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Alberto Lumbreras: “En Portugal casi tiré la toalla por una sinusitis, pero los deportistas somos de otra pasta”

Concentrar más de treinta años de carrera deportiva en unas cuantas líneas es tarea imposible. Tantas anécdotas, horas de entrenamiento y logros guarda Alberto Lumbreras desde que se subió a una piragua con 12 años que no sabe por dónde empezar. Comienza por el principio: “Me inicié con Justino en el club Las Grajas, era el único que había en Cuenca. Me enganché y hasta hoy. Luego se hizo la Escuela Municipal de Piragüismo en la playa artificial. Ahí estuvimos varios años con el Club Universitario Piragüismo Cuenca”.

Así disfrutó de sus primeros pasos en aguas dulces: “Es muy difícil comenzar, sobre todo aquí en Cuenca con el frío que hace. Vuelcas muchas veces y es un deporte muy técnico, hasta que logras adquirir el dominio de la embarcación es un proceso muy motivante”. Aunque con humildad no se reconoce como uno de los estandartes de la disciplina en Cuenca.

Como socio fundador del club Piragüismo Cuenca en el año 2000, ha sido uno de los primeros impulsores de este deporte en la ciudad. Aquí estuvo hasta 2018 y desde el principio conoce bien lo que significa la palabra sacrificio: “A veces se te pasa por la cabeza decir: “¿Qué hago aquí?”. Pero como empezamos desde pequeños nos hacemos duros. He tenido altibajos, pero nunca lo he dejado, salvo obligado por lesión”.

Apasionado de la competición en equipo, siempre ha preferido el K2 y el K4: “Los barcos de equipo normalmente son mucho más motivantes, pero también son mucho más complicados. El objetivo es convertirte en uno tanto en la forma de remar como en la forma de dosificar.  Tienes que conocer mucho a tu compañero y confiar. De nada sirven las calidades individuales”. Recuerda a su compañero Javier Morillas, con el que estuvo años compartiendo paladas: “Acoplamos bien por la forma y el estilo de remar (…) En cuanto a velocidad, llegamos a estar a un nivel muy alto. En categoría absoluta solo nos ganaba gente que iba a los Juegos Olímpicos”.

Ha disfrutado del deporte tanto dentro como fuera de la piragua: ha sido palista, entrenador, director técnico, árbitro e incluso miembro de la Federación Española. Reconoce que enseñar los entresijos de este deporte a sus alumnos también le entusiasma. “Cuando regresé de la Universidad me centré más en la faceta de entrenador. Hubo una época en la que disfrutaba mucho porque el club lo hicimos entre unos poquitos, lo vimos crecer y cuando vinieron los mejores resultados deportivos lo pasé muy bien”.

Aunque ahora continúa inmerso en la competición como palista, sobre todo tras entrar en el Club Aranjuez, uno de los más prestigiosos  en el panorama nacional. Aquí ha competido en este 2022 en categoría máster, una temporada fructífera en su primer año en el grupo de 45 a 49 años. Siendo benjamín en esta franja de edad, reconoce que ha notado el salto cuantitativo y cualitativo: “Con los años vas perdiendo un poco la explosividad, la fuerza, el equilibrio…. Te vuelves más diésel si hacemos un símil. Pero sigues haciendo marcas muy buenas, por ejemplo, en un 5000 puedo tener un tiempo de un sénior medio, pero con ellos en la carrera sales con mucha desventaja porque van más rápido y dan más tirones. Nosotros tenemos un ritmo más continuo”.

Alberto considera que la experiencia es un grado y hace alarde de su veteranía. “Cuando llevas tantos años sabes que las competiciones no se ganan al principio, aunque sí que se pueden perder. Los porteos, los cambios de dirección… ahí sí que se pierde o se gana una carrera”. Esta buena lectura de las carreras le ha hecho obtener triunfos como el del pasado mes de septiembre en el Mundial Máster de Maratón en Portugal o el año anterior en la misma competición en Rumanía: “Este año, cambiando el grupo de edad, se supone que eres de los más jóvenes y mi idea era tener un buen resultado. Pero la inscripción  era muy elevada. Además, Galicia está cerca de Portugal y por proximidad había mucho más nivel competitivo. Pese a ello me salió muy buena regata”.

Y tanto que realizó un gran papel. Quedó séptimo en K1 y se llevó un dulce sabor de boca tras tantos tragos amargos, sobre todo por los problemas de salud que también le han impedido desarrollar su actividad con normalidad. “El piragüismo no es un deporte profesional. Por eso me quedé muy contento en Portugal, porque cuesta mucho llegar y por eso le das mucho más valor cuando obtienes resultados”.

En K2 compitió junto a Raúl Piñeiro pese a haber entrenado solo un día antes juntos: “Yo me puse delante. Normalmente en barcos de equipo te tuerces y pierdes el equilibrio. Pero acoplamos bien y conseguimos la plata”.  Pese a compaginar trabajo y entrenamiento ha llegado en un estado físico positivo: “Ahora le das más valor al deporte porque te tienes que sacrificar mucho más para sacar horas de entrenamiento”.

Las amistades y el disfrute ya están por encima del galardón final, más propio de su gen competitivo durante la juventud: “El resultado es importante, pero ahora la satisfacción personal vale más”. Lo que sí mantiene intacta es su rutina exhaustiva y pautada. Entrena seis días por semana, controlando bien las horas de descanso y, sobre todo, la alimentación con la nutricionista Pilar Sebastián. “Completo con un poco de crossfit y con carrera los fines de semana, cuando también aprovecho para realizar sesiones más largas”.

En breve comenzará a prepararse para las próximas competiciones. Las más duras le aguardan en marzo de 2023 en el campeonato de España de invierno. Pero asegura que ya dosifica fuerzas: “Con la edad aprendes a conocer tu cuerpo y sabes cuándo tienes que parar. Aunque los deportistas somos muy cabezotas. En Portugal casi tiré la toalla por la sinusitis, pero los deportistas somos de otra pasta, somos muy tenaces”.

Repasa algunos de sus logros, innumerables pero todos memorables: destaca la primera regata que ganó todavía siendo cadete, también el Príncipe de Asturias, las pruebas de mayor velocidad en Miranda del Ebro o el propio descenso del Sella. Tampoco olvida su primer Mundial Máster en Roma. No resulta sencillo quedarse con un triunfo o un solo recuerdo dentro de una trayectoria tan extensa y fructífera como la de Alberto Lumbreras.

 

 

 

 

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