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Mascarillas y tiritas

“Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde” escribía el poeta Jaime Gil de Biedma allá por 1968. Que la Covid-19 ha cambiado todo nuestra forma de comprender el mundo y actuar en consecuencia, es algo que todavía no somos capaces de entender del todo en 2020.

Concretamente en el deporte, todo es diferente. Partidos suspendidos, jugadores confinados, estadios vacíos y, por si todo esto fuera poco, mascarillas. Un producto que ha pasado a ser parte de nuestra rutina diaria, pero del que todavía no tenemos completamente claro su uso.

La normativa de la Junta de Castilla y León para el uso de mascarillas en el deporte, pilló de sorpresa a todo el mundo. La jornada del sábado de la Liga Asobal que enfrentaba a Ademar León con el Sinfín, obligó a los jugadores de ambos conjuntos a jugar con mascarilla, algo totalmente insólito.

¿Adónde hemos llegado? ¿De verdad alguien cree que esa es la solución? El riesgo existe desde el momento en que unos deportistas se ponen sobre un terreno de juego a competir, pero la mascarilla no supone sino otro impedimento más a la práctica deportiva. Tanto es así, que en el citado partido de Asobal se podía ver como los jugadores se la bajaban por la dificultad para respirar con normalidad mientras realizaban un esfuerzo de máxima intensidad. Y no solo eso. Es imposible que la mascarilla no se descoloque por el sudor, la comunicación oral entre compañeros o de los propios lances del juego.

Minutos más tarde del partido de balonmano en León, en el Perfumerías Avenida-Araski de Liga Femenina Endesa de baloncesto, disputado en Salamanca, no se jugó con mascarilla por orden de la Federación Española de Baloncesto.

La medida es como poner una tirita en una herida que sangra a borbotones. El utensilio es útil, pero para este caso, estorba más que ayuda. En esto de la mitigación del virus en la práctica deportiva, da la sensación de que hay demasiadas tiritas y muy poco Betadine para un corte que ya de por sí es difícil de cerrar. PCR a deportistas, estadios sin público o con limitaciones en el acceso, distanciamiento… Todo va llegando a marchas forzadas y siempre con una sensación de improvisación ante un problema que no se sabe atajar.

Unas voces hablan con más pelos en la lengua que otras. La del entrenador del Incarlopsa Cuenca, Lidio Jiménez, es preclara: “Jugar con mascarilla es la mayor chorrada de los últimos tiempos” ha declarado. Y es que se puede decir más alto, pero es difícil hacerlo con más franqueza.

Ahora, la Junta de Castilla y León ha rectificado y permitirá entrenar y jugar sin mascarillas en una yenca de decisiones a nivel global que van a izquierda, izquierda para luego volver a la derecha, derecha y delante y detrás. Un, dos, tres, y empezamos otra vez.

Es una situación muy difícil de gestionar, pero si algo está claro, es que los bandazos y las decisiones espontáneas se han ido convirtiendo en lastres para el funcionamiento de las competiciones.

Tanto los deportistas como los aficionados son los primeros que desean que se garantice la seguridad para que ese deporte pueda desarrollarse en buenas condiciones. Pero hacen falta decisiones concisas, sopesadas y firmes para que el protocolo no vaya virando en función de opiniones puntuales. Hace falta criterio científico y médico y hacer un buen diagnóstico antes de lanzarse a proponer un remedio. Hay que unificar criterios para que los clubes y los deportistas tengan claro si tienen que utilizar tiritas, poner Betadine o dejar que alguien venga a coser la herida.

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