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Heridas de guerra

Una herida se cura cuando cicatriza. En España la herida sigue abierta de arrancarse las costras del odio, que no cesan; que supuran. Mientras dure la guerra. Así se llama la nueva película de Alejandro Amenábar. Acertado título para un film que retrata unos hechos pasados que siguen presentes y que no atisban cambiar a futuro. Una guerra civil que según los manuales de historia acabó en 1939, pero que se sigue librando en la memoria colectiva.

La coyuntura no dista tanto de la del 36 en pleno 2019. La desafección política por parte de los ciudadanos se traduce en un descrédito de las instituciones democráticas. Políticos que no hacen política y que sin altura de miras ni concepto de Estado, tienen más en cuenta escaños, listas y encuestas, que la estabilidad del país y sus ciudadanos. Partidos y partidetes que no fomentan el pluralismo y el avance democrático, sino los bloques y los bloqueos, las líneas rojas y las azules, los grandes desacuerdos y la ingobernabilidad.

Citando al gran Miguel de Unamuno: “vencen pero no convencen” y no hay nada más peligroso que el hartazgo de la gente en cuanto al voto. Si el pueblo decide voluntariamente perder su derecho a decidir, está legitimando que otros lo hagan por él.

Las dos Españas siguen enfrentadas. A día de hoy, la exhumación de los restos del dictador Francisco Franco del Valle de los Caídos, sigue siendo motivo de división y confrontación. Los nuevos viejos problemas. Cataluña sigue siendo el foco del antiespañolismo que desata la españolidad exacerbada. La forma del Estado y el debate entre monarquía o república sigue vivo con un Borbón en la Zarzuela. Surgen ideologías radicales a diestra y siniestra, discursos incendiarios y soflamas vacías de contenido.

Seguimos hablando de bloques antagónicos e irreconciliables: derechas e izquierdas y, en su visión más radical y trasnochada, rojos y fachas. Los viejos bandos más novedosos, los nuevos partidos más anticuados. La izquierda dividida en facciones incapaces de llegar a acuerdos; la derecha desacordada en cuanto al liderazgo del espacio político pero con tendencia a la cohesión y a la suma. España más España igual a dos Españas. El resultado siempre es el mismo.

¡Ay España! Una palabra hermosa que representa tantas cosas…un concepto abstracto que todos creen saber definir pero nadie acierta a delimitar. Un término que llena la boca cuando las ideas están vacías. ¡España!: grita en el film de Amenábar un Millán-Astray incapaz de rebatir el inteligente y certero discurso de Unamuno. ¡Arriba España!: aclama el paraninfo sin pensar en el significado que arroja el significante. ¿Y ahora? “Ahora España”, “España Suma”, “España en marcha”, “España siempre”. España, España, España. Y tal y como dice Miguel de Unamuno en la película (maravillosamente encarnado por Karra Elejalde): “Pensarán que dicen algo”.

¿Qué es España entonces? ¿Una grande y libre a voz en grito?, o, ¿más bien una pequeña y cautiva con la emisión muda? España es una espiral; un pueblo que no aprende de su historia y se ahoga en su memoria. Un país que repite los errores y tropieza mil veces con la misma contienda. “Muera la inteligencia” mientras dure la guerra.

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