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De piratas y corsarios

La Gran Bretaña lo ha vuelto a hacer. Otra vez señalando con el dedo como el índice de Cristóbal Colón hacia América, solo que cuando el Reino Unido apunta a España lo hace con el corazón, concretamente con ese dedo.

Hace dos años, un artículo en el periódico inglés The Times, titulado «Cómo ser español», describía a los habitantes de España como  impuntuales, maleducados y desagradecidos. Ahora, en un nuevo intento de desprestigiar y dañar la imagen de nuestro país, el ataque ha sido más sutil pero donde más duele: el turismo.

El gobierno británico de Boris Johnson, ha decidido someter a cuarentena a los viajeros procedentes de España, además de recomendar no viajar al país posicionándolo como un foco de contagio de la Covid-19. A toda España por igual, pese a que los destinos favoritos de los ingleses, las islas (será por aquello de sentirse como en casa), tienen una incidencia del virus muy baja.

La razón es muy evidente. Ante la coyuntura ecónomica tan adversa provocada por la pandemia de la Covid-19, el gobierno británico intenta que el consumo y la demanda se mantengan dentro de sus propias fronteras y que sus ciudadanos no gasten las libras esterlinas donde haya euros.

Pese a que Fernando Simón no era la persona idónea para defender la marca España, se puede entender su reacción como una defensa de la reputación española. «Desde el punto de vista sanitario estas decisiones nos ayudan, y es un riesgo que nos quitan» dijo, en lo que pudo ser un arrebato poco sopesado en defensa propia. Algo así como «vosotros también contagiáis así que no nos marquéis a nosotros».

La decisión se sujeta con dificultad sobre dos patas. La primera es levantar una polvareda comunicativa que tape la gestión del gobierno conservador. La segunda es tirar de las históricas enemistades para fijar un objetivo del desvío de atención y en eso, España tenía más papeletas que nadie. En nuestro país ya es costumbre ser el sumidero al que van a parar todos los desechos que se desprenden del orificio de salida del amigo inglés.

La leyenda negra española es una buena prueba de la imagen desfavorable que se ha creado de España desde las islas británicas. Una de las cosas que mejor han hecho en ese sentido, es la de crear términos que se erigen como contrapuestos pero que se refieren a una misma cosa.

Lo que se denominó genocidio indígena en la llegada de los españoles a América, se llamó después imperialismo cuando los ingleses se hicieron con el control de sus colonias. La piratería española no era nada comparable a un marinero inglés con patente de corso, por supuesto. Francis Drake fue después Sir por sus importantes labores de mercadeo para Gran Bretaña.

Las Actas de Supremacía promulgadas y amparadas por Enrique VIII e Isabel I arrasaron con propiedades, fortunas, y puestos de trabajo en la administración pública de los católicos practicantes, pero tan solo se recuerda a una Inquisición Española que, aunque perversa, no se distanciaba tanto de las prácticas que se daban al otro lado del Canal de La Mancha.

Dice la historia que España sometió al expolio a sus hermanos americanos cuando pusieron un pie al otro lado del Atlántico, pero cuenta la leyenda que el Museo Británico está compuesto de unos cuantos suvenires adquiridos de aquí y de allá.

Ahora, España contagia sin control ni conocimiento, mientras que el Reino Unido protege y ampara a su ciudadano cuidándole de ir a tierras infectas y descuidadas. Suerte de cervecitas de litro, lástima de balcones grandes y piscinas pequeñas… Magaluf, Benidorm, Salou o Lloret de Mar, han sufrido en silencio la invasión de estos honrados marineros que tan solo vienen a por barriles, botellas, lupanares… la vida mejor.

En definitiva, unos maestros del maquillaje diplomático y comunicativo estos ingleses que siguen haciendo de la piratería un arte tan solo usando una patente de corso.

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