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Camino errante

Llevo muchos días caminando casi sin parar; prácticamente no he descansado nada, desde que oí aquella voz interior que me dijo que estaría en el momento más importante de la historia pasada, presente y futura. Ya estoy muy vieja, con pocas energías y sin muchos ánimos, pues mi vida ha sido muy dura; he trabajado mucho desde muy joven y he recibido muy poco a cambio, casi nada, si acaso golpes y malas palabras; por el contrario, he tenido que hacer faenas muy laboriosas, sin descansar casi nunca, pero no me he quejado y siempre he obedecido a lo que me mandaban.

Por eso, cuando hace unas noches escuché aquella voz dentro de mí, al principio, pensé que era imposible pero me he ido convenciendo de que puede ser verdad, aun siendo yo alguien tan insignificante. La recuerdo como si me estuviera hablando ahora mismo: me dijo que dentro de poco tendría que encontrar un lugar donde iba a acontecer un suceso maravilloso, el más importante de todos los que hasta ahora han ocurrido y que no volverá a ocurrir jamás.

Pensé que eran cosas mías, cosas de mi imaginación, tal vez por mi edad, ya avanzada. Pero después he decidido buscar ese lugar, aunque el desánimo cunde en mí porque no he vuelto a tener ninguna otra señal que me dé esperanzas de lograrlo.

Sigo caminando, lentamente, pues ya no puedo andar como antes. Cuando era joven… ¡Qué tiempos! Entonces si me sentía ágil y fuerte, no como ahora que me duelen todas las articulaciones y cada vez me cuesta más moverme y no digamos correr, eso lo tengo ya olvidado.

Estoy muy cansada y veo una pequeña laguna. Decido acercarme para beber un poco, pero me doy cuenta de que en la orilla hay unos niños; entonces me pongo en guardia pues a veces me tiran piedras cuando me ven o se acercan a mí con palos en las manos y con malas intenciones y, claro, tengo que aligerar el paso y eso me cuesta mucho.

Recuerdo la última vez que recibí una pedrada. Me estuvo doliendo bastante tiempo y no querría que me pasara de nuevo.

Lentamente, decido acercarme al agua, pero con mucha precaución. Los dos niños hablan entre ellos y me miran, pero no parece que vayan a hacerme nada; tienen algo en las manos, parecen unas redes de pesca. Sí, son unas redes y están doblándolas para echarlas en una barca. Oigo que uno le dice al otro:

–       Vamos Andrés, que se va a hacer de noche y tenemos que dejar esto preparado para mañana.

Y el otro le contesta:

–       Sí, démonos prisa, porque padre estará esperándonos ya.

Por la conversación he sabido que eran hermanos y que el mayor se llamaba Simón. Parecían buenos chicos, no como otros, y no han tenido la más mínima intención de tirarme piedras.

Veo que cerca hay un pequeño pueblo, de casas humildes. ¿Será ahí donde tenga lugar el suceso tan extraordinario?

Me acerco sigilosa, con cautela, pero a la entrada veo otros dos niños que están con su padre. Remiendan otras redes de pesca y he oído también sus nombres, se llaman Santiago y Juan, son hermanos y el padre se llama Zebedeo. Éstos tampoco han tenido malas intenciones conmigo, al contrario, parece que les he dado pena e incluso han sonreído al verme; estoy segura que de mayores serán buena gente.

La noche está a punto de caer y empieza a hacer frío. En esta época del año las noches son especialmente gélidas y, aunque yo me he acostumbrado ya, este invierno parece que está siendo más duro que los anteriores.

Busco un refugio para descansar hasta que amanezca y encuentro una pequeña cueva donde me acomodo. Aquí pasaré bien la noche, por lo menos creo que no habrá ningún peligro y mañana por la mañana podré seguir mi camino.

Al día siguiente continuo mi marcha, pero cada vez voy perdiendo más la esperanza de que se haga realidad esa misteriosa voz que escuché hace unos días.

De todas formas sigo y sigo caminando sin parar, deteniéndome apenas para comer un poco o beber agua y para dormir por la noche. A pesar de que estoy desanimada continúo buscando ese momento histórico en el que debo estar presente, pero me gustaría recibir alguna otra señal, no sé ni donde ni cuando va a ocurrir.

Han pasado ya bastantes días desde que tuve lo que ya creo que fue un sueño. He perdido casi totalmente la esperanza de que se haga realidad y, sin embargo, sigo buscando ese lugar y ese momento.

Las fuerzas  me van fallando, debo encontrar un sitio donde pasar la noche. Miro el cielo. Hoy está especialmente hermoso, las estrellas brillan, la noche es maravillosa… Pero tengo que darme prisa en hallar un refugio. Me doy cuenta de que estoy llegando a un pueblo. Camino ya casi sin fuerzas, me dejaría caer en el suelo, estoy extenuada, estos últimos días he andado casi sin parar y, a mi edad, ya me resulta difícil aguantar este cansancio.

De repente, veo un portal, tal vez allí pueda acomodarme para pasar esta noche. Me acerco despacio, sin hacer ruido, y percibo que hay una luz muy intensa en el lugar.

Al llegar veo a un niño recién nacido acostado en un pesebre. Es un niño precioso, que sonríe y patalea alegremente a pesar de que la noche es muy fría. Sus padres están con él. Él es un hombre alto, con barba y tiene una vara en la mano, sin embargo sé que no me va a hacer nada malo.

La madre está sentada al lado del niño. Es una mujer joven, muy guapa, mira a su hijo con una dulzura que nunca había visto en nadie. A su lado hay un buey, seguro que ha llevado este animal una vida como la mía, a lo mejor es otro elegido como yo. Me acerco sin prisa y veo que en lo alto hay alguien; no es una persona, ni un pájaro, aunque tiene alas y desprende una luz cegadora. Entro en el portal, me acerco al niño y le echo mi aliento para calentarlo. Él sonríe y me mira feliz. Nunca podré olvidar esa mirada radiante. En ese preciso instante comprendo que esta era la misión que tenía encomendada. Su madre me acaricia el hocico. Me pongo al lado del padre y me quedo allí quieta. Aunque mi inteligencia es muy escasa, sé que estoy en el lugar donde debo estar.

De repente noto que se acerca alguien hacia aquí. Son pastores que llegan a ver al niño recién nacido. Le traen pequeños regalos y lo miran con alegría. Es gente humilde pero de corazón limpio.

Me queda poca vida, pero ya he cumplido con mi destino. No ha sido como yo pensaba al principio, no ha habido ni palacios, ni tesoros, ni abundancias de ninguna clase, todo lo contrario, pero ahora estoy segura de que he vivido el momento más glorioso de todos lo tiempos y he cumplido con lo que se me encomendó; esto me reconforta enormemente y me hace olvidar todo lo que he sufrido en mi vida.

 

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