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Éxodo urbano

Cuenca se muere… de inanición, de aburrimiento, por falta de personal. Recursos humanos es un departamento sin servicio para esta empresa sin embargo, rica en patrimonio natural y medioambiental. No es posible mantenerla a flote sin tripulación. No es posible ser positivo cuando el crecimiento vegetativo y el saldo migratorio derrochan negatividad.

El éxodo rural de segunda mitad del siglo XX significó la emigración masiva de habitantes del campo hacia las urbes industriales y comerciales, dejando muchas poblaciones del medio rural en situaciones de abandono, despoblación e incluso empobrecimiento. Ahora, en el siglo XXI, el virus ha mutado en un éxodo urbano desde las ciudades más pequeñas a la grandes metrópolis. Cuenca se queda vacía y en Madrid no se cabe.

Nuestra ciudad corre el riesgo de convertirse en un solar de funcionariado y hostelería. Beatus ille. La vida retirada del campo puede reducirnos a ser eso, un mero tópico literario en un zona sin desarrollo alguno. Y en este Locus amoenus, bucólico y apacible, estamos tranquilos sin pararnos a pensar que lo estamos asesinando de ensimismamiento. Los jóvenes se marchan a estudiar fuera. Los adultos encuentra su salario en ciudades con mayor oferta laboral. La población envejece. Cuenca se autodestruye, ¿ubi sunt?

Cuenca es un erial de rutina y una selva de festejo. Es el pueblo al que todos acuden en las fechas señaladas y del que nadie se acuerda en el día a día. Navidad, Semana Santa, San Julián, San Mateo… La población aumenta exponencialmente en las fiestas populares, pero se queda bajo mínimos en el calendario ordinario. Y estamos tan ocupados en mirarnos el ombligo que a veces no vemos la herida en el pecho. Pero nos desangramos. Sin gente, sin oferta, sin expectativas. Un sangrado intermitente que no mata pero debilita.

Debemos decidir qué queremos ser. La vida retirada del campo es una opción para los que ya están asentados en ella, pero para las nuevas generaciones no hay apacibilidad en un terreno precioso pero hostil. La belleza de Cuenca en la que nos regocijamos puede dar de comer pero no se come. El turismo puede explotarse, la cultura puede potenciarse, la gastronomía venderse. Debemos fomentar el consumo de nuestros productos, nuestra cultura, nuestros festejos, nuestro deporte… pero para ello, la opción no es cerrarse en banda sino cambiar de orientación. Aceptar que somos un jugador más dentro del terreno y esforzarnos por brillar junto al resto conforme a las reglas del juego. Y así el Júcar puede ser el Sella, el morteruelo salmorejo y las Turbas la Madrugá.

El cooperativismo puede ser la tecla para hacer funcionar la maquinaria empresarial. Mediante pequeñas aportaciones desde la economía social, se genera riqueza a nivel global. La universidad ha de postularse como correa de transmisión entre Cuenca y el exterior, pero para eso han de moverse los engranajes sociales, políticos y culturales. Y por último, debemos aprovechar nuestra situación geográfica privilegiada entre Madrid y Valencia (esa que siempre utilizamos para explicar dónde está Cuenca a los que no saben ni de su existencia) precisamente para eso, para no quedarnos entre Pinto y Valdemoro, entre el campo y la ciudad, entre la superpoblación y la extinción.

Pero todo ha de traducirse en una oferta de empleo generalizada y diversa para que esta ciudad no se queda colgada como sus casas. Para que la población no se parezca al relieve, y no sea kárstica afectada por el desgaste del tiempo. Si queremos evitar el éxodo habrá que empezar por el génesis. Si queremos que Cuenca viva habrá que empezar por que sobreviva.

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