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Míriam Castellanos: del balonmano a la batuta a ritmo de saxofón

La rutina de un deportista de élite se asemeja, y mucho, a la de un músico profesional. Unos entrenan, los otros ensayan; unos compiten, los otros actúan; y ambos conocen la importancia de la autodisciplina, el sacrificio y el esfuerzo. Esta doble faceta la conoce muy de cerca Míriam Castellanos, saxofonista y profesora de música, que guarda un bonito recuerdo de sus años como jugadora de balonmano. Míriam compara su paseo por el deporte de competición con su trayectoria musical: “En el deporte en equipo respetas a los compañeros y si es individual respetas a tu entrenador. El músico pasa por lo mismo, porque estudia lo que le manda el profesor y después queda corregir, explicar y avanzar”.

Aunque por su altura comenzó a jugar al baloncesto en el colegio Fuente del Oro, pronto se dio cuenta de que lo suyo era el balonmano. Compitió por primera vez en 5.º de primaria: “Durante mi etapa en el colegio participábamos en una liga escolar que duraba un trimestre. Hicimos un grupo muy majo y teníamos más rivalidad con el colegio de San Fernando y San Julián”. Ocupaba la posición de lateral izquierdo, aunque alguna vez llegó a jugar como central.

Reconoce que se tomaba en serio los entrenamientos, lo que sumado a su buen juego fue más que suficiente para recibir la llamada de “El Sector”, una especia de selección provincial en la que competían en una liga de un par de días contra el resto de los equipos de cada provincia. El torneo se celebró en Albacete y aunque no recuerda ganar, sí que grabó a fuego la que fue su primera salida fuera de Cuenca: “Iba con mis amigas del colegio y el resto de las compañeras. Nos lo pasamos muy bien. No sé si el equipo de las más mayores aguantó un año más o dos, pero no tuvo continuidad”.

Acto seguido recayó en las filas de la Sociedad Conquense de Balonmano, germen del actual Rebi Cuenca. Su talante humilde no le permite reconocer que hizo méritos más que suficientes para superar la prueba de selección y que no solo fue su esfuerzo, sino también su calidad, el motivo por el que estuvo jugando hasta la temporada 1991/92 en categoría cadete: “Para entrar había que jugar un partido y luego lanzábamos penaltis. Recuerdo que fui porque me llamaron y luego nos dijeron que nos iba a entrenar alguien muy bueno: Bata Obucina”.

Finalmente fue Xexa, la mujer del mítico jugador de balonmano, quien tomó las riendas del equipo femenino, aunque en el día a día los dos preparaban los entrenamientos con rigor, profesionalidad y disciplina: “Quizás las chicas de mi grupo ahora vemos que aquellos entrenamientos iban dirigidos a las personas que destacaban, para que pudieran ver a lo que se podían enfrentar luego”. Y es que, aunque las rutinas entre semana les revelaban la cara más estricta del deporte, Bata y Xexa las preparaban para competir sin presiones cada fin de semana: “Los entrenamientos eran duros, pero a la hora de jugar los partidos los dos nos daban mucha confianza. Era como si pensaran que, como habíamos trabajado durante la semana, podíamos estar tranquilas”.

Destaca sus buenas combinaciones con la central y la extremo izquierdo y considera que, entre las tres, conseguían darse seguridad en el juego: “Sabías que si robabas un balón les podías pasar”. Pieza clave del equipo, Míriam jugaba como titular en casi todos los partidos. Pero al finalizar 1.º de BUP, su camino se bifurcó entre el balonmano y la música y escogió seguir en el sendero que marcaría su devenir profesional: “Lo tuve que dejar porque llevaba estudiando música desde los ocho años y era incompatible compaginar las clases con los entrenamientos. Me dio pena porque me lo pasaba bien y me gustaba el buen ambiente. Incluso íbamos a ver los partidos del primer equipo con el resto de categorías”.

Aunque continuó disfrutando del balonmano y el Sargal yendo a los partidos con sus tíos, admirando a jugadores entre los que destacaba el danés Kim Jacobsen. Poco tiempo después, pudo aunar balonmano y música al apoyar al equipo con la charanga de la peña El Biberón. Lo que fuera la Furia Conquense de antaño viajaba con el club para alentar a los jugadores desde la grada. En esta época, Míriam ubica una de sus anécdotas más divertidas en un viaje a Barcelona para jugar contra el rival invencible: “Ganaron ellos con un resultado muy ajustado por una decisión arbitral. Nos dijeron que comenzáramos a tocar el Y viva España de Manolo Escobar y tuvimos que salir escoltados”.

TRAS EL DEPORTE DE COMPETICIÓN, EL DEPORTE PARA LA MÚSICA

Reconoce que su práctica deportiva se redujo tras dejar el balonmano, pero siempre ha intentado mantenerse en forma para mejorar su capacidad pulmonar con el saxofón. Ahora realiza senderismo y disfruta de las rutas por la zona del Júcar y de Palomera, aunque sin duda su debilidad siempre será el paseo de Los Hocinos durante la primavera.

Con un brillo melifluo en su mirada, confiesa que desde hace unos meses ha vuelto también a montar en bici. No podría tener mejor compañero: su sobrino Daniel. Míriam desempolvó su bicicleta ante la petición de Daniel de salir juntos por los parajes conquenses con los mismos nervios que corretean por el estómago de un músico a punto de debutar en su primera actuación. “La primera noche antes de salir era como si tuviera miedo escénico porque no sabía si iba a ser capaz, pero luego lo conseguí y me motivó. Me hace ilusión que me diga que nos vayamos juntos. Antes sola me iba por la zona de la playa y el Terminillo”.

Además de acudir al Sargal para animar al Rebi Cuenca, también ha sido socia de la UB Conquense durante varios años. Reconoce que, al igual que la música, le encandila el deporte en vivo: “Por eso también me gusta más ver los partidos en un bar, porque hay más ambiente”.

Y es que Míriam le pone talento y pasión a todo aquello que hace. Quizás sea esta la clave de sus éxitos, tanto los deportivos como los musicales. Aunque los primeros pudo haberlos ampliado, decidió seguir la melodía y hacer del auditorio un estadio, de la docencia musical un entrenamiento diario y de cada concierto un partido en el que siempre gana su debilidad: la música.

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Laura Benedicto Melero