Inicio Noticias Fútbol Cuando el Real Madrid no fue favorito en una final

Cuando el Real Madrid no fue favorito en una final

La final de Copa de Europa que disputaron Liverpool y Real Madrid en el año 1981 se celebró en plena sequía europea del club blanco

Final de Champions de 1981. Foto: goal.com

La Liga de Campeones, o en su anterior formato Copa de Europa, ha sido, desde el año de su fundación, la competición fetiche del Real Madrid. El club blanco acumula ya doce entorchados, el último de ellos conseguido este mismo año frente a la Juventus de Turín. Esa acumulación de trofeos lleva adherida un favoritismo lógico en casi todos los partidos o finales que disputa. Ese favoritismo no se tenía en la final que disputó contra el Liverpool en 1981, sobre todo, por la comparación técnica de las dos plantillas. Desde 1966 hasta 1998 los madrileños no consiguieron ninguna orejona, en un convulso intervalo de tiempo tanto del club, con una crisis económica de por medio, como para la sociedad española en general en plena transición democrática.

La cota más alta alcanzada en esos treinta y dos años de sequía en la Copa de Europa fue la final alcanzada en el año 1981 por el llamado Madrid de los García. Aquella final fue como una isla en mitad de dos océanos infinitos. Tras quince años sin acceder a una final de la máxima competición de clubes, el veintisiete de mayo de 1981, los Juanito, Santillana, Cunningham, Del Bosque y compañía se medirían a un Liverpool lanzado en aquella época. La grandeza del Real Madrid de tiempo atrás no acompañaba a esta generación y por ello, Boskov, planteó el partido conociendo el papel de ese equipo.

Los de Bob Paisley llegaron a la final casi sin apuros, eliminando a Bayern en las semifinales sin encajar ningún gol. Ese Liverpool reflejaba la grandeza del fútbol inglés en aquella época, dominante sin discusión en Europa. Los “reds” se hicieron con dos orejonas consecutivas entre las temporadas 1976 – 1977 y 1977 – 1978. Los dos años siguientes, el Nottingham Forest, club recién ascendido a la primera división del fútbol inglés, consiguió otras dos copas de Europa consecutivas. Tras esto, el Liverpool logró plantarse en una nueva final, en la que sería una de sus épocas más brillantes de su historia, sobre todo a nivel europeo.

Los éxitos ingleses no eran casualidad. El juego estaba cambiando de la mano de conjuntos como el Liverpool, adelantados a su tiempo a nivel de modelo y esquema de juego. La defensa en zona realizada por los “reds” conllevaba una cierta revolución en aquella época donde, principalmente, dominaba la marca fija al hombre. Esa variante no llevaba ligada el orden, ya que la persecución de una marca por todo el campo podía generar espacios en distintas zonas del terreno de juego. La presión alta también era innovadora. Apretar al rival para hacer que juegue en largo o para recuperar y montar un ataque muy rápido en pocos metros.

Se podría decir que el modelo de juego de los ingleses es una variante del juego holandés de los años setenta, pero potenciando el orden sobre el campo y los movimientos armónicos de las líneas. Los centrales ya no tenían un papel puramente defensivo, sino que salían tocando el balón de la zona defensiva y se incorporaban al campo rival. El modelo defensivo utilizado se basaba en una línea defensiva muy adelantada para provocar el fuera de juego rival. Los hermanos Kennedy jugaban en la banda izquierda, Alan más retrasado, como lateral. En la derecha Neal hacía de lateral y Lee era el hombre adelantado como extremo. El doble pivote estaba formado por Souness y McDermott, con las ayudas de los dos bandas que progresaban por el carril central. Dalglish y Johnson ocupaban las dos posiciones más adelantadas con constante movilidad y caída a las bandas.

