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Covid-36

 

Decía el filósofo Giambattista Vico que la historia es recurrente. Cuando la civilización alcanza un punto álgido de apogeo todo vuelve al punto de partida, pero en un estadio superior. Por su parte Karl Marx afirmaba que «la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa». A riesgo de caer en el alarmismo y en cierto modo casi en el catastrofismo, la coyuntura política, económica y social que sucederá a la pandemia del Covid-19 es preocupante hasta el extremo (nunca mejor dicho) y presenta similitudes con épocas pasadas y oscuras.

 

En el apartado económico, se prevé una afectación realmente dramática tanto en la macro como en la microeconomía, lo que tendrá una especial incidencia en el poder adquisitivo de las familias por el empobrecimiento de las clases medias y trabajadoras.  Las caídas de las bolsas han llegado durante determinados momentos de la pandemia a niveles del Crack del 29, la crisis más profunda del sistema capitalista durante la primera mitad del siglo XX. En aquel momento la economía sufrió una grave contracción del comercio exterior, un colapso en las inversiones extranjeras, un aumento masivo del déficit público, todo ello unido a una considerable tasa de desempleo. Economistas e historiadores ven ciertas similitudes entre aquella situación y la que se avecina.

 

Se ha producido un fortalecimiento de formaciones políticas con tendencias extremistas que replican mecanismos de épocas pasadas bajo renovadas siglas y estéticas más coloristas. Y unos se ponen verdes y otros se ponen morados. Partidos posibilistas cuya estrategia consiste en participar de las instituciones para alcanzar sus fines utilizando los propios aparatos del sistema. Grupos que a priori no son mayoritarios (como no lo era Falange en su día) llevan a cabo una poderosa actividad de agitación lo cual crea un clima de crispación que acaba arrastrando al conjunto de la sociedad. Los escraches están a la orden del día y los que antes los defendían ahora los sufren.

 

La incertidumbre y la crisis llevan a infravalorar y blanquear postulados antidemocráticos que bajo el paraguas del sistema, amenazan con dinamitarlo desde dentro. La normalización de las ideas radicales lleva a eliminar el centro político e ideológico lo que provoca un abismo entre posturas que se hacen cada vez más antagónicas. La polarización política y social tiende a la creación de dos posturas irreconciliables con discursos de odio e incitación a la violencia.

 

En el primer tercio del siglo XX, España seguía teniendo un sistema político basado en la alternancia bipartidista, heredado de la Restauración monárquica de 1875. Sin embargo, la aparición de fuerzas de gran diversidad ideológica junto a otras regionalistas propiciaron una compleja configuración de la vida parlamentaria.

 

A principios del XXI, el nuevo bipartidismo consolidado junto con la joven democracia en España, se ha visto superado por la aparición de formaciones neonatas que ofrecen nuevas posibilidades a izquierda y derecha. Como consecuencia, se configuran parlamentos más fragmentados y plurales que sin embargo, se encuentran con serias dificultades para lograr mayorías absolutas e incluso para asegurar mayorías consensuadas.

 

En 1936 el gobierno del Frente Popular se produjo a través de una coalición entre partidos de izquierda respaldados por fuerzas nacionalistas. El reaccionarismo contra el gobierno de la República inició un proceso de deslegitimación de las instituciones políticas y de la vida parlamentaria. En 2020, se ha constituido el primer gobierno de coalición nacional desde la transición democrática. Un ejecutivo con ciertas similitudes con el de 1936 por la confluencia de tendencias de izquierda y con el apoyo de partidos regionalistas. Desde su primer día de vida se ha encontrado con una importante oposición política.

 

En épocas prebélicas ya eran conflictos centrales los estatutos de autonomía y las amnistías para presos y represaliados. También ya había personalidades que recuperaron sus funciones políticas tras su paso por prisión. De Lluís Companys a Oriol Junqueras, del Estat Catalá de 1934 a la República Catalana de 2017.

 

La organización territorial a la que se enfrentó la II República con los estatutos de autonomía vasco y catalán, profundizó en los ancestrales desequilibrios regionales. El separatismo de Macià, un ex coronel del ejército que se presentaba con una senyera estelada, provocó la firme oposición de las fuerzas centralistas y despertó un fuerte sentimiento anticalanista.

 

Además, la crispación política se hizo patente primeramente en Cataluña con la formación de dos grandes bloques, el Front de Esquerres de Catalunya y el Front Català de Ordre, que aglutinaba a  buena parte de las derechas. Hoy en día, si cambiamos Macià por los Torra, Puigdemont o Rufián, encontramos los mismos conflictos con diferentes nombres. También los acercamientos nacionalistas de los gobiernos de la República tienen similitudes con el actual, y el reaccionarismo promovido por sectores conservadores centralistas ha cambiado de actores pero no de axiomas. Incluso algunas siglas siguen siendo las mismas con PSOE, PNV o ERC como supervivientes.

 

El reformismo y el acercamiento a partidos de carácter regionalista e independentista provocan conflictividad política por considerar al gobierno demasiado radical o alejado de la unidad nacional. El jaque independentista al gobierno central hace surgir reacciones hostiles y además desautoriza en parte al poder político por su dificultad para encontrar una solución inmediata a los conflictos de autonomía.

 

Si echamos la vista atrás hasta la Guerra Civil, encontramos que la contienda fue consecuencia de una crisis financiera profunda que provocó grandes desigualdades económicas, mecanismos de dominación social que derivaron en ideologías extremistas, populismos, nacionalismos exacerbados etc. que acarrearon un clima de violencia sin posibilidad de consensos, diálogos ni posiciones intermedias.

 

Si a todo esto le añadimos el apartado esotérico-conspiranoico, comprobamos que el año 1936 y 2020 tienen exactamente la misma configuración. Es decir, ambos comenzaron en miércoles y cada día del año coincide en el mismo puesto de la semana. Aprendamos de la historia, no la repliquemos a modo de farsa. Que el 19 no se convierta en 36 ni se haga del Covid el principio de un fin que ya nos es conocido.

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