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Barrer para casa

¡Extra, extra: el civismo brilla por su ausencia! En mi asidua lectura a los medios locales conquenses, no dejo de encontrar noticias sobre vandalismo y atentados contra el mobiliario público. La iglesia de San Andrés, que colorea el Casco Antiguo de Cuenca de pasión, se ha visto pintada de falta de educación e ignorancia. La “tranquilidad” de la ermita de San Julián también se vio mancillada por la absurda creencia de algunos de considerar que árboles y papeleras eran hojas en sucio.

El Sagrado Corazón de Jesús sufrió un infarto al ver su entorno natural rodeado de basuras, actuales por cierto, pues las mascarillas no son instrumentos de otras épocas. La pared blanca de la puerta de acceso a la calle de la Moneda y la plaza del Cardenal Payá también se ha visto teñida últimamente de la negritud de mentes de algunos indeseables para los que Cuenca no significa nada.

La Plaza de Mangana, pese a no ser tras su remodelación la joya de la corona del patrimonio conquense, no merece ser relegada al ostracismo y al abandono ni ser arrojada a las garras del vandalismo. Una ciudad de la que se nos llena la boca al tiempo que cerramos los ojos ante su autodestrucción. Y es que el vandalismo solo es el incivismo elevado a su máximo exponente. Porque los que pintarrajean el Casco Antiguo no son sino la involución manifiesta de los que dejan las bolsas de basura a los pies de los contendores.

¿Cuestión de incivismo?, ¿falta de celo político? Quizás un poco de ambas, cocinadas en la olla de la falta de valores y de consideración por la importancia de las cosas de la época contemporánea. La costumbre de muchos es hacer lo que quieren cuando quieren sin pensar en cómo repercute y a quiénes, produce la sensación made in siglo XXI de que nada es el precio de todo y de que no hay ningún tipo de repercusión a cualquier acto.

Quizás sea cierto. En una época en que hemos comprobado más que nunca que la sanción es la única medida que se entiende, la multa por atentado en la vía pública puede ser la solución precisa a los que no entienden que la calle no es suya, es de todos.

Para que la ciudad no sea una mierda habría que empezar por dejar de arrojar mierda sobre su imagen. En un año en que el turismo interno ha favorecido en cierta medida la afluencia a Cuenca nos la jugamos a la carta de ejercer de escaparate. Si lo que ves cuando pasas por la tienda te gusta, puede que vuelvas otro día a comprarlo. Neuromarketing puro y duro: atención, emoción y memoria percibidas a través de los sentidos. Si Cuenca está sucia, se asociará a una reacción negativa y el recuerdo será de rechazo.

Si Cuenca es nuestro hogar, sus habitantes somos los anfitriones. Hablamos de ella como un lugar precioso, la fotografiamos en sus espacios más bellos y nos enfadamos cuando la menosprecian, le cambian las denominaciones a sus monumentos icónicos o utilizan su nombre en vano con fines sexuales. Pero el cuidado primigenio y más útil debe ser el propio, el interno. A todo el mundo le gusta vivir en un lugar pulcro y en buenas condiciones y, cuando pintamos nuestro hogar como idílico, debemos presentarlo con un óptimo aspecto si alguien se aventura a comprobarlo.

La suciedad habla mucho de una sociedad. Hagamos una Cuenca de Real Academia: limpia. para el disfrute de su población fija y prestada y que dé esplendor al buen nombre de esta noble e impertérrita. Lo que viene a ser en definitiva, barrer para casa.

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