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El conquense Javier Muñoz triunfa en el Teatro Auditorio de Cuenca con su viaje por el mundo las conciencias

Todo el mundo tiene sus sueños y aspira a conseguirlos en algún momento de su vida, pero cuando lo tienes al alcance de la mano no es fácil lidiar con la presión de cruzar esa meta que te has impuesto. El temido síndrome del impostor, esos demonios internos que te dicen que no eres capaz o no te lo mereces, ese autoboicot en el que irremediablemente caes cuando estás tan cerca… Pero el conquense Javier Muñoz salió airoso de su estreno en el Teatro Auditorio de Cuenca, su gran sueño como ha repetido en infinidad de ocasiones en otras tantas entrevistas que le han hecho. Porque ahora sí, ya puede presumir de haber cumplido con lo que tanto ansiaba desde que le entró la vena de la interpretación y puso en pie a todo el coso conquense gracias a su obra ‘Mi mundo es otro’. Precisamente, una obra que tiene mucho de él, pero en la que todos nos sentimos identificados debido a ese eterno dilema acerca de ser uno mismo o pretender ser como los demás quieren.

Estrenada este mismo año en el Teatro Amaya de Madrid, llegó a Cuenca en una única función este sábado 15 de mayo. Durante algo más de hora y media, el elenco se lo pasó en grande y se lo hizo pasar en grande a todos los asistentes al auditorio (todavía limitado en aforo por la pandemia, aunque agotó todas las entradas disponibles), también ansiosos por ver qué trabajo había salido de la mente del artista conquense.

Bajo la dirección de Ángel Villaverde, una banda sonora trabajada por Lírica Cuántica y a cuyos tres números musicales ponían voz Javier Muñoz, Belinda Wasinghton y Diana Tobar, esta tragicomedia brilló durante toda la puesta en escena. Además, se notaba el mimo en todos los detalles para que saliera a la perfección. No obstante, cabe destacar que este proyecto personal del conquense (del que es guionista, productor y actor) lleva cuatro años de trabajo a sus espaldas y ha ido puliendo detalles hasta perfeccionar al máximo la obra.

La historia narra la llegada a Cuenca de Laura (Irene Rojo) el día antes de su boda (en las actuaciones en Madrid, la ciudad a la que llega es Valladolid y, precisamente, las actrices hacen varias bromas al respecto). Sus dudas acerca de qué camino tomar la consumen y no sabe si está actuando siguiendo los designios de su corazón o, por el contrario, está obrando merced a lo que le imponen. Para ayudarla a tomar una decisión están la Buena Conciencia (Raquel San Felipe) y la Mala Conciencia (Nazaret Aracil), aunque también ponen de su parte para complicar el destino de la chica protagonista tanto su madre (Belinda Washington), una antigua novia llamada Raquel (Gadea Barceló) y su amiga Sara (Diana Tobar). Todo un cóctel de emociones para Laura durante hora y media y con la que el público logra conectar para entenderla y comprenderla.

Es en ella en quien recae todo el peso dramático de la obra, reservando la parte más cómica para las dos conciencias, cuyos momentos fueron de los más divertidos de la obra y la conexión entre ambas actrices provocó momentos desternillantes, risas incluidas por parte de las dos intérpretes que no pudieron aguantarse las sonrisas merced a las situaciones de extrema locura que se dan sobre el escenario. Esa naturalidad, frescura y complicidad fueron recompensadas por un público que aplaudió en todo momento y que disfrutó con la obra.

Sin querer entrar en spoilers, en esta crítica teatral hemos reservado la parte final para el Gurú de las Conciencias, papel que interpreta Javier Muñoz y que también sufre una evolución en su personaje al vivir un debate interno muy similar al de la protagonista. En su caso, las muecas, gesticulaciones, sus idas de olla y sus chascarrillos de la sociedad actual le otorgan frescura, comicidad y naturalidad a la obra. Por si fuera poco, Javier Muñoz aprovechó el estreno en Cuenca para reescribir algunas partes y poner referencias de la ciudad que fueron una delicia para todos los espectadores. Una muestra más del mimo con el que cuida la obra en cada pase.

En definitiva, la sensación que transmitieron sobre el escenario fue muy clara: el elenco se lo pasó genial. Así es mucho más sencillo hacer disfrutar a los espectadores, porque cuando el grupo que hay detrás de una obra teatral cree al cien por cien en su proyecto es mucho más fácil conectar con el público y, tras lo visto en Cuenca (como también ha sucedido en Madrid), se puede afirmar que lo consiguieron. Una obra fresca, genuina y que invita a reflexionar en cuanto baja el telón.

Si de por sí la obra tiene su parte emotiva, cabe reseñar que al final de la actuación, los espectadores volcaron todo su cariño con varios minutos de aplausos a todo el elenco, en especial con el creador Javier Muñoz. Al intérprete conquense de 37 años también le tenían reservada una sorpresa sus familiares, al entregarle un ramo de flores al término de la obra. Ya puede ir acostumbrándose, porque su pasión, talento y esfuerzo son garantía de éxito y, seguro, tendrá muchas más noches para recordar.

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