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Fallece a los 89 años el periodista y escritor conquense Raúl del Pozo

Día triste para la sociedad conquense, tras la muerte de Raúl del Pozo (La Torre, junto a Mariana, 1936) a los 89 años. Ha fallecido en Madrid, ciudad en la que se asentó hace más de medio siglo y donde ha realizado su oficio en una clase magistral tanto como escritor, periodista y cronista político.

Hijo de la serranía conquense, sus primeros años de vida transcurrieron en los campos del Campichuelo, en una de las etapas más truculentas de la historia española (no obstante, nació en plena Guerra Civil y su infancia transcurrió en tiempos de posguerra). Y mientras pescaba truchas, recogía melones o curtía pieles, conoció la biblioteca, donde descubrió a Quevedo, Pío Baroja, Shakespeare… La pasión por la lectura fue gasolina suficiente para dar rienda suelta a una mente repleta de imaginación y que quiso compartir con los demás ejerciendo de maestro rural.

En 1960 dejó atrás su labor en la enseñanza para ingresar en otra de sus pasiones, el periodismo, concretamente en El Diario de Cuenca. Como buen periodista que siempre tiene una historia que escribir en el cajón, en ese primer año también empezó su andadura en la literatura con Hay gorriones en la tumba de Judas (1961), escrita con la frescura de un principiante deseoso de contar, de rabiar y de amar, también con ese punto pícaro que siempre ha acompañado a Raúl del Pozo en su peculiar vida.

Mediante autostop llegó a Barcelona, tras dos días de viaje desde Cuenca, y se afincó en una ciudad condal en la que sobrevivió mediante pillerías (ya fuera mediante hurtos, timbas o trileros). Una vida golfa, que no golfo, que le vino de perlas para su fulgurante trayectoria literaria. Y eso que en Barcelona, escribir, lo que se dice escribir, no lo hizo, pero sí que fue fundamental para poder hablar de Raúl del Pozo en su vertiente escritora.

A Madrid llegó en 1964 tras dos años en Barcelona . Asiduo al Café Gijón, se codeó con grandes nombres literarios hasta que él se convirtió en uno más. Camilo José Cela, Gerardo Diego, Buero Vallejo… son solo algunos de los grandes personajes que conoció en ese reconocido vestigio cultural.

Su carácter afable, su facilidad para la charla y su capacidad de observación le convirtieron en un gran compañero e hizo amistades con los tertulianos del Café Gijón hasta el punto de que Francisco Umbral le consiguió trabajo en Eurofoto, donde aprovechó su amistad con unos poceros de Cuenca trabajando en Madrid para desarrollar su primer gran reportaje: Madrid, amenazada por las ratas. Aguantó diez años en esa redacción para dar el salto a Pueblo, mientras seguía merodeando la noche en una época en la que era habitual verle junto a Paco Rabal.

Como periodista vivió en primera persona momentos únicos, como el lanzamiento del Apolo 11 desde Cabo Cañaveral para hablar de los que, poco después, se iban a convertir en los primeros en pisar la Luna. Tampoco nos podemos olvidar de su exclusiva en El Mundo acerca de los papeles de Bárcenas También fue un excelente cronista parlamentario en otra etapa muy convulsa de la historia de España, como fue durante la Transición. Por entonces ya era un clásico en el Café Gijón, a la par que se convirtió en una de las firmas más prestigiosas del periodismo (lo cual ha mantenido hasta el fin de sus días).

Literariamente hablando, Carmen Balcells (dueña de una de las agencias literarias más prestigiosas) le llamó a filas. Y puede presumir de haber escrito biografías de Massiel, Bernabéu o El Cordobés, también de desarrollar un buen nombre dentro de la novela negra española y, además, de haber sido muy prolífico (en 2024 lanzó su último trabajo, La primera Manhattan). Además, jamás se olvidó de sus orígenes y Cuenca siempre ha estado muy presente en su obra, como en Ciudad Levítica (2001) o El reclamo (2011).

Y con ella despegó también en este mundo a la par que se codeaba con presidentes como José María Aznar o José Luis Rodríguez Zapatero. Todo sin dejar de lado su pasión por las timbas o la noche, ya que también era común verle jugar en el Casino de Torrelodones.

Su legado se mantiene vivo, como con el Premio de Periodismo de Opinión Raúl del Pozo que instauró El Mundo, su último refugio dentro del periodismo y en el que ha sido maestro de grandes firmas como Manuel Jabois o David Gistau, entre otros.

La muerte le ha ganado la partida, como hace a todos, pero su vida siempre quedará para el recuerdo.

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Alberto Val