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Cuenca se viene abajo

Cuenca está rota. En medio de su naufragio, de este barco se bajan hasta las casas. Estamos acostumbrados a que la ciudad se sitúe en el mapa y en el panorama mediático por noticias negativas, pero esta vez se lleva la palma. El muro de la calle Canónigos se vino abajo como la moral conquense que cada vez está más tocada, si no hundida.

Una ciudad que sucumbe y que ha visto en este derrumbamiento una metáfora perfecta de sí misma. Se cae y nadie hace nada. El acontecimiento no fue otra cosa que la explosión de una desidia que viene de lejos. Ha ocurrido ahora, pero podría haber sido en cualquier otro momento. Porque estamos hartos de decir que tenemos por bandera la cultura del ¡ea! y eso hace que recojamos los hechos del ¡ay! ¡Ay si hubiéramos actuado! ¡Ay si nos preocupáramos de verdad!

Somos de culpas y quejas a posteriori, pero nos cuesta dar soluciones y anticiparnos al futuro. Como ocurrió con la pandemia, resulta que ahora todo el mundo sabía que el muro se derrumbaría en un ejercicio de adivinación y conocimiento omnímodo, pero nadie hizo nada por evitarlo.

Está claro que las responsabilidades son políticas, pero los ciudadanos también formamos parte del tablero. La despreocupación sistemática conlleva la desocupación sistémica y si no hacemos por que se mueva, contribuimos de alguna forma a que permanezca parada.

Nos regodeamos en la belleza conquense cegados por su espejismo. Y cuando se le desfigura la cara, seguimos obnubilados con aquella foto de un pasado que siempre fue mejor. El Patrimonio de la Humanidad no es gratis ni eterno. Hay que cuidarlo y, al igual que el muro, primero hay que apuntalarlo para después mantenerlo.

El único motor económico que ha tirado de Cuenca ha sido el turismo y sin embargo, la apuesta se cae por sí misma bajo el puente de San Pablo. La imagen de la ciudad, esa que sale en postales, botellas de resolí y demás suvenires, se ha descolgado por sí misma y será difícil volver a verla de cerca en un tiempo. Ahora que se abren los perímetros en España, se cierran los accesos en Cuenca. Es nuestro particular Estado de Alarma. El que llega cuando ya no hay solución y que sin embargo no se contempla cuando se puede actuar previamente.

No nos preocuparemos esta vez por si alguien nos viene preguntando por las “Casas Colgantes”. Esta vez mirarán hacia otro lado como los autóctonos solemos hacer siempre. Si Cuenca estaba venida a menos, ahora directamente se nos viene abajo.

 

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