El Real Madrid presentó un planteamiento que habría significado la dimisión de cualquier entrenador en la actualidad en la final contra el Liverpool. Boskov planteó el partido más para anular a los contrarios y evitar que sus mejores hombres jugaran (Sounnes y Dalglish), que para buscar el gol haciendo daño al rival en su propio campo. El objetivo era frenar al contrario, evitar que encontraran su juego y, en fase ofensiva, encontrar algún hueco, centro o acción individual que desequilibrara el marcador. Uno de los grandes defectos de este modelo de juego basado en las marcas al hombre, era la imposibilidad de achicar espacios al rival. Los ingleses llegaban fácilmente a las cercanías del área de Agustín, aunque luego se ahogaban antes de llegar a la orilla al no encontrar a sus hombres desequilibrantes. Los delanteros rivales iban hacia arriba, realizando desmarques, a los que los defensas madrileños debían seguir por las marcas fijas. Esto ocasionaba un embotellamiento de los españoles y espacios para los “reds” arriba.

share

El sistema utilizado por los merengues no era nada claro. Camacho y Stielicke se encontraban en posición de carrileros, el primero por la izquierda y el segundo por la derecha. Cortés, Sabido y Navajas eran los centrales y asumían la marca de Dalglish y Johnson. Camacho era el encargado de tapar a Souness, por todo el campo. Allá donde estuviera el escocés, ahí se encontraba el lateral español, independientemente de la posición que ocupara el rival. Se trataba de un planteamiento algo arcaico, visto en la actualidad, pero que era la norma dominante en casi todos los partidos a comienzos de los años ochenta. Además de las marcas fijas, la dureza en las entradas y el “marcar territorio” era otra consigna para intentar intimidar al rival. Una variante física condicionada por la excesiva permisividad de los colegiados en esos años.

Sea como fuere, el modelo de juego usado por los blancos funcionó, ya que los ingleses no consiguieron crear ocasiones claras y Souness, clave en el juego ofensivo del Liverpool, no tocaba balón. La primera parte fue algo decepcionante a nivel ofensivo. El Real Madrid tampoco disfrutó de ocasiones excesivamente claras. Juanito no estaba lo suficientemente acertado por el extremo derecho y retrasaba su posición para ayudar en la salida del equipo desde atrás. Su gran entendimiento con Santillana no generó casi peligro a Clemence. El nueve madrileño intentaba recibir fuera del área para tocar rápido y penetrar en la defensa rival para generar espacios aprovechables por los llegadores desde segunda línea.

Conforme avanzaban los minutos en la segunda parte, el cansancio se comenzaba a notar en los jugadores blancos, más si tenemos en cuenta que muchos de ellos llegaron “entre algodones” al encuentro. El cansancio, más la reiteración en el marcaje al hombre  comenzó a generar muchos espacios a la espalda cuando el Real Madrid se encontraba en posición atacante. Casi todos los jugadores merengues más defensivos perseguían a alguien, por ello se crearon espacios en distintas zonas del campo, fruto de esa persecución carente de colocación y orden. Se puede decir que Boskov recurrió al fútbol total holandés de los años setenta por la movilidad de todos sus hombres en el terreno de juego, pero se trataba de una movilidad que tenía como objetivo frenar al rival, no realizar un juego atacante en el campo del contrario.

Poco a poco el Real Madrid se fue debilitando por el cansancio y el Liverpool se iba cada vez más arriba por la flagrante debilidad de los españoles. En los últimos treinta minutos del encuentro, los ingleses renunciaron a la posesión de balón para hacer daño al rival en salida rápida aprovechando la debilidad física y los espacios que concedía atrás. Las marcas al hombre continuaron y serían determinantes en el gol que aclaró la final. El marcaje fijo de los jugadores más ofensivos del rival favorecía la llegada de los laterales desde atrás. Alan Kennedy se incorporó en un saque de banda, progresó tras un fallo en el despeje de Cortés y la pegó fuerte ante la salida de Agustín.

El gol llegó por parte de un defensa que fue indetectable en llegada para la defensa blanca. Además, la marca fija de Cortés sobre Dalglish puede ser una explicación lógica del fallo del central blanco en el despeje del gol inglés. Junto a Agustín, Cortés fue uno de los jugadores que más críticas recibió tras el encuentro. Pineda salió al campo por el señalado Cortés para intentar cazar algún balón arriba, pero cualquier esfuerzo ofensivo fue en vano. El no favoritismo del mejor equipo de la Liga de Campeones era justificado. Pasado el tiempo, el haber logrado el subcampeonato en esa edición se considera un gran éxito. Más que nada, el triunfo quedó en haber encontrado un Oasis en una travesía por el desierto de la Champions, que aún duraría diecisiete años más.

Comentarios