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En el corazón de un futbolista

En el corazón de un futbolista hay un alma que late y siente como la tuya o la mía. A veces parece que lo olvidamos y creemos que un jugador es una máquina perfecta, un robot programado que ni siente ni padece. Escribo este artículo de opinión con la única intención de intentar hacer ver que un futbolista sufre cuando se le falta al respeto sin ningún pudor, en muchas ocasiones a través del medio que hoy en día se ha convertido en un arma cotidiana para la sociedad del siglo XXI, las redes sociales. Un arma que atenta contra nosotros mismos perdiendo nuestra educación y valores inculcados por nuestros mayores, como es el respeto hacia los demás.

Se puede y se debe criticar, porque la crítica es fundamental para aprender y progresar y con ello poder mejorar. Pero en muchas ocasiones pasamos de la crítica al insulto, descalificaciones de cualquier tipo sin valorar las consecuencias que puedan tener las palabras que vertimos sobre otros y puedan herir su sensibilidad. Todo escondido detrás de un perfil y una foto que nos tapa el rostro con lo que disparamos fuego a discreción. Para mí aquí reside la diferencia entre crítica y falta de respeto. Una opinión de un simple aficionado que se siente afortunado de vivir el fútbol desde lo más profundo de su corazón.

Respeto y educación es lo que me ha llevado a ganarme la confianza de muchos jugadores. Ellos depositan en mí una confianza que es recíproca, porque yo ante todo respeto su trabajo. Un trabajo que como en otro cualquiera se pueden tener días mejores y días peores. Como en todo nos gusta sentirnos valorados cuando lo hacemos bien y que nos digan nuestros fallos, con educación, cuando lo hacemos mal. El mundo del fútbol me ha enseñado que lo bien hecho dura en la memoria de la gente muy poco y cuando lo hacemos mal nadie recuerda lo hecho anteriormente y simplemente se machaca sin importarnos cómo pueda sentirse la persona cuando la ofendemos por “real decreto”.

Mucha gente en un jugador sólo ve el partido que realiza, pero obvia o ignora el trabajo inmenso que realiza a la sombra. Un trabajo que incluye entrenamiento diario, muchas horas de esfuerzo extra en el gimnasio o en casa, una dieta alimenticia estricta y una vida dedicada al servicio de este deporte en la que en muchas ocasiones provoca restricciones a su vida social. Explico esto último. Mientras que tú estás de vacaciones en verano, por ejemplo en la playa disfrutando en un chiringuito de una cerveza fresquita o un mojito, ellos ya han finalizado sus vacaciones de verano, disfrutadas en junio aunque en muchas ocasiones duran menos tiempo por tener compromisos con sus selecciones. Mientras que tú estás en la playa en julio o agosto ellos ya están con el mono de trabajo entrenando y cuidándose para preparar el inicio de la temporada. A lo largo del año, mientras que tú tienes puentes, fines de semana libres, viajas con la familia disfrutando de la gastronomía que más te gusta sin que la báscula te vaya a imponer una multa después de un exceso, ellos, excepto tres “findes” de parón por selecciones, siempre que no sean convocados, no pueden disfrutar de la vida social que tú si puedes gozar.

Cierto es que se trata de una profesión que reporta unas ganancias económicas muy grandes, pero a la vez es una profesión que conlleva muchas restricciones a su vida cotidiana. Una vida de muchos lujos, pero a la vez de mucho sacrificio personal y familiar para poder llegar y mantenerse en la élite.
Otra cosa que la gente desconoce es que cuando se pierde un partido los primeros fastidiados son ellos, llegando a sus casas tristes y dándole vueltas a la cabeza por no haber podido sacar un resultado positivo que cubra las expectativas que tienen los aficionados que acuden al estadio. A ti, al rato, el resultado se te olvida. Ellos muchas veces ni pueden coger el sueño, deseando de que llegue el día siguiente para ir a entrenar. Esas horas hasta el día siguiente en muchas ocasiones se hacen eternas y en ellas solo perdura el sufrimiento interno.

El fútbol actual está perdiendo muchos valores y entre todos lo estamos convirtiendo en un espectáculo basado en un circo popular al que arrojamos a los leones cada fin de semana tanto a jugadores como a entrenadores. Los alabamos cuando juegan bien, pero los machacamos a discreción cuando se pierde un partido. Creo que la cohesión y la unión entre todos debe ser la fórmula para superar los malos momentos. El insulto nos lleva a perder la razón y a herir a personas cuyo único delito ha sido perder un partido de fútbol.

Con este artículo lo único que quiero expresar es mi modesta opinión, pues yo vivo el fútbol con mucha pasión y sufro cuando leo insultos a los jugadores. Me parece injusto, porque sé lo mucho que sufren por nosotros cuando pierden y lo muchísimo que disfrutan cuando ven nuestra cara de ilusión al ganar. El fútbol para mí es una fiesta que nos une a todos los fines de semana para disfrutar y olvidarnos por un rato de nuestros problemas diarios. Hagamos todos que el fútbol siga siendo una fiesta. Hagamos crítica constructiva y dejemos los insultos a un lado.

Si con este artículo consigo remover alguna conciencia y lograr que antes de verter improperios a una persona lo piensen dos veces antes de hacerlo y razonen si les gustaría que les hicieran a ellos lo mismo. Veré satisfecho el objetivo de escribir estas líneas si a partir de ahora leo menos insultos y descalificaciones. Recordemos que equipo y afición juntos pueden alcanzar grandes cosas y desunidos lo único que se puede lograr es que el barco se hunda.

Nunca olvides que el corazón de un futbolista siente y padece como el tuyo.

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