Combinar deporte y danza es la base de la rutina diaria de Virginia García. La bailarina conquense ha conseguido dibujar el arte del baile flamenco y trazarlo a través de finas pinceladas con el deporte como eje vehicular: “El deporte y la danza me han ayudado a sacar mi energía y me ha conectado con la alegría y con la autosuperación para hacerlo cada día un poco mejor”. Pero antes de representarlo sobre el escenario, ya aunaba estas dos facetas en su pueblo natal: Huélamo.
Todavía recuerda jugar al fútbol en las eras, acudir al frontón o hacer senderismo en pleno contacto con la naturaleza serrana. Tampoco olvida dar aquí sus primeros pasos en el mundo del folclore gracias a las clases de paloteo. Se podría decir que en Huélamo comenzó también su primer contacto con la competición al ganar la mítica carrera de La Joya: “Hasta hace poco guardaba incluso el premio que me dieron. Íbamos descalzos y con ropa blanca, como marca la tradición”.

De talante inquieto, necesitaba canalizar sus nervios y encontró en el deporte su mejor aliado. Se apuntó a baloncesto y acudía a clases en el ya derruido polideportivo Luis Yúfera. Su metro sesenta de altura no la amilanaba para practicar tapones o tiros a canasta, como tampoco le achantaba en su posición como defensa cuando comenzó a competir en fútbol sala: “Jugaba de defensa en el equipo de San Fernando con Óscar como entrenador. Era un muro atrás, pero meter gol se me daba fatal”.
Aunque sin duda la disciplina que ha sobrevivido al paso del tiempo ha sido la danza. Con tan solo ocho años comenzó a acudir a clases extraescolares en su colegio: “Hacíamos ejercicios aeróbicos y anaeróbicos, aunque era deporte ligado a la música, no a la competición. Como la exigencia es tan alta en la danza, el cuerpo me ha pedido que lo cuide, en gran medida a través del deporte, fortaleciendo mis músculos y mejorando mi capacidad pulmonar para aguantar en las coreografías”. Continuó aprendiendo en diferentes academias de Cuenca hasta que al cumplir 18 años decidió trasladarse a la capital para seguir creciendo como profesional.

Ya en Madrid se topó con alguna que otra dificultad: las vicisitudes de una carrera de fondo le permitieron entrar en la escuela Marta de la Vega, pero no en el Conservatorio. Lejos de frenar su camino, decidió emprender una nueva ruta y puso rumbo hacia Sevilla, en un centro de alto rendimiento vinculado con el ballet flamenco de Andalucía: “Era una formación muy exigente, con nueve horas de clase al día. Allí pude presentarme al grado superior de danza”.
Muestra de su perseverancia, tras años en la capital andaluza regresó a Madrid y esta vez por fin pudo cumplir su sueño de cursar los estudios superiores de danza en el conservatorio María de Ávila de Madrid. Allí aprendió danza española y todo lo que esta entraña: desde el folclore, pasando por la escuela bolera o el flamenco: “El deporte y la danza me han ayudado a sacar mi energía y me ha conectado con la alegría y con la autosuperación para hacerlo cada día un poco mejor”,
Pudo entonces terminar los cuatro años de superior en el conservatorio María de Ávila de Madrid. Quise estudiar ahí para poder tener la mejor formación posible. “Son bailes muy enérgicos, fuertes y rápidos, con saltos y giros. Por ello necesito un cuerpo muy preparado a nivel físico. Aunque he aprendido otras disciplinas como danzas africanas o baile contemporáneo. También aprendí folclores de Brasil y Argentina porque hice allí mi trabajo fin de carrera”.
Hace un lustro decidió regresar a sus raíces y empezar a plantar la semilla de lo que hoty es Ria Pi Tá, su escuela de baile. “Aquí compagino la pedagogía con el arte del escenario. Lo planteo como en el deporte: entrenas durante la semana y el fin de semana juegas. Está muy bien ir a clase, pero luego hay que compartirlo, en nuestro caso, en un escenario que tenemos en la escuela”. A las cinco horas diarias de baile le añade una rutina en el gimnasio, donde combina ejercicios aeróbicos en bicicleta y musculación: “Es muy importante para mí, porque por ejemplo el año pasado hice dos bailes con mantón y llevaba peso en los brazos. Completo la rutina corriendo media hora al día si no puedo ir al gimnasio.”
En sus clases intenta concienciar de la importancia de cuidar el cuerpo y la mente para canalizarlos a través de la emoción: “Lo que siempre digo es que el cuerpo es el medio y me ayuda a conocerme mejor y a conectar con mis emociones”. Por ello, incorpora en sus calentamientos movimientos de deportes como el pilates o el yoga: “Yo pienso que, si alguien se quiere dedicar a bailar, tiene que hacer deporte. Es importante estar fuerte físicamente para que cuando uno se ponga a bailar no tenga ese hándicap para poder expresar todo lo que quieres porque no te deja el cuerpo”.

En este 2022, el deporte ha estado más presente que nunca en el baile de Virginia. La bailaora ha sido la encargada de preparar la coreografía de apertura de los primeros “ACDC Awards” en Cuenca: “Al menos una vez he practicado esos deportes para compaginar los movimientos de cada disciplina con la danza en esta coreografía”.
Lejos de encasillarse, Virginia ha probado otros deportes como el piragüismo, la escalada o el pádel, aunque su máxima en todos ellos es la de pensar que nuestro cuerpo es un regalo que debemos mimar. En torno a este mantra prepara su próximo espectáculo, titulado precisamente “Tu cuerpo, un regalo”, igual de valioso que el arte y la pasión que transmite en cada uno de sus movimientos.


































































