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Adriana Semprún: el arte de hablar con el cuerpo

Nacer, vivir, crecer y disfrutar de la magia de la danza. Adriana Semprún habla, emociona e interpreta con su cuerpo. Para ella, la vida es un baile onírico, una función que acompaña nuestros días con música y diferentes movimientos que transmiten emociones. Por ello, Adriana considera que saber trabajar el cuerpo es vital para el deporte.

Vivir en una casa de amantes del deporte le ayudó a incorporar la actividad física a su día a día. “He estado toda la vida ligada al deporte, lo he mamado en casa. Mi padre incluso jugó al baloncesto y al voleibol”. Su hermano también ha sido el encargado de guiar sus pasos y de su mano aprendió kárate. Asistía a sus clases y a las competiciones, tratando de imitar así sus movimientos: “Nunca llegué a apuntarme, pero sí que recibí algún que otro golpe”, confiesa entre risas Adriana, que también es fiel seguidora del San José Obrero por el pasado futbolístico de su hermano, el capitán Javier Semprún.

Antes de introducirse en el deporte que marcaría su vida, Adriana asistió a clases de baloncesto (donde su mayor destreza era la puntería, como buena gimnasta) y a natación. En el agua empezó con tres años y acabó con seis, combinando los clubs privados con las escuelas municipales. “Hubo posibilidad de entrar en el club, pero dejé todo por la gimnasia rítmica”, que copaba por completo su tiempo y su dedicación.

La gimnasia rítmica, su mayor pasión

Con cinco años pisó el tapiz por primera vez y hasta los dieciséis no se bajó de las punteras. Lo hizo obligada por una lesión en la espalda que la apartó de la disciplina y del club de su vida. El CD Huécar fue, sin duda, su segunda casa. Cruzaron los caminos primero como gimnasta y más tarde como técnico corporal.

Se enamoró de la elegancia de este deporte cuando vio al club competir en el Solán de Cabras, por entonces patrocinador del Huécar: “Le dije a mi madre que quería probar y estuve un mes en las escuelas municipales, porque directamente me pasaron al club”.

En su palmarés no fallan las medallas regionales y alguna que otra participación nacional, pero con lo que se queda sin duda es con las vivencias. Recuerda a sus mentoras, Esther Martínez y Natalia Arias, y tampoco olvida los viajes. Las compañeras pasaban tanto tiempo juntas que formaban una pequeña familia que surcaba el país en autobús en busca de nuevos campeonatos. “En el ambiente de la competición había muchos viajes, entonces la experiencia de viajar con los compañeros, los padres, las noches de hotel, los retos de las competiciones grandes… me encantaba”.

Los valores aprendidos en este deporte han hecho mella en Adriana, que evoca con nostalgia su pasado como gimnasta: “Es un deporte agridulce porque es muy exigente y luego en 90 segundos acaba todo. Pero algo tiene que todas las que nos dedicamos a ello, aunque se vea el sufrimiento, a todas nos encanta. Nunca se sale de la gimnasia”.

Tras marcharse a estudiar danza a Madrid, regresó a Cuenca en 2005 ante la jugosa llamada del Huécar, que se presentaba con un proyecto compacto y novedoso para sus escuelas. Por ello, conoce y reconoce el trabajo que realizan las escuelas deportivas de Cuenca: “Los clubs de esta ciudad tienen un mérito mayor porque entrenan con lo que pueden. Es para aplaudir los éxitos que están teniendo en estas condiciones, con pocas instalaciones para tanta gente”.

Adriana enseñaba a sus alumnas la pasión por el deporte que ella mismo vivió desde dentro. Recuerda la convocatoria de Lucía Romero con la selección española y el ejercicio de manos libres que le preparó a la gimnasta, en el que brillo bajo un halo especial. También ha grabado en su retina el conjunto de mazas infantiles que dirigió y con el que realizó un papel sublime en el campeonato de España, consiguiendo la puntuación más alta entre los clubs de la región.

Adriana Semprún explicando un ejercicio

Y es que para Adriana crear una coreografía es poder aunar sus dos pasiones: la danza y la gimnasia rítmica. En este proceso creativo se sumerge en una apnea profunda que le ayuda a potenciar las virtudes de cada gimnasta. Es, dice, “una experiencia maravillosa. Para mí, sacar lo mejor de cada uno a través del cuerpo es arte”.

Como técnico corporal, no solo ha acompañado a gimnastas: también estuvo un tiempo acompañando a patinadoras y a deportistas de ámbitos diversos de manera privada para ayudarles a mejorar esta faceta. “Mi especialidad es preparar el cuerpo, la consciencia corporal”. Recalca que, gracias a la evolución que ha experimentado el deporte en los últimos años, la labor de los preparadores físicos está más valorada en la actualidad: ” Hace 20 años esa alineación corporal solo la encontrabas en los bailarines contemporáneos. Son pequeños detalles técnicos que se estudiaban solo desde la danza, pero ahora eso ya no es así y no se cuestiona que todo club necesita un buen preparador físico”.

El paso del tapiz al escenario no fue nada fácil. Su problema en las vértebras le obligó a dejar las mazas y a coger las riendas del baile. Dejó la gimnasia de élite, pero su cuerpo seguía bailando al son de la música y, por ello, también se introdujo de lleno en el mundo del fitness, siendo monitora de gimnasio y de aeróbic.

Aunque sin duda quien la rescató de las garras de una lesión que parecía perenne fue el yoga. “Ahora también soy profesora de pilates y de yoga. He pasado de la parte explosiva del deporte a la parte de cuidar el cuerpo. La técnica de estos deportes es lo que te da salud y es lo que a mí me salvó con la lesión. Cuando me dijeron que por mi lesión no podía bailar, me salvó el yoga. Por eso lo predico, porque ahora, 15 años más tarde, puedo estar bailando seis horas al día”.

 

De mayor, periodista deportiva

Hija de periodistas, lleva en la sangre el arte de narrar. Ahora, lo hace con el cuerpo, pero en su día también utilizaba las palabras: “Vivir el deporte desde el periodismo me parece muy divertido. Eso sí, te tienes que especializar en uno para disfrutarlo bien. Unificas la parte de aficionado y la parte bonita del periodismo (cubrirlo en el momento y poder contarlo)”.

Abandonó los micrófonos por falta de tiempo, pero no se marchó sin antes haber cumplido algún que otro sueño. De pequeña ya demandaba en la televisión poder disfrutar de más eventos deportivos, pero recuerda que entonces escaseaban las retransmisiones. Fue aquella niña la que años más tarde cubriría competiciones de alto voltaje, como el Mundial de Gimnasia Rítmica de Guadalajara: “Fue la primera copa del mundo que cubrí como periodista y para mí era como la cumbre”.

Aún alejada del periodismo, continúa colaborando con medios de manera esporádica y reconoce su labor. Sigue pensando que en ciudades como Cuenca “el papel fundamental del periodismo es seguir apoyando el deporte, porque si no se le da visibilidad a algo parece que no existe”.

De adolescente se apuntaba a todas las competiciones populares. No le importaba coger un balón que una raqueta, ir a ver a su hermano o al balonmano, la cinta que el aro. Su único objetivo era el de alinear el cuerpo con la belleza cargada de connotaciones de sus movimientos, siempre medidos, pero libres; elegantes, pero explosivos, improvisados, pero sinceros. Y así, años después de subirse por primera vez a un escenario, continúa hablando con la sonrisa, confirmando con la mirada y comunicando, siempre, con el cuerpo de una deportista nata.

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Laura Benedicto Melero