ana Muela y Andrés Gusó, además de quien suscribe estas líneas.

Pero el éxito no está en el potente cartel que trae año tras año el certamen, el cual lógicamente ayuda. Lo mejor que tiene este festival es el ambiente que genera, porque todos los detalles se cuidan al máximo, no hay distinciones entre escritores (ninguno de los autores cobra por venir. Parafraseando a Sergio Vera, «es lo bueno de ser pobre, que tratamos a todos por igual») y, sobre todo, porque el cariño y afecto que transmite la familia Vera Valencia y todo el entorno de Las Casas Ahorcadas es único.

Como anécdota y para darnos cuenta de la importancia y renombre de este festival, baste señalar que Domingo Villar renunció a participar en la Noche de los Libros de Madrid (cita importantísima para vender y firmar libros) por acudir a Cuenca. Eso solo se consigue gracias a la autenticidad del festival, que consigue que todos, vengan de donde vengan, se sientan en casa.

Esperemos que las pertinentes instituciones se den cuenta del tremendo certamen que tienen en su casa y apoyen al máximo, especialmente en logística, a Sergio Vera y resto de negritos (en alusión a la novela de Agatha Cristie, ‘Diez negritos). ¡Larga vida a Las Casas Ahorcadas!

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